La caída de Kabul es un golpe durísimo para la credibilidad de los Estados Unidos y, más en general, de las democracias occidentales. El avance de los talibanes y el desmoronamiento del ejército regular afgano han demostrado que la estrategia de armar y financiar a las tropas del gobierno -que, por otra parte, dependía por completo de la financiación estadounidense- era insuficiente. El problema era moral. Ni Ghani, que ha huido a Tayikistán, ni su antecesor Karzai lograron sacudirse el estigma de la corrupción y el clientelismo. La guerra más larga que han librado los Estados Unidos ha terminado, pues, con una derrota humillante cuyas similitudes con la de Vietnam saltan a la vista.
Sin embargo, el desastre que presenciamos no se debe tanto a una derrota sin paliativos, sino más bien a una retirada sin estrategia. Hace apenas tres semanas, el presidente Biden veía muy improbable que los talibanes se hiciesen con el control del país. En el Reino Unido, el principal aliado de Washington y el segundo en número de bajas después de los Estados Unidos, abundan las voces críticas hacia la Casa Blanca. Tobías Ellwood, presidente de la comisión de Defensa del Parlamento británico, ha expresado las dudas sobre el liderazgo y la fuerza de Biden y su gobierno: “¿Cómo se puede decir que América ha vuelto cuando nos está derrotando una insurgencia armada sólo con [lanzagranadas], minas terrestres y AK-47?”.
Sin embargo, esta derrota se extiende a las democracias occidentales y a la propia OTAN. El silencio, por no hablar directamente de la pasividad, de la Unión Europea, es clamoroso. Toomas Hendrik Ilves, expresidente de la República de Estonia y uno de los principales líderes del avance de la OTAN en ciberdefensa, denunciaba en Twitter esta inacción preguntándose cuándo harían la Comisión Europea o el Servicio Exterior de la Unión alguna declaración acerca de Afganistán, “un país donde decenas de miles de tropas de miembros de la UE lucharon en los últimos 20 años”.
En España, la caída de Kabul y el hundimiento del gobierno de Ghani sorprendieron al presidente del Gobierno de vacaciones. A toda prisa, se han fletado dos aviones A400M para evacuar al personal de la embajada en Kabul, los españoles que quedan en el país y los intérpretes y asistentes afganos junto con sus familias. Es reconfortante ver que España no ha perdido, al menos en esto, la claridad moral. Los afganos amigos de España deben establecerse entre nosotros y vivir aquí tanto tiempo como quieran. Para esos pocos, España habrá significado una esperanza y un futuro.
Sin embargo, a pesar de la salvación de una ínfima parte de quienes depositaron su confianza en las democracias occidentales, no podemos minusvalorar este desastre. La proclamación del Emirato Islámico de Afganistán atraerá a terroristas yihadistas de todo el mundo, dará un nuevo impulso a organizaciones como Al Qaeda y el Estado Islámico y agravará la inestabilidad regional. La crisis humanitaria que ahora se está desencadenando tendrá consecuencias a largo plazo y más allá de las fronteras afganas. Si el fracaso en Irak no fue suficiente, la calamitosa retirada de Afganistán demostrará que los Estados Unidos son ahora débiles y vulnerables.
Las imágenes de los helicópteros estadounidenses despegando de Kabul recuerdan la retirada de Saigón entre el 28 y el 30 de abril de 1975. En Moscú, en Pekín, en Islamabad y en Teherán, pero también en Taipei, en Riad, en Tokio y en Jerusalén, todos contemplan la debilidad del presidente Biden y la flaqueza de los Estados Unidos y sus aliados en Afganistán.
Es una catástrofe.