Dejemos la igualdad de los hombres para la otra vida, porque en ésta no la veo tan clara como la quieren que la veamos. Es la deducción más aproximada a la que he llegado desde que el ser humano fue inventado. Siendo sincero pienso que venimos de origen con defecto de fábrica y como felizmente me doy cuenta de que no llego a conclusión alguna, opto por cambiar la mirada hacia otros vértices de la actualidad.
Como bien saben, la propia historia nunca va a mejor, siempre empeora por aquello de la tradición tan arraigada. Hasta hace unos pocos años en este país abundaba la ilusión y el crédito, incluso había luz eléctrica asequible en casi todos los hogares. Es más, las Comunidades de Vecinos se permitían alguna que otra derrama extraordinaria. La bolsa de la compra era fértil y se consumían tantas piezas de fruta al día como marca la OMS. El gramo de oro no cotizaba a pie de calle y los implantes dentales destronaron a las dentaduras postizas. Llegó el láser verde y las prótesis de estética como regalo de cumpleaños. Los jubilados tenían vida interior y las familias volaron más allá de los Pirineos. Después, de manera puntual, llegó esa histórica tradición de ir a peor, menos para la clase política que siempre goza de dispensa papal.
Los primeros pobladores que tocaron crisis eran descendientes de un trabajo estable, un salario al punto, unas cotizaciones para futuro y una libreta de ahorros más o menos digna, si no de elogios al menos para pensar en positivo. En poco tiempo la maldita tradición fue incautando los bienes privados, la abundancia comenzó a mermar y los primeros damnificados fueron a parar a una institución de acogida llamada Oficina de Empleo, por cierto, obra benéfica con clara vocación altruista, cuyo efecto llamada tuvo una gran acogida entre la extinta clase media, profesionales de oficios varios y autónomos de diversa índole. Más tarde se sumaron ingenieros, médicos, arquitectos, arqueólogos, abogados, hombres de ciencia y cultura por aquello de no ser menos.
La educación se volvió convulsa, los recortes dejaron a los más dependientes sin ayuda, surgieron los bancos de alimentos y los comedores sociales; Cáritas abrió más centros que Zara y brotó de manera exponencial una gran cantidad de funcionarios públicos, tantos que aún no son suficientes, a decir de Moncloa. Y llegados a este punto de no retorno se nos prepara para un devenir bajo el nombre de Agenda 2030. Es el aperitivo previo al cribado de esta especie humana que ya no progresa adecuadamente, sino que vegeta a tiempo perdido.
Les aconsejo que no tengan prisa en llegar. Yo que ustedes trataría de paladear las partes blandas del bienestar mientras a éste aún le quede algo de magro. Para el 2030 el acomodo actual será objeto de desguace. Hay lujos de hoy que dentro de nueve años los políticos habrán prohibido. Es lo que tiene creer que en España nunca pasa nada mientras haya quienes hurguen en nuestros quehaceres las 24 horas del día. ¿Qué no se lo creen? Pues vayan pensando que la carne, el sexo, el turismo, la familia, la libertad, la belleza... todo ello será pasto del nuevo orden de convivencia.
Para el 2030 la tolerancia llegará a tal nivel que las personas inteligentes tendrán prohibido pensar para no ofender a los imbéciles. El amor romántico solo estará permitido si su destinatario es el presidente del Gobierno. El nuevo lenguaje lo será a base de ruidos guturales no exentos de revisión gubernamental cada vez que un morfema con significado de género contenga dudas en el bramido. El sexo entre seres humanos contará con cartilla de racionamiento, salvo para los funcionarios públicos que a este paso serán los únicos pobladores del planeta. La belleza dejará de existir salvo para el presidente del Gobierno. Las vacaciones serán sustituidas por dos días de juegos florales en honor al presidente del Gobierno que en unión de sus 1.200 asesores nombrados a dedo harán las delicias de los funcionarios públicos que, como queda dicho, serán los únicos pobladores del planeta. El turismo quedará prohibido por la falta de vacaciones y motivos antes expuestos. La familia estará compuesta por una sola persona, un ente solitario y errante subsidiado por el Estado. En el aspecto del trabajo se impondrá la semana laboral de diez horas con idéntico salario que la actual de cuarenta y los interinos de la Administración Pública tendrán plaza asegurada sin necesidad de opositar. Del asunto de la carne ya lo dejó bien claro el presidente del Gobierno. Quien soy yo para llevarle la contraria.