Javier Rupérez | Lunes 15 de septiembre de 2008
¿Cuántos muertos ha causado el terrorismo islámico en el mundo desde los atentados del 11 de Septiembre de 2001? Seguramente centenares, a lo mejor algún que otro millar. Sólo en Madrid, en 2004, se acercaron a los 200. Un año mas tarde, en Londres, una cincuentena. Son los atentados que más recuerdan los europeos, junto con los del 11 de Septiembre y alguna memoria borrosa de los que tuvieron lugar en Bali, Indonesia, y en Estambul, Turquía, y siempre los de Irak, y los del Medio Oriente, fundamentalmente en Israel. Pero el número total, que seguramente ha sido meticulosamente registrado por algún servicio antiterrorista, no es generalmente conocido. Quizás porque no es suficientemente preguntado. A lo mejor, también, porque la contabilidad solo sirve cuando los atentados tienen lugar en el territorio de los “infieles” occidentales o son realizados para cobrarse sus vidas. No cabe presumir desidia o mala fe en los agujeros negros de la estadística, pero así son las cosas: los atentados en Madrid, o en Londres, en Nueva York son grave noticia de primera plana. Los de Bagdad, Argel, Nueva Delhi o Tel Aviv desaparecen en el recuento de lo habitual, casi de lo inevitable, muertos sin rostro de los que apenas recordamos el número. Pero basta con una somera lectura de los periódicos –en este caso los de las últimas semanas- para saber cual es el catastrófico alcance de las acciones criminales conducidas por los autodenominados “mártires” y sus conmilitones más allá de los espacios occidentales.
Hace apenas dos días cinco explosiones simultáneas en concurridos lugares de Nueva Delhi acabaron con la vida de 18 personas. En Julio de este mismo año diecisiete artefactos explosivos asesinaron a 49 personas en la ciudad de Ahmadabad, al Oeste del país. En Bangalore, también en Julio de este año, murió una persona como consecuencia de una bomba colocada por los terroristas. Los mismos radicales islamistas que, según su propia reivindicación, habian matado 56 personas en la ciudad de Jaipur el pasado mes de Mayo.
El 19 de Agosto pasado, en un atentado reivindicado por los talibanes, un suicida en la ciudad de Tank, al suroeste de Islamabad, provoco la muerte de 24 personas en un hospital. El mismo día, los seguidores de Al Qaida en Argelia asesinaron a cuarenta personas en la ciudad de Issers, al Oeste de Argel. Tambien el 19 de Agosto un grupo de seis talibanes suicidas mataron a doce civiles afganos al atacar una base americana en Khost, en Afganistán, cerca de la frontera con Pakistán. Y ese mismo día, seguramente no por coincidencia, diez soldados francesas de la OTAN murieron en una emboscada tendida por los talibanes El 28 de julio, en atentados simultáneos llevados a cabo por cuatro mujeres suicidas en Bagdad y en Kirkurk, fallecieron 57 personas, dejando, como los demás atentados, centenares de heridos. Y el 21 de Agosto los talibanes paquistaníes realizaban un doble atentado contra los trabajadores de una fábrica de armas en la ciudad de Wah, al Oeste de Islamabad, provocando 64 muertos y un enorme numero de heridos. El 4 de Agosto, pocos días antes del comienzo de las Olimpiadas en Beijing, 16 policías chinos morían en un atentado terrorista en Kashgar, en la región de Xinjiang, al Noroeste del país.
El séptimo aniversario del 11 de Septiembre ha sido celebrado por los americanos con la hondura y la tristeza que caracterizó a los seis anteriores. En este año electoral con una adecuada muestra de solidaridad suprapartidista, puesta de relieve en la visita conjunta de MacCain y Obama al lugar donde se levantaban los Torres Gemelas. Y el Presidente Bush, en la que será la última de sus participaciones en la trágica efemérides, recordó con alivio los más de dos mil quinientos días trascurridos desde entonces, reivindicación de una trayectoria y evocación indirecta de lo que todos llevan en la cabeza: ¿cuándo y cómo golpearan otra vez? Difícil evitar la presencia agazapada de la hidra a la vuelta de la esquina, siempre dispuesta a intentarlo de nuevo.
No es fatalismo ni exageración el tenerlo en cuenta y actuar en consecuencia. Interpretando adecuadamente los signos de los tiempos: los muertos que los terroristas asesinan en Pakistán, India, Afganistán, Irak, Argelia o China son también nuestros muertos. Sus asesinos sólo esperan la ocasión para incluirnos de nuevo en sus siniestros planes.
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