Opinión

El taxista pedagogo

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 17 de julio de 2021

Recuperada la rutina mañanera, el anciano cronista tuvo ha pocos días una muy gustosa conversación con un amable miembro del encomiable gremio de los taxistas de su hechizadora ciudad.

En esquemática visión de su existencia, le habló de su desdichada decisión de abandonar los estudios universitarios por falta de tensión vocacional. Sin esta, afirmaba muy certera y sabiamente, es imposible acometer con fortuna cualquier carrera de grado superior. Sin pausa, su agradecido interlocutor le manifestó la más completa aquiescencia con tal planteamiento. Con gusto y cierta nostalgia, recordaba este que uno de los tres o cuatro pensadores españoles con mayor impacto en la opinión pública ilustrada, D. Julián Marías (1909-20 ) y, muy probablemente, el intelectual insignia del muy abrillantado periodo de la Transición, abandonaba temporalmente su moderación al peraltar con todo énfasis el factor vocacional como premisa y presea al mismo tiempo de una vida plena, profesional y existencialmente.

Sin este factor elevado al más alto grado resulta imposible alcanzar cotas de fecundidad y ejemplaridad en cualesquiera actividades. Labor Omnia vincit, según el parecer tan bien encaminado de los clásicos. Pero el entusiasmo no le anda a la zaga.

Esta es, efectivamente, la conclusión de tantas, innumerables carreras, frustradas o naufragadas en la mediocridad más insalvable. La causa sin duda primordial del llamado “fracaso escolar” del alumnado de las dos primeras etapas educativas reside en la ausencia de verdaderos alicientes para niños y mozos, sin auténtico impulso de conocimiento y saber para adentrarse con responsabilidad en la enseñanza superior. Toda alumna o alumno universitarios deben renunciar a toda instrucción destacada y provechosa si no parte de una dedicación ahincada, sin horas y con el descanso indispensable, absortos en la cupido sciendi, principio y fin de una vocación para una realización personal y colectiva, destinada a alcanzar objetivos de progreso individual y social.

Metas ilusionadas descritas con ardor y melancolía por un taxista cordobés en el alba de un día del estío de 2021, en el que los periódicos cubrían con grandes titulares las noticias de escepticismo acerca del futuro profesional de jóvenes licenciados y del inocultable pesimismo de algunos de sus antiguos profesores ante la irremediable postración de los estudios en una España que solo tendrá su palanca pelingenésica en el retorno a los centros de decisión pedagógica de las maestras y profesores entrañados con el muy noble y exigente oficio de enseñar. Todavía, pese a proyectos oficiales utópicos, cuando no enloquecidos, y a ministros arbitristas, está vigente la hora de la esperanza.