Opinión

El cuento del hundimiento

TRIBUNA

Juan Carlos Barros | Lunes 20 de septiembre de 2021

“Muchas son las personas que tienen la sensación de que sus vidas se han detenido mientras el mundo avanzaba con rapidez. La velocidad a la que se suceden los acontecimientos y la enormidad de los problemas a los que nos enfrentamos escapan a veces a nuestra comprensión. Fue Robert Schuman quien dijo: Europa necesita un alma, un ideal y la voluntad política de alcanzarlo”.

Así empezó la presidenta de la Comisión Europea el discurso sobre el estado de la Unión y para comprender mejor tal preámbulo y lo que después pueda venir, vamos a contar algo que pasó en un país muy lejano hace tiempo y que ahora parece más cercano.

Tras ser primer ministro de un estado en el oeste del subcontinente asiático y haber contribuido notablemente, con permiso del maharajá, a occidentalizarlo y ser reconocido por ello, hizo algo tan raro entonces como hoy, pues dejó el cargo. En la corte sabían la verdadera razón y el pueblo la había adivinado, pero nadie se atrevió a decir ni con tanto paro.

El caso es que Purun Bhagat, que así se llamaba el interdicto, en la estricta estratificación social local pasó del ministerio a la mendicidad, donde descubrió, no obstante, que su sueño era la búsqueda de la felicidad; así que, mirándolo bien mirado, estaba encantado estando fuera de las tareas del estado y en unirse a las filas del proletariado.

Inconscientemente, aunque no tanto, y en mitad de la calle descalzo, se puso a pensar si tirar para el septentrión, que era donde le llamaba la ascendencia familiar, hasta que un policía de fronteras le advirtió que circulara que estaba obstaculizando el trafico y él obedeció porque sabia que debía haber siempre una ley para que las cosas fueran bien.

Emprendió camino cuesta arriba por el cauce de un rio, no contra corriente porque como no llovía el afluyente carecía de caudal. Al cabo de varios días de subida llegó a un punto álgido y allí adonde su alma le había encaminado, en un santuario abandonado, se estableció, aunque percibió confundido que mirando para abajo al valle no distinguía el tamaño real de las cosas y lo que parecía un simple matorral era un bosque ancestral.

En la aldea que había al pie de aquella montaña, celebraron su llegada porque creían que podia obrar milagros, cosa que a él ni se le ocurría, bastante milagro era vivir cada día y decía que la clave para él residía en estarse quieto y no mirar a derecho, con lo cual los animales del bosque, que por allí moraban, se dieron por satisfechos.

Pero, aquí no acaba el cuento porque entonces intervinieron los elementos con su característica brusquedad y se puso a llover, pero a llover como no se había visto igual. Y un día, mientras llovía todavía más que otros días, se acercaron al santuario los anímales y en su lenguaje le comunicaron al anacoreta que con tanta agua la montaña se hundía y había que salir pitando, así que con las mismas tiraron para abajo patinando, como por un tobogán, a avisar a los del pueblo.

Después de pasar lista y cuando ya habían subido todos ellos a un alto cercano, la tierra dio un suspiro fulminante, que luego creció a murmullo apabullante, después a rugido despampanante y al final era un crujido en “do” sostenido como el de un órgano de iglesia durante treinta y cinco minutos seguidos. Y cuando paró tanto ruido allí no había ni montaña, ni capilla, ni pueblo, solo una masa amorfa de barro de varios kilómetros de ancho.

Los aldeanos, que le alimentaron pero que nunca se atrevieron a hablar con el santo, descubrieron que se había quedado tieso, con las piernas cruzadas, sentado bajo un árbol y tal cual decidieron enterrarlo sin la menor sospecha de quién era en realidad quien les había salvado.