Opinión

Construcción del Muro de Berlín (agosto de 1961)

TRIBUNA

Alejandro San Francisco | Lunes 23 de agosto de 2021

El 13 de agosto de 1961 fue un día histórico para Estados Unidos y para el mundo. En esa jornada comenzó la construcción del Muro de Berlín en Alemania Oriental, país gobernado por un régimen comunista. La historia de esta construcción hasta sus días finales está narrada por Dionisio Garzón en su libro El Muro de Berlín. Final de una época histórica (Madrid, Marcial Pons, 2013).

Por esos días más de 30 mil personas habían salido hacia Occidente durante julio de ese año y sobre 21 mil lo habían hecho la primera semana de agosto: “A este ritmo, la República Democrática Alemana pronto se quedaría vacía”, es el asertivo resumen de Tony Judt en Posguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Madrid, Taurus, 2012), sintetizando lo que decían por esos días las autoridades del país. Las autoridades comunistas lo denominaron Muro de Protección Antifascista, aunque el objetivo en realidad era otro: evitar que los jóvenes se siguieran marchando a buscar mejores oportunidades, especialmente hacia Alemania Occidental.

El resultado simbólico y práctico de la inmensa mole de cemento fue triste y llenó la historia de Berlín durante décadas. Numerosas familias fueron divididas y cientos de personas fueron asesinadas al intentar escapar hacia la libertad. El Muro no fue una forma de detener a los enemigos que atacaban el territorio, como había ocurrido en el pasado en otros lugares, sino que fue la manera de controlar al propio pueblo, para lo cual también existía la poderosa Stasi –la policía secreta de la RDA– y un sistema carente de expresiones democráticas y libertades sociales.

La construcción del Muro fue un hito durante la Guerra Fría, y sin duda se transformó en un símbolo de aquellos años dramáticos y contradictorios. No es casualidad que ahí hayan pronunciado dos discursos memorables los presidentes John F. Kennedy y Ronald Reagan. En la alocución del 25 de junio de 1963, Kennedy ironizó señalando que era cierto que algunos afirmaban que el comunismo era “un sistema perverso pero que les permite alcanzar un progreso económico. Que vengan a Berlín”, concluía invitando a conocer la realidad. Luego concluía: “El Muro es la demostración más terrible y más fuerte del fracaso del sistema comunista”. El presidente de los Estados Unidos gozaba de prestigio internacional y tenía un gran carisma; su discurso despertó entusiastas aplausos de los asistentes y logró instalar la superioridad de las democracias sobre los regímenes comunistas, tema que en ese tiempo no se veía tan claro.

Por otra parte, el Muro de Berlín permitía instalar una idea de fondo, alternativa a la explicación que dieron los líderes comunistas al momento de construirlo. El problema no radicaba tanto en la construcción del Muro, como en la comprensión de un tema crucial: el régimen germano oriental solo podía mantener a la gente en su territorio si estaba obligada o si tenía serias dificultades para desplazarse. La mantención del comunismo a la fuerza pasó a ser una forma de ser de las sociedades al Este del Telón de Acero.

La historia terminó casi tres décadas más tarde, de manera esperanzadora y con un futuro promisorio por delante. En 1989 se produjo el derribamiento del Muro de Berlín que oprimía a las sociedades que emergieron dispuestas a reclamar sus derechos y existencia civil –al grito de “nosotros somos el pueblo”–, como más tarde pedirían y lograron la unificación de las dos Alemanias –“somos un solo pueblo” era la frase que se escuchaba. Después se inició una larga época de paz y prosperidad que se ha mantenido por un periodo superior al que pudo disfrutar Alemania, país que padeció el nazismo y el comunismo, durante todo el siglo XX. En un plano más amplio, marcó el fin de los regímenes surgidos al alero del marxismo leninismo en Europa oriental y en la Unión Soviética.

Al cumplirse sesenta años del comienzo de la construcción de uno de los principales símbolos del totalitarismo en el siglo XX, que también fue conocido como el “Muro de la vergüenza”, vale la pena recordar su nacimiento y motivaciones. También es preciso conocer que se puede esperar y preparar el momento final, que resumió tan bien la Novena Sinfonía de Beethoven y el Himno de la Alegría, que se escucharon con emoción a fines de 1989 sobre las piedras caídas en Berlín, mientras la vida comenzaba a cobrar nuevos colores y oportunidades.

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