Opinión

El derecho, la frontera y la Unión Europea

TRIBUNA

Juan Carlos Barros | Lunes 16 de agosto de 2021

La Unión Europea, aunque nació dotada de órganos propios y compuesta por estados miembros, fue concebida como un ente en expansión, al que nuevos órganos y más miembros se fueron añadiendo con el paso del tiempo, y a quien la intención de darle una constitución quedó frustrada cuando preguntados sus ciudadanos dijeron que no.

Partiendo como una comunidad en un mercado común que se establecía “progresivamente” según el Tratado, ha llegado de momento a ser una unión cuya razón es “una nueva etapa en un proceso creador”, en virtud del cual la organización se ha seguido moviendo, no como la Tierra para demostrar que no está en el centro y sin ser tampoco el Sol que ilumina y da calor, sino a imagen del propio Universo, que está en perpetuo desplazamiento llevando sus límites cada vez más hacia lo ulterior.

Qué duda cabe, entonces, que su esencia está en los bordes y no el interior, en estar siempre al frente buscando nuevos desafíos constantemente. No obstante, ir por delante, aparte que te da mucho el aire, trae consigo, se quiera o no, que el derecho, su arma de propagación, se ha de acomodar a esa condición, de modo tal que no se puede afirmar que la Unión tenga estatuido un derecho formal en una situación de continua transición.

Eso quiere decir también que la organización, que no termina de ponerse nuevos objetivos, a la vez y dada su concepción original, se mantiene estructurada gracias a las fronteras de los estados nacionales que son su armazón. El resultado de lo cual es que tenemos a ambas fronteras en amalgama en ese melting pot: las nuevas como gigantescos planetas gaseosos (o molinos de viento monstruosos) y las antiguas, duras como leyes escritas en piedra, que, aunque la Unión lo pretenda, no se puedan derogar así sin más.

Esto es, en resumidas cuentas, lo que estamos viendo en este momento cuando la Unión se enfrenta a Polonia y Hungría, quienes defienden su autonomía legislativa contra la expansión de la ideología LGTB y que, en aplicación del mecanismo de cesión de competencias de la Unión, les va a pillar el tren de la primacía sin haber llegado todavía a la estación terminal.

En los Estados Unidos, referente especular de la Unión en cuanto a avance de la frontera hacia el Far West, la ganadería era, en aquella época primigenia, la gran industria y los cowboys quienes arreaban el ganado, reparaban los cercados y los establos, cuidaban de los caballos y guiaban las grandes manadas de reses desde los ranchos de Texas hasta al ferrocarril en Kansas, para llegar después a los mercados - si, también entonces había mercados- de Chicago.

Entonces allí, en la frontera de Norteamérica, regían normas apropiadas a tal situación de expansión que todo el mundo respetaba y que estaban en vigor mientras llegaba el derecho estatutario que, aunque viajaba en diligencia, iba más despacio.

Este código no escrito se encarnaba en la figura fundamental del cowboy e incluía, por ejemplo: echarle valor al día a día, terminar lo que se empieza, jugar duro pero respetando las reglas, cumplir las promesas, ser fiel con quien te paga (ride for the brand), recordar que hay cosas que no están en venta y ser consciente de dónde hay que poner la raya.

Ahora la Unión tiene en los estados del este su Far West, de modo que metida en ese viaje y si quiere finalmente llegar a alguna parte, necesita en esta fase más de esa ética individual y darles a sus ciudadanos un papel más adecuado que el simplemente añadido al nacional recogido en el Tratado y aplicar sus valores no los de los estados.