Hidehito Higashitani | Lunes 15 de septiembre de 2008
Se acaba de inaugurar en Sapporo, Japón, la exposición itinerante “Léonard Foujita”, que luego pasará a otras ciudades con unos meses de duración hasta el año que viene.
El nombre de “Foujita” es muy conocido en Europa como uno de los componentes más emblemáticos de la llamada Ecóle de Paris, grupo reunido en la primera mitad del pasado siglo en los barrios parisinos de Montparnasse y Montmartre. Los críticos coinciden en ensalzar la finura y la sutilidad de sus trazos, la genial mezcla de temas occidentales y orientales, y el tono aporcelanado de gran fineza de sus colores.
Sin embargo, en contraste con este aprecio unánime del mundo cultural europeo que le consagró como uno de los artistas más destacados de París allá por los años veinte, se podría decir que el mundo cultural japonés se ha mostrado bastante reacio a reconocer su valía artística a lo largo de su agitada trayectoria profesional.
Nació en 1886 en Tokio con el nombre de Tsuguharu Fujita como el último de los cuatro hijos de un médico militar de altísimo rango. Y después de terminar sus estudios en la Escuela Nacional de Bellas Artes de Tokio, se traslada a París en 1913 y vive en Montparnasse trabando amistades con los jóvenes pintores como Amedeo Modigliani, Henri Rousseau, Pablo Picasso y otros.
Empieza a firmar sus cuadros con el nombre de “Foujita” con una ‘o’ añadida a su apellido original de familia. Era por lo visto -siguiendo las reglas de la ortografía francesa- para conservar el sonido original de “fu” de “Fujita” (que se transcribiría según la pronunciación castellana como ‘Fuyita’). Y a partir de “Nu couché á la toile de Jouy” de 1922, el nombre de Foujita es reconocido en el mundo artístico parisino como uno de los ídolos más populares junto por su imagen extravagante con las gafas redondas, el bigotillo, los pendientes y su peinado típico con el flequillo. Su nuevo apellido adoptado “Foujita” sirvió para que la gente le llamara afectuosamente con el apodo de “Fou-fou” (locuelo o tontorrón).
Y más tarde, durante la segunda Guerra mundial y justo antes de la ocupación del ejército alemán, abandona París y vuelve a su país natal. Se dedica a pintar cuadros de guerra a petición del ejército imperial nipón dentro del proyecto de fomentar el espíritu bélico del pueblo japonés. Pero esto le va a costar caro al terminar la Guerra. Con la llegada de una nueva época de democracia y de un pacifismo exacerbado de postguerra, le critican con dureza por su colaboración a la guerra y la prensa pacifista despliega la campaña acusatoria de su compromiso político con el gobierno militarista y de su responsabilidad en el desastre de la guerra.
Ante esta incomprensión de sus compatriotas, se instala de nuevo en París hacia 1950 sin volver a pisar nunca más su tierra natal. “Yo no he abandonado Japón. Quien me ha abandonado es Japón”, así comentaba él muchas veces. En 1959 a la avanzada edad de 73 años se convierte en catolicismo con el nuevo nombre cristiano de “Léonard”. Ya hacía cuatro años que había abandonado la nacionalidad japonesa y naturalizado francés.
Mientras él dedicaba sus últimos esfuerzos de artista en la decoración de la capilla de la catedral de Reims, dicen que solía repetir:
“Me gustaría ser un Adán, hombre sin falsedades, y tener a una Eva de novia. Y mi única ilusión no es sino vivir tranquilo en un paraíso natural donde vivan sólo animales y plantas sin que se encuentre ningún ser humano y donde no existan ni la política, ni las guerras ni la civilización mecánica.”
Parece que en Japón el acto de reconciliación con el pintor y los estudios reivindicativos acerca de él acaban de iniciarse con las exposiciones retrospectivas que se vienen celebrando y con unos libros monográficos de calidad aparecidos recientemente
“Nadie es profeta en su tierra”, se dice vulgarmente. Pero ojalá que esta exposición sirva al público culto japonés para esclarecer, sin ningún tipo de prejuicios, la verdadera personalidad artística del pintor y para descubrir unas cualidades dignas de un verdadero ‘profeta’ en la tierra que le vio nacer.
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