Opinión

Las llaves del humanismo

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de agosto de 2021

Toda nación europea ( e Iberoamérica, EEUU y Oceanía, claro ) en el cénit o akmê de su poder ha tenido a sus grandes intelectuales, escritores y poetas escribiendo en latín. Y el hecho actual de que vuelva a imponerse el latín obligatorio en el Reino Unido puede ser un indicativo del resurgimiento del ímpetu británico con un Primer Ministro formado con un plan de estudios aún victoriano.

Hasta la llegada del modernismo y su manifestación más violenta, el bolchevismo, las llaves con las que los euroamericanos entrábamos en la bimilenaria tradición humanística eran las lenguas clásicas, el latín y el griego. Los últimos españoles aún islamizados, desde las murallas de Granada, contemplaban los últimos desafíos con ese sentido de fatalidad con que se veían las luchas desde las torres de la Troya homérica. En España, ya desde la época de Villar Palasí, época en que comienza lentamente, pero sin pausa, la aniquilación del que fuera un Bachillerato humanístico formidable, alma pública en el que se amamantaron los hombres-alumnos que llevaron a cabo la bienintencionada y humanista Transición, se han ido amputando inmisericorde las dos lenguas clásicas, como armatostes inútiles y estorbosos. Primero los franquistas reformistas, pacientes de ciertos prejuicios, más bien complejos, culturales modernos, relegaron a un solo año la obligatoriedad del latín, con la LOGSE socialista se le arrancó de toda obligatoriedad, y el griego quedó relegado a una optativa para alumnos ya entregados previamente a la causa humanística, esto es, heroicos alumnos que iban contracorriente. Desde entonces el número de alumnos que optan por las lenguas clásicas ha ido a menos, y ya algunos institutos no imparten siquiera el griego a los pocos alumnos que lo eligen, siendo despreciadas estas enseñanzas por quienes consideran que es poco rentable y hasta inmoral pagar a un profesor para que enseñe los misteriosos caracteres fenicios a un par de alumnos. Economicismo y barbarie son siempre buenos camaradas.

Los clásicos crearon modelos, patrones o cánones de belleza en los que la divinización de la propia forma era superior al contenido y tema, bien fuera éste plástico, moral o literario. Pero con el romanticismo y la modernidad los artistas ocultaron su impotencia de crear belleza con la originalidad. Hay que ser originales en todo y cualquier impertinencia fea de un niño concreto puede tener más valor cultural que cualquier obra clásica de formas perennes y sublimes. Tanto es así que nos gustan ya, más que las obras de arte, los documentos humanos. El poeta hodierno nos informa, en un lirismo intimísimo, de lo que siente en su pulso, sin pensar si esto es suficientemente importarte para interesar a la gente.

Quienes sobre el humanismo clásico preferimos más las nobles ideas de Giuseppe Toffanin que las del marxista Benjamin Farrington sabemos que aunque puedan restringirse aún más los estudios de griego y de latín en Europa, a estas lenguas, sin embargo, les quedará reservada siempre una misión de magisterio especial. Son las llaves maravillosas mediante las cuales ascendemos a las raíces de nuestra cultura. Salvar el latín y el griego supone procurar salvar las tradiciones humanas en una etapa deshumanizada. Si los griegos y romanos pasaron al hombre de la Historia Natural a la Historia Humana, los bárbaros que hoy atentan contra las lenguas clásicas pretenden el retorno a la salvaje Historia Natural y a la potenciación de la natural ferocidad del animal humano, una ferocidad que parece despertar en todas partes. Y no confundamos la Historia Natural con la clásica comunicación que el hombre guarda con la Natura inserta en la Historia Humana: los árboles se mueven al compás del canto de Sileno, el mítico danzar de la Natura.

La tradición basada en la lectura solitaria, en la lectura mil veces repetida de un modelo clásico imperecedero, va siendo excluida del mundo por la lectura frívola de cualquier libro banal que pergeña la industria editorial. Cuando se lee por pasatiempo se traiciona el significado etimológico activísimo y casi agresivo que tiene el verbo “leer”. En este caso es siempre mejor no leer nada, es más clásico. Rousseau nos daría la razón en no leer nada si no se conoce a los clásicos.

Dicho esto, no nos resignaremos jamás a la mediocridad y a la chabacanería, a este torpe sopor que oficialmente nos invade, al vandalismo arrasador del nuevo Adamastor, por decirlo en palabras camonianas, que nos viene encima, a la liquidación de la Nación más antigua que es España. Hay que seguir a nuestro capitán Unamuno, inquietando, sacudiendo el pantano y la modorra, removiendo o remejiendo los pozos de pereza, rutina, desaliento y barbarie política. La civilización grecorromana caló profundamente en nuestro suelo y tendrá aquí nuevos rebrotares, aunque sea en los días en que ya sólo queden de los latinistas y helenistas de hoy nuestros zancarrones y calaveras. Hay unas raicillas de hermosas plantas con flores sumamente frágiles que con la perseverancia de la gota horaciana atraviesan el hueso por donde es más duro, por donde suelen trepanarlo con escoplo. Las raíces de esas plantas con hermosas flores aprietan durante años o siglos el hueso y acaban por horadarlo, para llenar de luz eutrapélica la bóveda craneana. Volverá la primavera con el latín y el griego. Mientras tanto, vivimos tiempos en que el humanismo se retrae de muchos frentes. Afganistán, Cuba, Venezuela, Bolivia, El Perú, España…Maioresque cadunt altis de montibus umbrae. Mientras tanto, nuestros políticos juegan en el Parlamento al canto amebeo, juego de tradición humanística, por cierto, como los antiguos pastores de Teócrito, Virgilio, Sannazaro, Garcilaso y Cervantes. Mientras tanto, la barbarie talibán no tiene ningún alarde heroico por el que componer un romance fronterizo. La cobardía cruel y brutal nunca constituyó un valor en la épica clásica. Mientras tanto, España está sedienta de latín y griego en sus escuelas. Ojalá el bello y fresco apellido de la nueva Ministra de Educación alegre nuestras aulas con la pervivencia de las Humanidades. La alegría se funda siempre en la esperanza.