Antonio López Vega | Sábado 13 de septiembre de 2008
No han sido pocas las referencias en prensa en los últimos meses a los acontecimientos de 1968. Como se ha podido observar la atención se ha centrado, sobre todo, en los movimientos estudiantiles entorno al Mayo francés (con sus correlatos en Estados Unidos, Méjico, etc.). Sin embargo, la Primavera de Praga ha pasado más desapercibida. Quizás, es cierto, no sean fenómenos asimilables en el contexto de aquel mundo bipolar en el que se vivió hasta la caída del Muro de Berlín en 1989. Si unos fueron movilizaciones juveniles en el occidente democrático y capitalista, los sucesos de Praga fueron un movimiento disidente en el universo comunista de la URSS. En todo caso, la coincidencia cronológica de los acontecimientos a uno y otro lado del Telón de Acero han hecho que hablemos del año de 1968 como un año de crisis.
En lo que se refiere a la Primavera de Praga, todos los análisis han señalado su significación como segundo aldabonazo frente a la opresión totalitaria soviética, tras Budapest en 1956.
En Praga, la iniciativa tuvo un carácter reformista y partió del ala heterodoxa del Partido Comunista Checoslovaco, liderada por Alexander Dubcek. Llegado a la Secretaría General a comienzos del mismo año de 1968, auspició algunas medidas aperturistas cuya manifestación más palmaria fue la aparición de dos documentos: La vía Checoslovaca hacia el socialismo (6 de abril de 1968) y El Manifiesto de las 2000 palabras (27 de junio de ese mismo año). El primero de estos documentos emanaba del propio Comité Central del Partido Comunista Checoslovaco y abogaba por la separación de poder entre Partido y Gobierno, la renuncia al monopolio del poder y cierta libertad de expresión. El segundo surgió en realidad como apoyo a estas reformas y fue promovido por un grupo de intelectuales que reclamaron libertad de expresión desde las páginas de la revista Listy. La respuesta de Moscú no se hizo esperar. El 14 de julio se reunió el Pacto de Varsovia en la propia capital polaca y sus líderes condenaron la deriva checoslovaca. Apenas un mes más tarde, el 21 de agosto de 1968, se produjo la invasión de Praga. Dubcek y los líderes comunistas heterodoxos conminaron a la población a tener una actitud pasiva ante la misma para evitar una masacre. Un día después, Praga era controlada por el ejército invasor. Breznev instaló en el poder a un hombre de paja y se inició una depuración que afectó a varias decenas de miles de personas (desde miembros del Partido Comunista Checoslovaco a integrantes de medios intelectuales y profesionales).
Pienso que vale la pena recordar la heroicidad de aquellos que, en el seno de uno de los regímenes más opresivos de la historia sino el que más, tuvieron el valor de alzar su voz. Aún transcurrieron 21 años hasta que Europa Oriental recuperó su libertad. Dubcek, aclamado, fue designado presidente del Parlamento Checo. A comienzos de los 90 falleció.
No me cabe la menor duda de que la escasa repercusión de la Primavera de Praga en nuestros medios en este su 40 Aniversario se debe, únicamente, a un lamentable despiste. Confío en que, en el futuro, recordemos a todos los héroes de la libertad sin distinguir si se opusieron a regímenes opresivos de izquierda o de derecha.
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