Pedro Castillo no ha disimulado. Desde el primer momento se ha manifestado sin matices ni veladuras. Nada más hacerse cargo de la jefatura del Estado ha instalado a Perú en la senda comunista. Hizo un discurso demoledor en el que perdió hasta la educación en presencia del Rey de España. Nombró a presidente del Gobierno a Guido Bellido, uno de los hombres más radicales del comunismo peruano. Se plegó a las exigencias de Vladimir Cerrón, fundador y clave del partido que le llevó a la presidencia y que siempre estuvo vinculado a la extrema izquierda e, incluso, al grupo terrorista Sendero Luminoso. Y anunció que abandonaba el palacio Pizarro para gobernar desde un edificio ajeno al colonialismo.
Al frente de un partido bolchevizado, Pedro Castillo ha reiterado su admiración para Fidel Castro y por lo que el castrismo significa. Ha intensificado su relación con los regímenes procomunistas de Venezuela, Bolivia y Nicaragua y ha considerado que “toda resistencia a sus propósitos es una traición”. El nuevo presidente comunista de Perú se ha permitido arañar al Rey español citando expresamente a los múltiples felipillos que contribuyeron a desmantelar el imperio inca. Felipillo fue el intérprete indio que acompañó a Francisco Pizarro.
Pedro Castillo, en fin, se ha sumado a la corriente comunista castrista del Foro de Sao Paulo. Para la admirable nación peruana se dibuja un futuro marxista-leninista que augura miseria y decadencia. La vicepresidenta comunista del Gobierno español le ha elogiado. Bajo la losa de un fraude electoral denunciado, Pedro Castillo se carcajea de las trampas que presuntamente ha hecho y parece dispuesto a gobernar dictatorialmente, a encarnar la dictadura del proletariado bajo su sombrero indígena chotano de estilo bambamarquino.