Desde hace año y medio, el entorno de Moncloa se ha dedicado a filtrar, con incansable tenacidad, rumores, bulos, insidias, calumnias sobre Almeida y Díaz Ayuso con el fin de debilitar la posición de Pablo Casado en el Partido Popular. Es el clásico divide y vencerás, el “divide ut impera” de Julio César que aburre en la vida política por el exceso con que se emplea. Pablo Casado se le ha subido a las barbas a Pedro Sánchez, y se lo come a las finas hierbas todas las semanas en los debates parlamentarios. Las encuestas, salvo las del lacayo Tezanos, inasequible al desaliento, le dan vencedor en las elecciones generales. Para fragilizar la posición de Casado el sanchismo ha urdido un plan general lanzando sobre el líder popular a Isabel Díaz Ayuso, a través de medios de comunicación afines, columnistas a sueldo, periódicos digitales financiados bajo cuerda y tertulianos generosamente retribuidos.
Pablo Casado ha permanecido sereno y tranquilo. Ha organizado una Convención del partido, que se está celebrando con gran éxito y que demostrará ante la opinión pública la unidad del PP y la piña formada en torno al liderazgo del actual dirigente. Claro está que seguirá la campaña del divide y vencerás, pero cada semana con diluida fuerza. Isabel Díaz Ayuso proclamará su adhesión a Casado, se solidificará el entendimiento del Madrid municipal con el Madrid autonómico y se mantendrán los cauces por los que las aguas populares discurren hacia el palacio de la Moncloa.
Quedan dos años hasta las elecciones generales y eso, en política, es un tiempo larguísimo. Pedro Sánchez defenderá su poltrona monclovita por senderos distintos a los que ahora transita y Pablo Casado no debe perder ni el timón ni el rumbo de la nave popular si quiere atracarla en el puerto del poder.