Opinión

La religión comunista

TRIBUNA

Juan José Laborda | Sábado 16 de octubre de 2021

He leído durante todo el verano la obra de Yuri Slezkine (Rusia, 1956), La casa eterna. Saga de la Revolución rusa (Acantilado, 2021), cuya edición original en inglés se titula: The House of Government (2017), refiriéndose a que el gigantesco edificio -que es el telón de fondo de esta obra de más de 1500 páginas- fue también la casa de los jefes comunistas soviéticos, y de todo el mundo, y el lugar desde el que salieron detenidos para caer en la máquina asesina del estalinismo; un total de “444 inquilinos fueron fusilados y a los demás se les condenó a diversas formas de encarcelamiento.” Cuando el terror estalinista fue sustituido por otros métodos menos bestiales de represión, “La casa seguía allí, pero ya no era del gobierno”.

Leyendo el libro de Slezkine, he comprendido lo que supuso ese edificio, que sigue llamando la atención a cualquiera que visite el Kremlin, y la Plaza Roja moscovita, en la otra orilla del río Moscova. Fue, además del mayor edificio de viviendas de Europa, “la casa de la ciénaga” (como se llamó al lugar antes de la Revolución de 1917 y ahora) que sería el selecto símbolo del delirio espantoso del comunismo soviético, una creación del marxismo leninismo, que Yuri Slezkine muestra como el más duradero y poderoso movimiento milenarista y apocalíptico de cuantos han aparecido en la historia de la humanidad.

¿Por qué el marxismo leninismo triunfó como secta milenarista, en comparación con las sectas que predicaron otras profecías de salvación de la humanidad? Slezkine escribe: “Una posible respuesta es que eran, de hecho, muy parecidas. Marx, como Jesús y a diferencia de Mazzini o Mickiewicz, triunfó al traducir una profecía tribal al lenguaje del universalismo.” Y más adelante afirma: “Tal vez lo más notable sea que triunfó al traducir una profecía de salvación al lenguaje de la ciencia”.

La saga de la revolución soviética que Slezkine nos relata, contiene la vida y muerte violenta de muchos de sus protagonistas. Slezkine compone un mosaico que describe exactamente cómo la ideología comunista iba a destruir inexorablemente todas las certezas de esa generación de revolucionarios, en un proceso tan espantoso como metafísicamente y religiosamente inevitable. El llamado “materialismo histórico”, paradójicamente, se transformó en un determinismo de naturaleza parecida al de las peores sectas fundamentalistas de la historia.

Leyendo el libro de Slezkine me ha sucedido lo mismo que cuando leí Crimen y castigo de Dostoyevski: cerré varias veces sus páginas por mi angustia. Slezkine, en su capítulo El juicio final, al narrar el falso crimen, y el injusto castigo, de Nikolái Bujarin(1888-1938), el más destacado dirigente soviético, después de Lenin, nos muestra su sometimiento al poder soviético-estalinista, que se basaba en el determinismo científico del marxismo leninismo, y que operó como un mandato religioso, en la practica, un martirio asumido por la fe. Nikolái Bujarin escribió a Stalin, su verdugo: “Me arrodillo ante el país, ante el Partido, ante el pueblo entero…Todo el mundo percibe el sabio liderazgo del país garantizado por Stalin. Consciente de ello, aguardo el veredicto. Lo que importa no son los sentimientos de un enemigo arrepentido, sino el progreso floreciente de la URSS y su importancia internacional.”

Tres días después de su carta a Stalin, Bujarin fue fusilado junto con otros comunistas de primera hora. Mijaíl Kolsov, su principal acusador, que dijo que Bujarin era un “asesino traidor y vil…una criatura perdida en errores teóricos…”, sería poco después acusado de lo mismo, y terminaría fusilado de la misma manera. Y así cerca de 4 millones de muertos por el terror estalinista, sin contar las decenas de millones de muertos que causó la instauración del comunismo en las sociedades soviéticas.

El libro de Yuri Slezkine angustia porque explica ese terror filosófico. A diferencia del terror fascista, que nunca afectaba a sus fieles, el terror comunista podía enganchar a cualquiera. Creo que yo he sentido esa fascinante sumisión intelectual al sumergirme en la lectura de textos de la tradición hegeliano-marxista-leninista; en los primeros años setenta del siglo anterior, con censura franquista, empollabamos obras de Hegel, Marx, Lenin, Louis Althusser, Alexandre Kojéve, y otras luminarias doctrinarias, entonces auténticos best sellers. De ese hipnotismo político-cultural salí gracias a la obra de un historiador británico marxista, Eric J. Hobsbawm, y su prólogo a unos apuntes de Marx, que eran más bien la negación del marxismo consagrado por los popes de esa ortodoxia; la obra entera de Eric J.Hobsbawm estaba prohibida en la URSS.

“La Reforma bolchevique no fue un movimiento popular -escribe Slezkine-, sino una campaña misionera masiva organizada por una secta que resultó ser lo bastante fuerte para conquistar un imperio…La era soviética no duró más de lo que dura una vida humana.”

En esta época sin memoria histórica, otra vez vulnerable a la sugestión de las utopías dogmáticas, libros como el de Yuri Slezkine quizás nos vacune contra las enfermedades ideológicas que conducen a entregar el poder a profetas de la política.