Andrea Donofrio | Domingo 14 de septiembre de 2008
A partir de la elección de Silvio Berlusconi como primer Ministro de Italia, el escenario político nacional ha asistido a una gradual y continua militarización del país. Desde la adopción de las primeras medidas en tema de seguridad, era claro el objetivo del nuevo presidente del Consejo: un nuevo Gobierno que exhibiese sus músculos y se declarase partidario de una “vuelta al orden” en una dialéctica y retórica preocupantemente anacrónica, demagógica y distante de los problemas reales que están degradando la imagen y la realidad del país.
Se empezó adoptando medidas supuestamente en contra de la “inmigración ilegal” y la inseguridad callejera convirtiendo gitanos y extracomunitarios en el enemigo público número uno: una campaña al límite de la xenofobia y el racismo contribuyó a crear la simplista asociación de ideas “gitano=ladrón, extracomunitario= roba-trabajo, norteafricano=traficante de droga”. Suficiente para convencer a la opinión pública que la inmigración representa un fenómeno negativo y despreciable: por lo tanto ¡a por ellos! La dura acción del gobierno cuenta con el respaldo popular: “vox populi, vox dei” y, por eso, el gobierno parece cumplir su función de ser intérprete de la voluntad popular, del creciente sentimiento ciudadano de rechazo hacia los inmigrantes. Según varias ONG italianas, muchos inmigrantes (la mayoría gitanos) ya han decidido marcharse del país, asustados y antes de que le pudiera pasar algo: se calcula que más de 6.000 de ellos, con España, Francia, Alemania o incluso de regreso a Rumania como destinos elegidos.
Luego se ha asistido a la militarización de las principales ciudades italianas: 2500 soldados enviados a patrullar plazas, calles u objetivos sensibles para garantizar la seguridad nacional. Sin embargo, la medida aún no ha mostrado sus beneficios: eso sí, a muchos turistas le parece peculiar e incluso divertido sacar fotos de soldados aburridos, leyendo revistas de corazón o comiendo pizza con el Coliseo o el Teatro San Carlo como fondo. En seguida, el ejecutivo se ha preocupado de atacar a la Magistratura, intentando ejercer una creciente presión sobre la independencia del poder judicial, cuestionando su actividad y olvidando la tradicional división de los poderes de Montesquieu.
Continuando, algunos alcaldes han decidido adoptar medidas exóticas y de dudosa utilidad, que, pero mostraban su “deseo de orden”: prohibición de hurgar en los contenedores de basura, de reunirse más de dos personas después de las 23:30, de sentarse en los bancos de las plazas ciudadanas, de pasear por la playa con una maleta, lugar donde está también vedado que te hagan masajes, de sacar fotos de tu hijo pequeño en piscina, reo de ser considerado un pedófilo. Si fuera poco, esta semana, el Consejo de Ministros aprobó un proyecto de ley en el que se introduce el delito de prostitución y se prevé la pena de cárcel tanto para quien la ejerce como para los clientes. La nueva ley establece que ejercer el “oficio más antiguo del mundo” será ilegal: por supuesto ser inmigrante representa una agravante y será inmediatamente confiado a “las autoridades de su país de origen”. Sin embargo cronológicamente hay algo más reciente e igualmente alarmante: hace un par de días, algunos profesores acogieron a la Ministra de Instrucción silbándole y abucheándole para manifestar su disenso a la nueva reforma del sistema educativo italiano que prevé muchos despidos y pocos avances. Bueno, la policía decidió que fuera oportuno identificar a los “facinerosos” y alejarlos con fuerza de suelo público.
La situación parece grave, sobre todo si tenemos en cuenta las últimas declaraciones del Ministro de Defensa y del nuevo alcalde de Roma en apología al fascismo, invitando a una revisión de la historia italiana. El clima político está cambiando: las declaraciones del Ejecutivo, sus propuestas de leyes y la acción gubernamental están solamente exasperando el clima político y creando nuevas tensiones sociales. El actual populismo parece inútil: garantir el Estado de derecho no significa crear un Estado policial o militarizar la política. Ha llegado el momento de actuar y enfrentarse a los problemas reales de un país que más que nostálgico del fascismo debería preocuparse por su futuro.
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