Opinión

Luis Alberto de Cuenca, poeta y sin embargo amigo

Juan José Alonso Millán | Lunes 15 de septiembre de 2008
“Ínclitas razas ubérrimas, sangre Hispania fecunda”. Son expresiones habituales en los poetas. Mis fracasos amorosos en mi adolescencia fueron debidos a que nunca inventé un poema. Mis compañeros escribían versos que hacían rendirse de amor a las bellas criaturas mediáticas. Servidor del colegio, se sabía de memoria “La canción del pirata”, “La marcha triunfal”, “El Dos de Mayo”, “La princesa está triste” y “A buen juez mejor testigo”. Cuando intentaba ligar echaba mano de este repertorio y se me escapaban vivas. Lo que vale, es narrar los sentimientos propios rimando y con métrica musical, para lo cual estuve siempre negado. Desde entonces los poetas me caen mal. Por envidia, claro está.

Desde que conocí y traté el ilustre vate Luis Alberto de Cuenta, mi opinión ha variado, y los poetas me caen de cine. Luis Alberto de Cuenca vino al mundo de Madrid en 1950 y, enseguida, se puso a escribir versos y ensayos filosóficos con éxitos notables entre sus innumerables novias. Ha llegado a estar rumoreado para académico, pero tal y como están las cosas, mejor es que no. Escritor por vocación y por necesidad no económica, si no espiritual. “El otro sueño”, “Por fuertes fronteras”, “La caja de plata” y muchos más títulos, son sus libros más relevantes. Tiene de bueno que no da lata a los amigos recitando sus poemas. Es ameno, inteligente y muy bien educado. Con una cultura inmensa, tiene la modestia de no aparentarla.

El teatro español no tiene secretos. A propósito de teatro, hace años no había compañía de variedades que no incluyera a un recitador, uno que siempre interpretaba cosas de Rafael de León. Era el éxito del espectáculo. Ya no hay variedades, ni recitadores, como aquellos que iban por los cafés las noches de reuniones líricas. Los textos teatrales hasta hace muy poco eran en verso. Cuando estaban en prosa, se advertía al respetable. De ahí el personaje de Mollière, que se sorprendía de hablar en prosa.

Luis Alberto de Cuenca jamás ha amenazado con leer un drama rural ni un juguete cómico en verso. Ya tiene bastante con lo que crea: letras de canciones de éxito, ensayista que se le entiende y un cierto aire político. El último volumen creado por Luis Alberto para la Fundación Wellington, “El bosque animado” de Fernández Flores, es una maravilla. Con un prólogo que es casi un libro de la gran escritora Alicia Mariño, ha fabricado un lujo a su alcance. Alicia es joven, guapa, culta y tiene buena pluma. Enhorabuena.

Está muy bien que los poetas lleven las directrices del Ministerio de Cultura, como ocurre en la actual Administración. En el gabinete anterior, con Pilar del Castillo, ésta incorporó a Luis Alberto, que hizo una labor irrefutable. Trabajó como un enano, ayudó a los literatos y se preocupó por las Artes Escénicas. Anteriormente, ya había dirigido la Biblioteca Nacional, en la actualidad llevada de la manos de Milagros del Corral, la que más sabe de propiedad intelectual del mundo.

De poesía, mis gustos van por Machado (los dos), Rubén Darío, León Felipe, Lorca, Alberti, Hernández y De Cuenca. Solamente con este último pude cenar y lo hago en cuando pueden Alicia y Luis Alberto. Estas cenas son un espectáculo de diversión y charla bien intencionada. Puestas arriba de un escenario, estas reuniones serían un éxito de crítica y público, como lo son en Las Noches Blancas, sin duda, el mejor programa que echan por la televisión, dirigido por el estupendo Sánchez Dragó. Otro suceso, como todo lo que toca Luis Alberto de Cuenca. No quiero terminar esto, sin recordar unos versos geniales relativos al arte de Talía, aplicables hoy día a tantas y tantas tabarras, que nos largan con el cuento de la cultura. Lope de Vega dixit: “Porque como lo para/ el vulgo es justo/ hablarle en necio/ para dale gusto”. ¡Olé qué tío más listo!

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