Miércoles 17 de septiembre de 2008
La frontera franco suiza, más concretamente su subsuelo, ha sido testigo de la primera prueba –exitosa- del LHC. Tales siglas responden al nombre de la máquina más potente jamás construida por la mano del hombre, el “Gran Colisionador de Hadrones” –LCH en inglés-. Dejando aparte tecnicismos excesivamente complejos, tal máquina sería capaz, a pleno funcionamiento, de recrear las condiciones del universo justo después del Big Bang. Y es que la teoría del británico Stephen Hawking sobre la expansión universal de la materia ha sido la Piedra de Rosetta que todo físico ha querido traducir. Es todavía pronto para decir si la LHC será capaz de hacerlo. En cualquier caso, habrá que esperar a su inauguración oficial, a mediados de octubre, con la presencia de importantes personalidades a nivel mundial. No es para menos. Todo en este proyecto es colosal: más de 20 años de ejecución, un presupuesto gastado casi a velocidad sideral, y unas dimensiones difícilmente imaginables -27 kilómetros, nada menos-.
Hay quien se pregunta para qué sirve esto. De hecho, más de un colectivo de los que conforman esa amalgama de los “antiglobalización” ya ha anunciado movilizaciones en contra de lo que consideran un gasto “excesivo y superfluo”. Dentro de la propia comunidad científica, no todas las voces comulgan con el experimento en cuestión, aunque la gran mayoría lo ve como una oportunidad única de profundizar en el conocimiento del universo, y porqué no, en la investigación de nuevas formas de aprovechamiento energético. Salvo, claro, un pequeño grupo de científicos norteamericanos, que han alertado de la posibilidad de que semejante artefacto sea capaz de generar un agujero negro que engulla al planeta. Tal posibilidad no es matemáticamente imposible, por cierto. Crucemos los dedos…
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