Opinión

Mirar a Cristo

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 30 de julio de 2021

Mirar a Cristo ( 1989 ) es una pequeña obra en la que Joseph Ratzinger dejó por escrito unos ejercicios espirituales que él mismo dirigió a los sacerdotes del movimiento “Comunión y Liberación”, en Collevalenza, en el verano de 1986. Casualmente poco antes de impartir los ejercicios Ratzinger había releído los tratados de Josef Pieper sobre “Amar, esperar, creer”, y lo que hace Ratzinger en los mencionados ejercicios fue comentar, ampliar y profundizar de modo genial las aseveraciones que el gran filósofo del “homo viator” había consignado en sus tratados de las virtudes teologales. La obrita se cierra con dos homilías que Ratzinger había predicado en Chile en el verano de 1989 sobre el amor. A mi humilde entender esta pequeña obrita de 125 páginas pasará sin duda a la Historia de la Teología como una de las más grandes y mejores divulgaciones de lo que significan en el cristianismo las tres virtudes teologales. Su densidad intelectual puede desalentar algo al gran público, pero si aplicamos en su lectura un poco la humilde perseverancia nos podemos llevar grandes gozos por sus hallazgos intelectuales.

Cuando queremos ejercitar cualquiera de dichas virtudes damos por hecho que sólo se puede ejercitar aquello que de alguna forma ya se posee. Respecto a la fe es obvio que la vida humana sería imposible si no hubiera confianza en el otro y en los otros, puesto que uno no puede fiarse únicamente en su propia experiencia, en sus propios conocimientos. La incredulidad es esencialmente contraria a la naturaleza del hombre. Para Ratzinger, quizás aquí también influido por la gran obra maestra de Lev Shestov, Atenas y Jerusalén, de la que ya hemos hablado en esta mirada escolástica de elimparcial.es, la declaración de “ateísmo científico” es una pretensión insensata, ayer, hoy y mañana. ¿Podemos vivir de una forma puramente hipotética, “como si Dios no existiese”, aunque pudiera existir? La cuestión sobre Dios es ineludible, y nadie se puede abstener sobre ella. Sólo quien busca la verdad en vez del poder tiene fe. Hemos ensalzado el poder como norma única y así hemos traicionado nuestra auténtica vocación: la verdad. La sabiduría del orgullo se convierte en locura banal. El hombre de fe posee una humildad de pensamiento preparada siempre a inclinarse ante la majestad de la verdad. Contra la verdad está el cinismo moral de nuestra época y el triunfo de lo antinatural. El hombre no está condenado a la ignorancia con respecto a Dios. Le puede “ver” si escucha la voz de la propia naturaleza, la voz de la creación, y se deja guiar por esta voz. La evidencia tranquila de Dios no ha quedado eliminada aún en nuestros días, pero tiene en contra la influencia que el poder político y la utilidad ejercen sobre nosotros. La fe forma una red de recíproca dependencia, de personas que se sostienen y que viven sostenidas por otras. El sonido del Eterno sólo podrá llegar a mí a través de los otros. La relación con Dios está unida a la relación, a la comunión con nuestros hermanos. En la fe sobrenatural, como en la libertad, son muchos los que viven de pocos, y pocos los que viven para muchos. Resulta esencial el hecho de que no puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús. La fe o vive en este nosotros, o no vive. Sólo en el contexto de la comunión de vida en el nosotros de los creyentes, en el nosotros de la Iglesia, la fe desarrolla su lógica, su forma orgánica.

El optimismo ideológico que tienden a transmitirnos nuestros partidos políticos supone la mayor parodia de la esperanza cristiana. La esperanza es la ontología de lo aún no existente, que en nada tiene que ver con una secularización inhumana y mentirosa de la esperanza cristiana. La esperanza cristiana sólo se puede fundar en la intervención del amor de Dios en la historia, y de forma especial en la figura de Jesucristo, mediante el cual nos viene al encuentro el amor divino en persona. Quienes anuncian hoy – casi siempre de mala fe – una sociedad definitiva y perfecta para el mañana, siguen intentando levantar de modo inútil la Torre de Babel. Nuestra esperanza bebe del Sermón de la Montaña, en el que queda claro que el lamento del hombre siempre provoca el descender de Dios, y no hay desesperación posible si construimos nuestra casa en la roca de la palabra de Jesús. La oración es la encarnación de la esperanza. La oración es la lengua de la esperanza. Y la iniciación de ésta comienza con el padrenuestro, escuela de esperanza. Quien reza espera en una bondad y en un poder que van más allá de sus propias posibilidades. La oración es esperanza en acto. Aprender a rezar es aprender a esperar y por tanto es aprender a vivir.

