Opinión

Un periodista de excepción: Tico Medina

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Sábado 07 de agosto de 2021

Escasos meses antes de la muerte pocas semanas atrás de uno de los verdaderamente grandes periodistas españoles de finales del siglo XX e inicios del XXI- periodo tan fértil en ellos-, el anciano cronista redactó la contestación a su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia Andaluza, que en recuerdo y honor de su memoria reproducimos en uno de los diarios al que mayor afección profesó, sobre todo, en el último tramo de su fecunda existencia

Abocetar la semblanza del quintaesenciado granadino que es Tico Medina requiere unos pinceles polícromos y abundosos lejos del alcance del modesto aprendiz de historiador al que hoy la Academia Andaluza de la Historia le ha encomendado la honrosa misión de responder a su denso y alquitarado discurso.

Más que en pasado próximo o reciente se habla mucho en la actualidad de la indudable afinidad entre Periodismo e Historia Contemporánea y se señala con indudable audacia que el primero no es sino la versión primigenia de la segunda. Pero no hay tal. El periodismo es ante todo y por encima de todo amenidad; registro vivaz y ágil de la realidad cuotidiana. La Historia es, en esencia, rigor intelectual extremo; acribia desnuda y sin aditamentos en el intento de reconstruir el ayer en su vera efigie, ciceroniana y cervantinamente, conforme a hechos documentadamente bien probados.

Dicha diferencia radical en nada, sin embargo, impide ni veda los contactos fluidos y estrechos entre ambas actividades, con fronteras asaz flexibles en muchas de sus zonas de colindancia. De ahí, el útil y laudable hermanamiento o cuando menos la provechosa y estimulante vecindad entre las dos disciplinas, de prosapia y títulos humanísticos como quizá ninguna otras del ancho universo de la cultura.

Si hubiera que ejemplificar o, mejor todavía, personalizar las precedentes afirmaciones ninguna personalidad o figura más idónea que la del flamante académico ante cuyos copiosos y blasonados títulos nuestra corporación ha abierto de par en par sus puertas en esta radiante mañana de Granada, la bella, según adjetivara envidiable e insuperablemente un escritor con muchas vetas periodísticas en sus textos de continuo repaso para cualquier español bien nacido: Ángel Ganivet. Desconozco a este propósito – (he tenido la desgracia de enriquecerme poco con la inefable conversación íntima de nuestro compañero)- si tuvo en su ensoñadora juventud igualmente como guía y mentor de anhelos e inquietudes literarias a otro coterráneo asediado también por la tragedia y dominado por ella en el fin de sus días cuya muy notable obra novelista estuvo entreverada del mejor periodismo. Pues, en efecto, no en balde el Testigo de la guerra de África se inscribe peraltadamente en los orígenes del periodismo hispano, en la que reforzó los caracteres de justeza y belleza de su verdadero iniciador, Mariano José de Larra, el Pobrecito Hablador. Conforme apuntara ha tiempo S. Miranda, en realidad la mayor parte de la gran novelística de Pedro Antonio de Alarcón no cabe entenderla sino a la luz de la querencia irrefrenable del autor de ese prodigio que es La Pródiga por el periodismo, en el que veía, escritor doctrinal muy ideologizado en fin, el instrumento más útil y el vehículo más expresivo para el combate ideológico al que, desde muy pronto, a partir de su célebre “conversión” consagró el antiguo seminarista accitano toda su azacaneada existencia.