Opinión

Sin ir más lejos ahora / o la República perdida (1)

TRIBUNA

Roberto Alifano | Martes 27 de julio de 2021

La dirigencia Argentina no tiene límites en su representación del grotesco. Sus políticos, los funcionarios de turno y los ex, han salido ahora al mercado electoral a ofrecer sus cualidades y emblemas qué, por supuesto, son una serie interminable de gratuitas mentiras. Son ciudadanos como nosotros, es cierto; también es cierto que son los representantes de lo que somos nosotros como individuos y sociedad, y a quienes nos resignamos a elegir para que nos presenten, pero se los ve menos eufóricos que atribulados por sus urgencias perentorias. El oficio de ellos, todos sabemos, es seguir ofreciendo caramelos, trapitos de color y remontando barriletes con consignas obsoletas y desgastadas (a veces obscenas y ofensivas). ¡Qué le vamos a hacer, los chicos vienen en picada y no les da la cabeza ni les cierran los números para proponer otro camino que el mismo ya trillado que ha puesto a la entrañable Argentina en el lamentable sitio que está!

Los votantes, en tanto, seguimos asombrados y pensamos tan solo en cómo poder seguir viviendo –y ya casi una mayoría apenas comiendo cada día- en un país que ya supera con comodidad el 40 por ciento de pobreza y bajo el yugo de una inflación galopante que superará este año, sin ninguna duda, el 50 por ciento anual (contra el 30 que auguraba, el juvenil ministro de economía); además, como si fuera poco, pensando en cómo evitar que nos contagiemos de la nueva variante de Covid que sobrevuela el país. No ser contagiado sigue siendo la consigna. De manera entonces que la mayoría de los argentinos no pueden imaginar en qué país vivirán después del tiempo electoral en el que acaban de entrar. El viejo interrogante gatopardista sobrevuela, como nunca en el cielo de los argentinos: “todo debe cambiar para que nada cambie”. Las esperanzas no alcanzan para superar una crisis estructural que viene “de allá lejos y hace tiempo” y, hasta ahora, ningún gobierno ha podido revertir.

No es irrelevante, por consiguiente, que quienes deben decidir el futuro del orden político de su sociedad no puedan ver mucho más allá de sus propias narices, cuando todo se mide en horas y como parte de un contexto igualmente pesimista y negativo por dónde se lo mire.

La historia del ciclo democrático abierto en 1983 encuentra un par de antecedentes que ya son estructurales; viejos tiempos aquellos en que los argentinos fueron a votar aturdidos por picos muy altos de las recurrentes angustias económicas, que no sólo no se atenúan, sino que se agravan y se han vuelto permanentes. Es imposible no mirar durante estos días las consecuencia invernales de tantos años de frustración; la combinación de estas pesadumbres es un logro más de un largo ciclo de prometidas rosas y perfumadas margaritas silvestres (valga el oxímoron).

Quizá es mejor no hacer historia porque la amargura puede ser dolorosa. Pero no podemos dejar de pensar en aquel 14 de mayo de 1989, cuando un electorado sacudido por una reciente hiperinflación, hija de añejos desastres económicos heredados por Raúl Alfonsín decidió cambiar y convirtió en presidente al optimista caudillejo Carlos Menem, que terminó su mandato a las disparada, casi huyendo y luego “en galera”, palabra tan afín al imaginativo Cervantes del Quijote; pero también, a las añejas novelas de caballería, que quedan a menudo en aguas de borraja como toda buena literatura de ficción. Vale decir en la nada, porque aquí -parece mentira- no se aprende nunca y tropezar con los mismo cascotes es la consigna.

Luego vino la elección que llevó al poder al ultra multimillonario Néstor Kirchner; hecho que sucedió en un momento en que el país, gracias a la alta cotización internacional de la soja, empezaba a recuperarse de la catástrofe de finales de 2001 (el campo siempre salva), y puede ser tomada como otro antecedente de votantes tan insatisfechos como preocupados por su futuro y el de su castigado país. Fue la primera elección, después del hartazgo hacia la clase dirigente, resumido en otro frustrante irracionalismo del “que se vayan todos”. Y ninguno se fue. Todos siguen ahí y ofreciendo lo repetido; y claro, al pedo, pero contentos, rebosantes de euforia ante otra elección.

¡Qué tristeza, per Dio e per carità!, como diría el Papa. En definitiva todo es pasado que se acumula bajo una cruel decadencia que nos abarca en todos los aspectos y desangra a un país que lo tiene todo y en definitiva no tiene nada; pues todo está en remate al mejor postor. Es imposible no mirar estos días como consecuencia de tantos años de frustración: la combinación de estas pesadumbres es un punto más de un largo, melancólico ciclo que se abre y se cierra y se sigue abriendo y cerrando. Ni la naturaleza ya es una ayuda; si hasta el caudaloso Paraná, uno de los ríos más largos, generosos y hospitalarios del planeta, como si fuera poco, empieza a secarse y amenaza dejar sin agua a las poblaciones ribereñas y dejar también en su orilla, varados a los barquitos que acarrean la salvadora soja hasta el puerto de Buenos Aires para ser exportada y con los dólares de la venta seguir tirando un poquito más y enriqueciendo y salvando a la corrupta dirigencia.

Por supuesto que no son todas pérdidas; para el bolsillo de los Moyanos y algunos políticos asociados, esta sequía les viene muy bien, como anillo al dedo. Los capos de la logística, con sus modernísimos camiones transportarán más soja, subiendo la cotización en el mercado. No es nada raro. Los tan humildes Moyanos, que veranean en las playas de Miami y viajan en avión privado cuyo costo daría comida a miles de pobres en la Argentina de los Fernández - Fernández. Todo afín al periodismo militante, que en buena complicidad con esta dirigencia, ve estas cosas, las investiga un poquito y luego deja que disuelvan como agüita entre las manos. ¡Tan lamentable per Dio e per carità!

