Opinión

La catedral bombardeada

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 10 de octubre de 2021

El 8 de octubre de 2020 la aviación de Azerbaiyán bombardeó dos veces la catedral de Cristo Salvador en Sushi, una de las ciudades de Nagorno-Karabaj o, como se dice en armenio, de Artsaj. No era un objetivo militar. En ella no había armas ni se abría fuego contra nadie. No se habían refugiado en ella soldados. Ni siquiera se empleaba como puesto de observación. No había causa alguna que justificase, dentro del derecho de los conflictos armados, el ataque a una de las mayores iglesias armenias del mundo y un bien cultural de indudable valor.

Sin embargo, la agresión no carecía de sentido si comprendemos de qué se trata en realidad. La catedral es un símbolo de la presencia armenia en el territorio. No es tan importante por su antigüedad -ya hay muchísimos vestigios arqueológicos e históricos- sino porque es una prueba incontestable de que, hasta el siglo XX, esa presencia ha sido constante, ininterrumpida y mayoritaria. Durante toda su historia, gobernase quien gobernase estas montañas, la mayoría de la población ha sido armenia, ha hablado en armenio y ha sido fiel de la Iglesia Apostólica Armenia. Esta catedral testimonia que, por mucho que Artsaj perteneciese, como el resto de la región, al Imperio de los Zares, sus habitantes eran armenios.

El bombardeo de la catedral fue un golpe moral y simbólico. Ahora, la ciudad de Shushi está bajo control azerbaiyano. Se organizan viajes de visita a los distritos que las tropas azerbaiyanas tomaron en 2020. Se pretende una normalización de las ganancias territoriales del año pasado. En las fotografías y los vídeos, la catedral aparece rodeada de andamios como si la estuviesen reparando. El gobierno de Bakú sabe que, en el pasado, la destrucción del patrimonio histórico armenio en los territorios bajo su control ha despertado críticas de la opinión pública de otros países. Desde el armisticio de 1994, han sido miles los monumentos históricos -cementerios, iglesias, monasterios, cruces de piedra- abandonados o, directamente, destruidos. Es dudoso que, en este caso, vayan a hacer lo mismo.

Al contrario, tratarán de distorsionar la historia de Nagorno-Karabaj presentando a los armenios como uno más de los pueblos que han habitado esas montañas. Tal vez, incluso traten de reforzar la ficción de que los monumentos más antiguos de la región no son, en realidad, armenios sino “albanos”, es decir, erigidos por una tribu que se convirtió al cristianismo, entró en la Iglesia Apostólica Armenia a partir del siglo IV y que terminó desapareciendo de los registros históricos. De este modo, la presencia armenia en Artsaj sería algo reciente y los vestigios pertenecerían a otro pueblo más antiguo. La catedral, pues, no sería parte de una historia de más de quince siglos, sino un monumento del siglo XIX construido por una minoría más dentro del territorio de Azerbaiyán. La “resignificación” de los monumentos es parte del esfuerzo de reescribir la historia.

Los armenios de Artsaj todavía sufren las consecuencias de la guerra. Los habitantes de los distritos tomados por las tropas azerbaiyanas lo perdieron todo. A los desastres de la guerra, se sumaron la crisis económica y la política. Tanto en Stepanakert como en Yereván hay un legítimo sentimiento de que el conflicto no está cerrado. El triunfalismo de Bakú -el desfile con el armamento capturado a los armenios, por ejemplo- sólo ha añadido gasolina al fuego de un contencioso que sigue sin resolverse. El camino del diálogo y la negociación iniciado en Minsk ha saltado por los aires. El precedente es muy grave: ahora cualquiera sabe que el territorio ganado por la fuerza puede retenerse ante el silencio de la comunidad internacional. Las tropas rusas desplegadas a lo largo del corredor de Lachín evitan que las hostilidades se retomen, pero es sólo una apariencia de paz.

Ha transcurrido un año desde el bombardeo de la catedral de Shushi. No es la primera vez que las iglesias armenias son pasto de las llamas. Durante el Genocidio Armenio, no sólo los templos, sino también los monasterios, los cementerios, los colegios y otros muchos edificios ardieron hasta los cimientos. No sólo se trataba de destruir a los armenios, sino también las trazas de su historia. Se renombraron lugares. Se los repobló con habitantes llegados de otros lugares del Imperio otomano.

Todo fue en vano.

La vida continuó en la República de Armenia, en Artsaj y en la diáspora. Allí donde había un armenio, había un recuerdo del genocidio. Se contaron historias. Se escribieron libros. Se levantaron nuevas iglesias. Se construyeron monasterios y se esculpieron cruces. Los genocidas, que tanto daño causaron, no lograron, sin embargo, su propósito. Los armenios atravesaron el siglo XX como quien cruza un desierto.

Su historia no ha terminado.