El amor buscado por la esperanza cristiana a la luz de la fe no es un asunto particular, individual, no se cierra en un pequeño mundo privado, aunque se concretice en un tú amado insustituible. La esencia del amor se podría expresar con este enunciado de Josef Pieper: “es bueno que tú existas”. El hombre puede asumir su propio yo únicamente en la fuerza de aceptación de su ser cuando lo acepta otro, el tú. Cuando alguien nos ama nuestro ser vuelve a nacer. Este sí del amante nos proporciona una existencia nueva y definitiva, recibiendo una especie de renacimiento, sin el que nuestro primer nacimiento quedaría incompleto y nos enfrentaría a una contradicción con nosotros mismos. Sólo el renacimiento del ser amado completa el nacimiento y abre al hombre al espacio de una existencia significativa. Y decimos que este amor no se queda en un pequeño mundo privado, porque si el amor es de verdad, el amante quisiera abrazar con su amado todo el mundo. El encuentro con el uno nos abre el universo. Es así que Dios se sirve del particularismo amante para la salvación de todos. Lo particularmente amado presupone la general bondad del ser. El sí de mi amor – es bueno que tú existas – presupone la verdad; presupone que el ser es bueno. Solamente el amor hace posible asumir y llevar junto con el otro, y en favor del otro, la muerte de la mentira. Sólo el amor hace capaces de ser portadores de la luz en la oscuridad interminable de un túnel, y de hacer sentir el aire fresco de la promesa que conduce al renacimiento. Por otro lado, el amor de sí mismo – y no el egoísmo, que acaba siempre en el odio de sí mismo -, la afirmación del propio ser, ofrece la forma y la medida para el amor al prójimo. El amor de sí mismo es una cosa natural y necesaria, sin la que el amor al prójimo perdería su propio fundamento. Cuando el joven Ratzinger leyó el Diario de un cura rural, de Bernanos, le impresionó muchísimo la última frase de aquella alma sufriente: “No es difícil odiarse a sí mismo; pero la gracia de las gracias sería amarse a sí mismo como un miembro del Cuerpo de Cristo…” Y, a propósito, el católico Bernanos fue el único escritor equidistante en nuestra Guerra Civil, esto es, vio igual de asesinos brutales y bestias salvajes a los dos bandos en conflicto. Tal cual. Véase su estremecedora novela Los grandes cementerios bajo la luna.

Quien no se ama a sí mismo no puede amar a su prójimo. No le puede aceptar “como otro sí mismo”, porque está contra sí mismo y, por tanto, es incapaz de amarle partiendo de lo profundo de su ser. Egoísmo y amor de sí mismo son términos excluyentes. El pobre egoísta está en perpetua discordia consigo mismo. Únicamente quien se ha aceptado a sí mismo puede decir sí al otro. Aceptarse a sí mismo, “amarse”, presupone a su vez la verdad, y postula el encuentro en un camino hacia esa verdad. Por otra parte, el amor sobrenatural no puede crecer si le faltan sus bases humanas. El amor divino no sólo no es la negación del amor humano, sino, muy por el contrario, su profundización, su radicalización dentro de una dimensión nueva. En general, quien no gusta a sus hermanos pequeños tampoco gusta a Dios. El amor sobrenatural es el sí de Dios, que penetra en nuestra vida mediante el sí de Jesús en su encarnación, cruz y resurrección, y se actualiza también a través de sus santos. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. El amor de Dios sobre mí debe pasar de mí a otros, e igual que existe un “circulus vitiosus”, un encadenamiento en lo negativo, cuando un no condiciona a otro, también existe un “circulus salutis”, un anillo de salvación, en el que un sí genera a otro. El amor nos llama a todos nosotros a ser Simones de Cirene en el vía crucis de Jesús, en todos los siglos de la historia. Y en esta prestación de servicio, al llevar en compañía de Jesús la cruz, descubriremos finalmente que su yugo, en apariencia tan pesado, doloroso y opresor, es en realidad el peso del amor, que de yugo se convierte en alas de ligero vuelo.

Maravillosa obrita que no alcanzará el alma áptera de los curas y jerarquías marxistas, pero sí al corazón cristiano de los hermanos y hermanas sencillas.