Nadie que quiera mantener la objetividad de juicio podrá negar el éxito cosechado por Pablo Casado en la convención del Partido Popular. Ha devuelto al PP a sus cauces liberal conservadores; ha consolidado su unidad; ha desbaratado los ataques del PSOE y Podemos; ha ridiculizado a algún medio de comunicación teóricamente afín, en su deriva hacia las posiciones de Vox; ha abarrotado hasta la bandera la plaza de toros de Valencia; y ha demostrado que el partido está unido como una piña entorno al liderazgo de su presidente.
El éxito de Pablo Casado ha sido rotundo. Alguna desafortunada circunstancia entorno a uno de los invitados internacionales no empaña el acierto de la convocatoria que, además de congregar a relevantes personajes europeos y americanos, ha conseguido reunir a los dos expresidentes populares: José María Aznar y Mariano Rajoy. Ambos estuvieron concisos y acertados al respaldar al actual presidente del PP. Y éste elogió lo mucho y bueno que hicieron Aznar y Rajoy, resolviendo la crítica herencia económica que recibieron de sus antecesores socialistas.
El éxito de la convención ha sido una excelente noticia para España. La estabilidad política en nuestra nación consiste en que el centro izquierda y el centro derecha estén representados por sólidos partidos, auxiliados si fuera necesario por grupos constitucionalistas. El problema actual es que el PSOE sanchista ha necesitado para instalarse en el poder que Pedro Sánchez se arrodillara ante la extrema izquierda, ante los podemitas, ante los comunistas, y además ante los secesionistas catalanes y vascos y ante un partido proetarra.
Pablo Casado ha cerrado la convención con un espléndido discurso, demostrando que tiene a España entera en la cabeza. Estuvo extraordinario, arropado por un centenar de ovaciones al referirse a temas determinantes. El presidente del PP, que ha demostrado su eficacia en el debate parlamentario, se ha convertido en el mejor orador de España en actos multitudinarios.
Si hoy hubiera elecciones, parece claro que Casado se convertiría en presidente del Gobierno. Pero faltan dos años y habrá que hacer las cosas muy bien para que la solución casadista, hoy tan robusta, se mantenga.