Pasando páginas en algunos de mis muchos escritos, encontré uno de ellos fechado el 3/ 9/2005 y pensé cuánta vigencia continúa teniendo en el presente. Por esa razón que me permito transcribirlo pensando que quizás nada ha cambiado en el transcurso de estos dieciséis años....
“Hoy ante mí volvieron a estar el 11 S y el 11 M, y con ellos, la clara dimensión de lo que es una tragedia notoriamente visible en nuestro tiempo, de la que aún no sabemos cómo llegará a catalogarla la historia…
Es la fatalidad de la muerte, son también las explosiones infames del terror, es la impotencia, es la vulnerabilidad, es el dolor tremendo de tanta gente inocente que muere, se desangra, es la fatalidad que deja sumida en el dolor a la humanidad entera.
Es esa crueldad fundamentalista del hombre, la que nos hace pensar que aún es inimaginable lo que puede llegar a concebir guiado por sus revanchas, sus odios, sus rencores, sus enajenantes insanías, generando el horror más espantoso, el genocidio más tremendo….
Y me pregunto: pero…, ¿por qué? ¿Por qué llega el hombre a ignorar y a desentenderse del horrible sufrimiento que causan sus actos de terror?
¿Por qué lo que significa la muerte, el dolor, el sufrimiento llevado al extremo de la resistencia humana es considerado acto supremo de heroísmo, al precio del también inentendible aniquilamiento de quien lo ejecuta como trampolín que lo acerca a la gloria?
¿Qué es lo que perturba de tal modo esas mentes enajenadas?
El residuo más triste, el que más conmociona, el que nos produce más honda tristeza, es el dolor de tanta gente inocente que muere, que sufre mutilaciones, que no encuentra salida ante su impotente desamparo, que no se podrá serenar jamás ante desesperación de perder a sus hijos, a familias enteras, solo por el capricho incalificable que algunos se adjudican agrediendo y matando impunemente, cobardemente, como forma de procesar sus conflictos.
Anoche escuché un programa que rondaba en el análisis global del mundo, desde la perspectiva de la filosofía política de los hechos.
Aún sabiendo la enorme dificultad que conlleva el desafío de interpretar al hombre en la evolución de su pensamiento, la historia, caja de resonancia de los distintos tiempos, nos muestra cómo están escondidas en las distintas concepciones filosóficas que guían el accionar de los hombres, las influencias oscuras de conquista, poder, avasallamiento, impunidad, odios, crueldad y horror, con tal de alcanzar lo que se proponga, por más que disfrace sus actos, les busque excusas, se erija en defensor de la libertad, en salvador del mundo extinguiendo razas impuras, en intereses estratégicos, en monopolios suicidas, en cordones para aislamientos de pueblos.
En las diferentes épocas, ya sea antigüedad, medioevo, renacimiento, era postmoderna o actualidad, el hombre repite la historia y tiñe de luto a los pueblos.
Y en medio de esta repetida historia, y solo por destacar algunos hechos, surgen los intentos tribales de conquista, las guerras, los estallidos atómicos en Japón, las dictaduras, el insensible y devorador capitalismo extendiendo sus tentáculos globalizadores y arremetiendo contra quienes no pueden defenderse.
Y surgen dominantes los narcotraficantes, el tráfico de órganos, la explotación de los niños, el hambre del mundo, las humillantes concepciones sexuales, la violencia, la desorientación de los jóvenes, el armamentismo más brutal, la concentración del poder, la idolatría del tener, las sombras más oscuras elaboradas por el hombre contra el hombre…
Y se hacen presentes para llenar de ruinas a la humanidad los causantes del 11 S, del 11 M, y los que golpearon a Inglaterra, y los que seguirán golpeando por donde sea…
Está bien realizar el análisis del ser humano en la historia desde la perspectiva de la filosofía política, ahondando en las raíces mismas de su comportamiento.
Está bien el planteo de que, en adelante, tengamos que procesar los conflictos desde esa óptica.
Pero lo que no está bien, es que el hombre no se disponga a dejar de avasallar, no haga lo que debe hacer, que no es otra cosa que darle paso a la era de la transformación que borre las atrocidades que ha cometido hasta el presente, haciéndole un sensato corte a sus actos para darle vida a una nueva era en la que un hombre nuevo se haga presente para que la humanidad no tenga que vivir el luto de actos aberrantes…
Dejemos a los filósofos e historiadores, que por supuesto respeto sinceramente, que investiguen y le pongan nombres a las eras con las que se configuran los actos de la humanidad. No está mal que dejen explícitamente registrado todo cuanto se ha hecho pero que lo hagan pactando con la Verdad, sin sesgos interesados o calculados con mezquindad…
Hoy yo necesito detenerme en el dolor tremendo de muchos seres humanos. De los seres que han sufrido y han dado su vida y la seguirán ofreciendo por las barbaridades de sus semejantes que han provocado inimaginables martirios…
Y no puedo omitir en este momento, (y no tengo claro si también no han sido por culpa del hombre), las terribles tragedias del Tsunami en Asia y el reciente tormento del Katrina en Nueva Orleáns. Dolor, más desesperado sufrimiento, más tragedia…
Y ni qué hablar de sus consecuencias económicas, en la suba de precios del petróleo, los ajustes fiscales, el estado de desastre en el Golfo de México, el altísimo costo de la reconstrucción que afectará a los pueblos, más dolor, más penurias, más subidas en los precios y en las tasas de interés, más efectos inflacionarios, más postergación, más espera de los pueblos, más angustias, más déficits fiscales…
Estamos ante un mundo en conflicto. Este presente del hombre nos abruma, mostrándonos dolor, desesperación, muerte, hambre, odios, terror, drogas, usura financiera, consumismo salvaje y un montón de hechos más, en los que está instalado el llanto, el dolor supremo de muchos por diferentes pérdidas, por hondos sufrimientos experimentados en ellos, en sus hijos, en sus familias…
Y ante este panorama muchas veces nos quejamos sin mirar para el costado…
¿Nos quejamos de qué? Nos quejamos por nimiedades diarias sin advertir que muchos, siempre sufren más que nosotros, que otros semejantes viven el constante martirio de sus vidas con muchos más motivos de dolor, tanto, que hasta se les ha secado el llanto…
¿Cómo se va a denominar la era que contenga estos tiempos del hombre?
Creo que podría llamársela Declinación.
Y nos quejamos muchas veces, sin hacer nada para cambiar este tiempo presente…, todavía nos quejamos sin remangarnos para hacerle frente a la vida, sacudiendo las modorras quejumbrosas que nos aplastan tendiendo a igualar hacia abajo… y no a procurar la superación personal y colectiva sin herir, sin mancillar, sin causar dolor…
Y nos quejamos…, todavía nos quejamos, cuando ni nos planteamos desafíos que nos permitan nacer de nuevo (renacer) a partir de esta muerte que hemos causado en nuestro hoy…
Y nos quejamos…, todavía nos quejamos… Pero ¿de qué podemos quejarnos si nos abruman pequeñas cosas, nada parecidas a los suplicios en los que nos hemos detenido, sin sentir vergüenza de nuestras simplezas, de nuestras flaquezas, de nuestras indiferencias, de nuestros olvidos, de nuestros más tibios comportamientos que nos llevarán a darle tan mezquina identidad a esta nueva era que se escribirá de nuestra historia, quizás, para nuestra vergüenza…?”.