Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 15 de septiembre de 2008
Desde Marx para acá los socialistas llevan más de siglo y medio vaticinando la inevitable extinción del capitalismo, víctima de sus propias contradicciones internas. Y cada vez que una crisis altera el funcionamiento normal del sistema, los profetas de todas las izquierdas alzan su voz para asegurar que es llegada la hora final. Resulta sin embargo que, con mayor o menor esfuerzo, el capitalismo –que va indisolublemente unido a la libertad, al poder limitado y repartido y a los derechos humanos- supera todas esas crisis, como bien explica la teoría de los ciclos. Pero la izquierda, que ha perdido todas sus viejas certidumbres, o bien se adhiere parasitariamente al capitalismo – al tiempo que le denigra como “neoliberalismo”- para ponerle a su servicio y sacar todo lo que pueda de él o bien persiste en la utopía, repitiendo cansinamente los viejos lemas, pero sin darles ningún contenido. De lo primero, los ejemplos más notables son los dos gigantes excomunistas, China y Rusia, que han tomado del capitalismo lo que más les interesa que es su capacidad de generar riqueza en abundancia, algo que nunca lograron ni el marxismo-leninismo ni el maoísmo y sus diversas peripecias. De lo segundo persisten algunos ejemplos, como esa reciente afirmación de Santiago Carrillo según la cual “el comunismo va a resurgir”, ceguera suprema a la vista de por dónde van los dos países antes citados. O como el líder de la Liga Comunista Revolucionaria francesa, Olivier Besancenot, que en unas recientes declaraciones pronunciaba, entre otras, la siguiente y significativa frase: “La revolución necesita ser reinventada porque ningún experimento revolucionario ha tenido nunca éxito”. Paladina confesión de la que, sin embargo, no acierta a extraer la única consecuencia lógica: El socialismo, en sus diversas variantes, carece de recetas para salir de la crisis ni para proporcionar más libertad y prosperidad.
Tampoco ha aprendido nada, por supuesto, el llamado socialismo democrático, como muestra la confusión en que se debate el Gobierno de Zapatero ante esta crisis a la que niega hasta el nombre. Esta socialdemocracia o lo que sea no ha logrado superar la vulgata keynesiana, como muestra que no se les ocurra otra cosa que hacer con los parados que ponerlos a plantar árboles o emplearlos en alguna de las administraciones públicas que han multiplicado hasta extremos inauditos, en vez de adelgazarlas, que sería lo normal en tiempos de crisis. Y ya han aparecido los ideólogos que vuelven a cantar las excelencias del intervencionismo al que está recurriendo –“El Estado ha vuelto”, afirman alborozados- hasta los EE UU, patria del capitalismo, como muestra la nacionalización de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac. Intentan convertir en regla general lo que no es sino un accidente, fruto de no haber seguido con rigor, la reglas de la buena gestión empresarial, base y fundamento de ese capitalismo que denuestan. La misma razón por la que ha quebrado Lehman Brothers.
Lo cierto es que el capitalismo no tiene alternativa, lo que no quiere decir que no cometa errores y salvajadas y que no deba reformarse continuamente. El capitalismo, a lomos de la globalización, está dando al mundo una prosperidad impensable hasta hace bien poco, como muestra Fareed Zacharia en su reciente libro The Post-American World. Entre otros muchos datos señala este autor que el porcentaje de personas en todo el mundo que viven con un solo dólar al día ha caído del 40 por ciento en 1981 al 18 por ciento en 2004 y se estima que será del 12 por ciento en 2015. Entre 1990 y 2007 el comercio mundial –el gran generador de riqueza- se ha incrementado en un 133 por ciento. Estas cifras –y otras muchas que podrían añadirse- no son fruto de la casualidad sino de la libre circulación de capitales y de un comercio cada vez más intenso y libre, a pesar de las dificultades de la Ronda de Doha. Pero nada de esto ha ocurrido por casualidad ya que, en muy buena medida, es el fruto del crepúsculo del socialismo y de la desaparición de los bloques, como explica Alan Greenspan que ha calificado a la caída de la Unión Soviética como “el acontecimiento económico seminal de nuestra época” (Mientras que, para Putin, es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX). Un acontecimiento que ha producido mucha más prosperidad y libertad para muchas más personas. ¿Quiere esto decir que el mercado lo resuelve todo? Evidentemente no. El Estado tiene un papel indispensable y unas funciones irrenunciables. Pero un Estado de Derecho, que actúa conforme a normas y a través de agencias reguladoras independientes. Una independencia que tiene que estar garantizada también por la ley y en la que no caben actuaciones vergonzosas como las que por aquí nos han obsequiado la CNMV y la CNE. Parece evidente que el Gobierno Zapatero no sabe salir de la crisis y que no tiene más receta que esperar a que escampe. Los huracanes pasan, pero dejan tras una destrucción directamente proporcional a la incompetencia y la falta de previsión de los gobiernos. Y después, “business as usual” sin experimentos utópicos ni regresiones al pasado. Algo que no está, desde luego, en la agenda del PSOE.
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