¡Qué le vamos a hacer! La recesión de la economía retroalimentada por el dilatado e insoportable encierro del año pasado y luego intermitente en estos arduos meses, instala el deseo de que la pesadilla se termine (carta mediante a los rusos que no envían la segunda dosis de vacunas, demoradas en llagar, y aún no se sabe si llegarán). Sin embargo, la complejidad de la pandemia y los errores para remediarla convierten un sentimiento natural en un pensamiento mágico para nuestros eufóricos políticos, tan sonrientes y optimistas cómo nunca o cómo siempre.

Por triste que resulte, el coronavirus en sus distintas versiones no se irá definitivamente ni cuando, por fin, el Gobierno consiga todas las vacunas necesarias. Es un bicho que se toma algunos días de vacaciones y después regresa de un modo desquiciado y exterminador. Crease o no ya pasamos cómodamente las 100 mil víctimas fatales. Mientras tanto todos somos más pobres en un país con una inflación por encima del 50 por ciento y una moneda fulminada por la emisión sin respaldo de papeles ilustrados con tiernos animalitos, que conmueven, sin duda, pero que cada día valen menos ante el soberano dólar.

Consumidores entrenados por una cultura recurrente de alta inflación no dejan, sin embargo, de sorprenderse por el alza continua de los precios al extremo de perder noción del valor de cada cosa. La única conciencia que sobrevive es la comprobación de que los ingresos familiares no alcanzan para mantener el nivel de mínimo consumo de un extremo a otro de la escala social. Tanto es así que increíblemente se ha vuelto al canje (zapatillas y sweaters viejos por comida). ¡Ah, que tristeza en el país de la abundancia…!

Lo único cierto es que todos somos más pobres con una inflación por encima del 50 por ciento y una moneda fulminada por la emisión sin respaldo. Peor, el Gobierno aplica la táctica de decir que no tiene plan económico porque su verdadera política es licuar deudas en el bolsillo de los apaleados consumidores que sobreviven con un sueldo estragado por los permanentes aumentos de precios. Ahora, claro, el relato del Gobierno dice lo contrario, pero la realidad está en la cada vez más escasa compra de productos básicos para los desmantelados hogares.

¿Cuánto más pobres somos? ¿Cuántos pobres más hay? ¿Cómo se saldrá de eso? La primera comprometida pregunta, puede marcar un límite de paciencia con consecuencias electorales. La segunda, señala el riesgo de un descontrol social que rompa los diques de reparto para la ayuda y la contención política y explote hacia dentro. La tercera nada se otea a la vista y la niebla oculta un horizonte de llegada. Lo cierto es que todo se desmorona. Cuando no hay para parar la olla y los chicos no comen, se puede avecinar lo peor doña Cristina y don Albertito.

Los niveles de desasosiego están registrados en todos los sondeos que empiezan a medir con cada vez con mayor obstinación la carrera de los candidatos hacia la meta de las urnas. En el oficialismo se preguntan -con toda razón, por supuesto- hasta qué punto ese malhumor en muchos casos convertido en tristeza y depresión se puede convertir en castigo y su consecuente desbande. Fue la doctora Kirchner la primera en advertir esta secuencia y en reclamar un mayor reparto entre la clientela propia. Pues bien, no se trata de captar nuevos territorios, sino de evitar que la tropa más fiel se disperse y empiece a patear en contra.

El lúgubre pasado adverso es una carga que los Fernández - Fernández tratan de alivianar echando culpas en la melancólica presidencia de Mauricio Macri, cuya coalición asume un proceso de transferencia de liderazgo que puede servirle para ocultar al casi impresentable expresidente. Por su parte, el intento del peronismo gobernado por el Instituto Patria del kirchnerismo duro aún no está consumado; como tampoco es un dato sin retroceso el eclipse de Macri, hasta empañado por el apoyo a un golpe inconstitucional, al que enviaron -se supone todavía- armas y municiones; en otras palabras, apoyo logístico concreto a Bolivia. Ahí nomás, a la pesca están los ambiciosos Rodríguez Larreta; Bullrich y Vidal; y sumados a ellos los nuevos postulantes a políticos, que buscan asegurarse vida fácil, llámense Facundo Manes y el marido de la mediática Pampita.

Ahora bien, mal que les pese a unos (y valga otra redundancia) toda elección legislativa de medio término se convierte en un plebiscito de aval o rechazo al Gobierno de turno. Endosar la situación actual a sus adversarios es, resulta obvio, una tarea tan imprescindible para el kirchnerismo como resaltar lo que considera sus logros. Tarea afín a cualquier corporación política.

En este menos brutal que sofisticado cruce de políticas y políticos, se descompone el ánimo de los torturados votantes ante la habilidad (o debilidad) de las dos coaliciones en pugna para transferir la responsabilidad de esas desgracias al enemigo. Pero la gravedad de la situación diaria va por otro carril y se expresa en una economía que no se recupera, precios que escalan hacia porcentajes más elevados y la sinuosa evolución global de nuevas versiones del Covid. No es necesario, me parece, enumerar datos estadísticos, que la mayoría conoce. El maquillaje de campaña y las temerarias aventuras están a la vista.

Viejos nuevos trucos se siguen esgrimiendo ante un pueblo despojado por compartidas responsabilidades de uno y otros. En buen porteño les podemos decir: “¡Pibes no nos macaneen más, que no somos giles!”. Todo lo que viene será peor. Para muestra nos basta un botón. En especial con ustedes que siguen jugando a la mancha y a la escondida en una perdida república que cada día la despojan más!