Opinión

Lo que cuestan las chorradas de los políticos

Joaquín Vila | Domingo 14 de septiembre de 2008
Este fin de semana, dos de los políticos más veteranos, más astutos, más sibilinos, incluso más inteligentes y, sin duda, más conspiradores, uno del PSOE, el otro del PP, se han convertido en protagonistas, algo buscado con desesperación y entusiasmo por ambos.
Juan Alberto Belloch, ayer alcalde de Zaragoza y hace unos años superministro de Justicia e Interior de Felipe González, que ha pasado a la Historia por dejar escapar a Roldán, clausuraba la Expo de Zaragoza, ese tinglado faraónico que con el argumento del agua ha despilfarrado millones de euros de los contribuyentes para su gloria personal entre fuentecillas iluminadas, cascadas pseudoartísticas y ecologistas escupiendo sus cansinas peroratas mientras bailaban por los acristalados pabellones.

Y, ahora, después del trajín mediático, después de tres meses aguantando la tabarra del éxito de la Expo, ayer, el alcalde de Zaragoza tuvo que reconocer que el número de visitantes ha sido menor del esperado, a pesar de que cinco millones de ilusos se pasearon por allí y, lo que es peor, que el déficit del guateque acuático asciende a varios millones de euros, que el Ayuntamiento no sabe cómo pagar, pues las arcas están tiritando. Resultado: una chorrada muy cara.

El político del PP que este fin de semana ha disfrutado del bombardeo de flashes y de focos no podía ser otro que Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid que la pasada legislatura acosaba a Rajoy sin piedad y que desde que perdió las elecciones se ha convertido en su máximo aliado. Las malas lenguas dicen que para estar bien colocado por si el presidente del PP tira la toalla al perder elecciones gallegas, europeas y las que se tercien. Pero anoche lo que, de nuevo, buscó con ahínco el alcalde de Madrid fue el bombardeo de focos y flashes mientras abrazaba al simpático Almodóvar, el gran cineasta que acusó al PP en vísperas de las elecciones del 2004 de preparar un golpe de Estado para ganar. Por suerte para Almodóvar y sus amigos, ganó Zapatero. Y desde entonces, él y sus amigos, tan contentos. Porque cuando no le organiza un homenaje o le suelta unas prebendas Zapatero, lo hace Gallardón.

El abrazo y el guateque organizado por el alcalde, y van ya un par de años, se llama la Noche en Blanco. La idea, en principio, suena bien. Se trata de invitar a los madrileños a pasar una noche de sábado recorriendo gratuitamente los museos. La chorrada posmoderna consiste en rodear ese paseo cultural con miles de patitos de goma, con tubos de colores atravesando la Gran Vía, con altavoces lanzando al aire el sonido de los besos, con un funambulista al que al final el viento impidió desplegar su arriesgado paseo y, cómo no, con colocar miles, millones de lucecitas por todos los rincones del centro de la ciudad. Más de un millón de madrileños invadieron las calles para disfrutar de la noche cultural, aunque, al final, entre empujones y codazos, se quedaron helados al comprobar que las puertas de los museos cerraban a las doce. Pero para rematar la faena, el Ayuntamiento organizó un encuentro de jóvenes en el campus de la Complutense que acabó, como no podía ser de otra manera: con un botellón multitudinario. Lo que todavía desconocemos es el importe del sarao.
Un par de ejemplos de cómo hasta los políticos más inteligentes, como Belloch y Gallardón, cometen chorradas de escándalo. Aunque el mayor escándalo es lo que cuestan esas chorradas, que, desde luego, no pagan ellos.

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