Se acaban de cumplir cien años del nacimiento de Paulo Freire (1921-1997), quien fuera probablemente el pedagogo más influyente del último siglo. Freire nació en Brasil, en el seno de una familia humilde, y es especialmente conocido por su rechazo a toda educación que no forme ciudadanos con un pensamiento propio. Su libro “Pedagogía del oprimido” (1970) y sus propuestas sobre la educación crítica y la pedagogía de la pregunta siguen siendo un referente en muchos países.
La educación se ha convertido en una cuestión política al servicio de las diferentes ideologías. Los diferentes gobiernos y sus cambios legislativos, en combinación con las novedades pedagógicas, asedian a los profesores a la vez que dejan a la intemperie académica a los alumnos. En las dos últimas décadas los centros escolares han experimentado numerosas tendencias pedagógicas: la enseñanza bilingüe en inglés -impartida paradójicamente por profesores que no son nativos de esa lengua-, las inteligencias múltiples, el ABP (aprendizaje basado en proyectos) y el aprendizaje cooperativo, a los que se han sumado recientemente los llamados “paisajes de aprendizaje”. La duda es si se ha comprobado la efectividad de estas metodologías comparándolas con las más tradicionales, pues es el único modo de saber si toda novedad tiene sentido.
Jean-Claude Michéa, en su libro “La escuela de la ignorancia y sus condiciones modernas” (2002), advertía de que los colegios corren el riesgo de convertirse en parques temáticos cuyo objetivo principal es el entretenimiento, ya que en la sociedad del futuro (que ya es la nuestra) no habrá puestos de trabajo para todos. Por tanto, lo importante es que los alumnos estén ocupados y no tanto que aprendan. Han pasado 20 años desde aquel agudo análisis y sabemos que muchos jóvenes trabajarán en empleos que aún no han sido imaginados, o que lo harán de manera intermitente y precaria. Sin embargo, sea cual sea el panorama laboral del futuro, la escuela no debe caer en la tentación de renunciar a su misión.
Freire dijo “Lucho por una educación que nos enseñe a pensar y no por una educación que nos enseñe a obedecer”. Hace un siglo Europa vivió una “belle epoque” y la falta de pensamiento crítico de los ciudadanos fue el caldo de cultivo de los populismos que llegaron a continuación. El resto de la historia la conocemos. Estamos a tiempo de que no se repita.