Opinión

Joseba Arregi, de nuevo

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 21 de septiembre de 2021

Como sabe el lector no hay nombre más invocado en este Cuaderno que el de Joseba Arregi. Le he dedicado dos recuadros y son decenas de veces las que me he referido a su ejemplo o su palabra. Ahora en el momento de su desaparición, temida pero inevitable, recapitulo sobre la extraordinaria personalidad de esta figura, en cuya biografía caben tantas vidas, y a quien tan bien cuadraría lo que Hannah Arendt dijo de Albert Camus, cuando lo señaló como el mejor hombre de Francia, pues es difícil de encontrar alguien en Euskadi que de verdad merezca un reconocimiento público como Joseba Arregi.

Dejada su actividad política en el PNV, a la que entró tras sus años de sacerdote, Joseba encontró en la tarea intelectual el objeto exclusivo de su existencia, servida de modo entusiasta y fiel como siempre hacía. Arregi, en efecto, es, antes de nada, un intelectual sobresaliente, esto es, alguien que ilumina con el ejercicio de la razón la circunstancia en la que vive y estimula su transformación. Lo que ocurre es que en su caso, su capacidad de convicción, y de influencia, está subrayada, además de por la fuerza de su argumentación, por sus méritos morales, derivados de su coraje y su trayectoria biográfica.

Cuando se cometía una tropelía fascista de ETA ya se sabía que aparecería inmediatamente en la prensa la denuncia abrumadora del asesinato como arma política, denuncia que alcanzaba no solo a los autores del crimen sino a los que lo cubrían ideológicamente, en el fondo, con argumentos políticos. Quien alzaba la voz tenía una legitimidad, en la lucha por las libertades, que no todos podían presentar. Arregi no alardeaba de ello, pero tampoco tenía por qué ocultarlo. Así me lo relataba en una carta privada: “En el verano de 1968 fui detenido por la Guardia Civil, después del asesinato del guardia civil Pardines en Villabona, y de Melitón Manzanas. Estuve tres días en la comandancia de la Guardia civil en el Antiguo, con las consiguientes palizas pues eran tiempos muy duros, y seis meses en la cárcel de Martutene. Tuve juicio en el Tribunal de Orden Público, y fui absuelto por falta de pruebas en octubre de 1970”.

Arregi procedía de una familia nacionalista, diríamos que de la Guipúzcoa profunda, euskaldún y fuertemente (iba escribir rígidamente) católica. Solía contar como durante años habían acogido entre ellos en el caserío, con respeto y afecto, al anciano padre Manuel Lecuona que dirigió Euskaltzaindia. Arregi conservaría la fe, de algún modo desempeñó su tarea política como verdadera misión profética, y por supuesto un cierto tipo de vasquismo, que él identificaba con el euskera, que hablaba en cuanto podía.

La solidez intelectual de Arregi dependía de varios factores, entre los que había que destacar su dominio de la realidad vasca, se hablase de la pesca, del porvenir de la maquina herramienta o de los intríngulis de la hacienda foral. A esta realidad correspondía su conocimiento de la Iglesia Vasca o el control que tenía sobre la nómina política del País con cuya élite había convivido durante tantos años, pues llegó a ser portavoz nacionalista del Gobierno Vasco. Como se sabe Arregi es de formación teólogo, pero una teología, la que aprendió en la universidad alemana, en diálogo con el pensamiento filosófico en que surge, sobre todo existencialista, y anclada en su correspondiente horizonte histórico, el de la posguerra liberadora del nazismo. Los conocimientos de teoría política y federalismo de Arregi eran bien notables. Cuando discutíamos, utilizando esta palabra en su acepción anglosajona, sobre los problemas del Estado autonómico había de escucharse la voz de Arregi, que se sabía el sistema federal alemán muy bien. A Arregi le molestaba la contraposición que se hacía, incluso en la terminología constitucional, entre el Estado y las Comunidades Autónomas, como si estas no fuesen verdadero poder público, y denunciaba los déficits de la solidaridad y la cooperación de nuestro modelo autonómico. Por lo menos cuando yo estaba presente, rebajaba sus críticas al régimen foral, cuyos excesos denunciaba. Coincidíamos en apreciar la centralidad de la idea de dignidad de la persona en el constitucionalismo de nuestro tiempo, y que es inseparable de la contribución cristiana -por ejemplo la obra de pensadores católicos como Maritain o Dürig- según se pone de manifiesto en el libro de Somek, Cosmopolitan Costitutionalism. No puedo menos de constatar la atención que Francisco Rubio prestó siempre a las intervenciones académicas de Joseba Arregi, que apreciaba mucho.

La contribución básica del pensamiento de Arregi lo constituye su esfuerzo por situar en el plano que les corresponde a las victimas del terrorismo, librándolas de su olvido o preterición. Vivimos sin ETA pero no podemos vivir como si ETA no hubiese existido. Pero el pensamiento de Arregi gira en torno a dos claves: la denuncia de la justificación nacionalista del estado y la solicitud, en cambio, de una organización política construida sobre una base neutra e identificada con la idea del Estado de Derecho. En el fondo del nacionalismo independentista siempre hay un pensamiento religioso, aunque pueda formularse en términos seculares: no hay salvación ni felicidad fuera de la nación. Esto lleva a la exclusión o la persecución de quienes no se consideren nacionalistas. La obra de Arregi es una continua denuncia de las tesis de redención de la peor ideología nacionalista y de las consecuencias desastrosas a que conduce su realización.

Frente a la justificación nacionalista el Estado, mejor la que lo identifica con una base mas amplia, verdaderamente universal y no solo nacionalista, y un objetivo neutro: no la realización de los sueños de la comunidad étnica, sino el aseguramiento de la convivencia de los ciudadanos bajo los principios, valores y límites del Estado de Derecho.

Hace unos años Joseba y yo dirigimos un curso en San Sebastián en la Universidad de verano sobre el Pensamiento político vasco de posguerra. Si hubiese una reedición del mismo, ahora no podría faltar, con todo merecimiento, el análisis de la obra de Arregi.