Opinión

¿Hablan las máquinas entre sí?

TRIBUNA

José María Méndez | Domingo 18 de julio de 2021

Es frecuente ahora encontrar la frase, tanto hablada como escrita, las máquinas hablan entre sí. Sin embargo, a poco que se reflexione sobre ello, uno se da cuenta de que la frase carece de sentido. Es claramente falsa. Las máquinas no pueden hablar entre sí. No poseen los operadores lógicos. No pueden hablar en absoluto. Sólo quienes los poseen pueden hablar entre sí.

Dicho más claramente. El primer operador lógico es el afirmador-negador. En una frase, compuesta de sujeto y predicado, la persona que lo posee afirma o niega que el predicado se da o existe en el sujeto. Pero una máquina sólo puede afirmar lo que su programador haya decidido en el soft ware que ha introducido en ella. La máquina no puede negar nada por propia iniciativa. No se aparta nunca de lo dispuesto por el programador. Siempre afirma y nunca niega, por decirlo de esta manera impropia.

Sin ir más lejos, en el programa usado por este periódico, si yo escribo en la forma usual en matemáticas (base y exponente) diez elevado a cuarenta mil, sale 1040.000. Ya me ha ocurrido en el artículo Más sobre la inteligencia artificial de 01/06/21. Los superíndices no entran en el programa. Jamás el ordenador del periódico se dará cuenta por sí solo de este detalle. Hay que esperar a que algún programador corrija esta deficiencia e introduzca los superíndices en el programa ahora en uso.

Se comete el mismo error de atribuir el lenguaje a quien no lo tiene cuando se dice que los animales hablan. Un perrito casero ladrará siempre triste cuando su amo le deja en casa, y alegre cuando regresa. No puede ladrar al revés, alegre cuando le dejan en casa y triste cuando vuelve el amo. Digamos que siempre afirma y nunca niega. No posee el afirmador-negador. Posee sentimientos, pero no posee el lenguaje.

Ciertamente una máquina puede ser programada para que hable con alguien tan perfectamente que éste no puede decidir si está hablando con un ser humano o con una máquina. Ese era el criterio que proponía Turing, para calificar a la máquina de inteligente. Pero no por eso la duda del oyente de la máquina otorgará a ésta los operadores lógicos. Propiamente, a quien el oyente escucha es a la persona que maneja la máquina. Lo mismo que le sucede a cualquiera que conversa por teléfono. Oye a la persona, no al teléfono. O más exactamente, oye el teléfono y escucha a quien está detrás del teléfono.

Recordemos en segundo lugar el hecho elemental de que el lenguaje exige la existencia previa de la vida. Mi experiencia es que nunca he oído hablar a un muerto. Espero que la del amable lector sea la misma. En este mundo no hay hablante o escribiente que no esté vivo. El silencio de los muertos es total.

Así pues, según la terminología estricta de la lógica, la vida es condición necesaria o sine qua non del lenguaje. Una máquina no es un ser vivo. Si no vive, tampoco puede hablar.

El criterio para distinguir un ser vivo de una máquina es bien claro. Incluso el ordenador más sofisticado del mundo ha sido construido de manera artificial. Podemos descomponerlo en todas sus piezas, y volvería a funcionar si lo recomponemos. Esto nunca se puede hacer con un viviente. Si lo despiezamos, lo matamos. Y si lo matamos, no vuelve a vivir.

En resumen, las máquinas no hablan entre sí por dos razones obvias. Primero, porque no son seres vivos. La vida es condición necesaria pero no suficiente para hablar.

Segundo, porque, aun el caso de que los ordenadores fuesen seres vivos, carecerían de libertad positiva, de responsabilidad e imputabilidad. Estar programado es todo lo contrario de la libertad positiva. Y tenerla implica poseer el afirmador negador. Esta es la condición suficiente del lenguaje, si previamente está dada la necesaria.

Ordinariamente se suele mencionar la condición necesaria antes que la suficiente. En este artículo hemos empezado hablando de la condición suficiente para enfatizar lo que es más desconocido del público en general, la existencia de los operadores lógicos y su decisiva importancia.

Dicho esto, pasemos al creciente peligro de que las máquinas tan super sofisticadas que construimos se nos escapen de las manos. La amenaza no estriba en que las máquinas lleguen a hablar entre sí, sino en que los que verdaderamente hablamos perdamos la cabeza en un imprudente abuso de las técnicas informáticas.

Goethe describió este peligro en su poema Der Zauberlehrling (el aprendiz de brujo). Aprovechando la ausencia del maestro, el aprendiz pronuncia el conjuro sobre la escoba. Pero ésta se le desmanda. El aprendiz está desesperado y a punto de morir. No sabe cómo deshacer el conjuro. Die Geistes, die ich rief, werde ich nun nicht los.

Probablemente el lector se habrá preguntado alguna vez por qué razón los que confeccionan programas informáticos son incapaces de acomodarse a las necesidades del usuario normal de un ordenador en una oficina ordinaria. Si por algún motivo hemos de cambiar de programa, nos encontramos con la desagradable sorpresa de que lo que antes hacíamos fácilmente ahora es mucho más complicado. Incluso nos molestan con interferencias que nos hacen perder el tiempo. Quizá algún trámite es abreviado. Pero en conjunto, manejar el nuevo programa siempre es mucho más difícil y antipático que trabajar con el programa anterior.

Lo esperable sería lo contrario. Que el nuevo programa simplifique las cosas, en vez de complicarlas. Que haga el manejo del ordenador más fácil y sencillo que antes. Me pregunto si hay alguna misteriosa razón de fondo que haga inevitable la creciente y sistemática sofisticación de los programas. Pero si no existe tal razón, la complicación de los nuevos programas parece ser una viciosa pasión que emborracha a constructores y programadores, una suerte de destructiva y fatal drogadicción.

El peligro que corremos es el del aprendiz de brujo. Que los programas se nos escapen de las manos y produzcan efectos no deseados. La sospecha de que la pandemia del Covid-19 haya sido causada por un fallo en algún programa informático utilizado por los biólogos chinos nunca podrá probarse. Pero esta misma ausencia de pruebas no hará más que reforzar la sospecha. Si el origen de la pandemia no fuera humano, con el tiempo que ha pasado ya se debería saber con toda

certeza cuál fue la causa externa concreta. Los científicos chinos se habrían apresurado a liberarse de toda sospecha sobre ellos. Como no lo han hecho todavía, la sospecha no hará sino crecer.

Se hace pertinente, por tanto, una llamada a la prudencia y al reconocimiento de nuestras limitaciones intelectuales. El peligro no está en que las máquinas se hagan demasiado listas, sino en que quienes las programan y manejan sean demasiado tontos.

Ya es algo inusual en la historia de la estupidez humana que, al menos hasta el momento, la humanidad no se haya destruido a sí misma con las bombas atómicas y de hidrógeno que tiene almacenadas. Queda por ver si no seremos destruidos, en un futuro ya no muy lejano, por el perverso vicio de construir programas tan sofisticados que se nos vayan de las manos, como al aprendiz de brujo. Es la lección mínima que debiéramos aprender de lo ocurrido con la pandemia del Covid-19.

Terminemos con este sagaz aviso, que nos brinda Santo Tomás de Aquino y viene aquí como anillo al dedo: el que corre muy deprisa por un camino equivocado llega muy pronto donde no quiere. (In Ioannem 14, 2).