Opinión

Que lean a Enrique Vila-Matas

PÁLIDA CONDENA

Miguel Ángel Gómez | Martes 19 de octubre de 2021

Leí Chet Baker piensa en su arte y me puse en movimiento en literatura. Detuve mi equipaje en la estación. Fantasmas incorpóreos “con terrible precisión” se me acercaron. Tu sabiduría, Enrique Vila-Matas, es la más identificable del mundo. Tus pensamientos ayudan al escritor mientras trabaja (“Siempre me he forzado a la contradicción para evitar conformarme con mi propio gusto”; “los libros tienen su propia suerte”; “¿puede admitir un crítico que una corriente de aire sea el centro de un libro?”) El cerebro abre la verdad, provoca un ruido espontáneo. ¿Qué ruido es ése? ¿Qué significa? Permanezco impertérrito sabiendo de los fragmentos de Finnegans Wake cual pájaro volando a través de ellos, con la sombra de las alas en la intemperie. Una ciudad que se llama “Perdición” y es ciega y cruel tras un rincón podrido de lodo hediondo. Los edificios desolados e inimaginables nos pasman con su persistencia. Tienes inspiración y genio: “Esta casa ya no es nuestra casa, solo un edificio vacío, le dice Tom Hanks a su hijo -constatas- en Road to perdition poco después de que hayan brutalmente asesinado al resto de la familia y ellos deban iniciar un largo camino de huida y venganza, que pasará por Chicago”. Registras con palabras evidentes el silencio y funciona bien. Me meto en James Joyce y te examino cuidadosamente. Sea como fuere, te apoderas de mí. Haces una soberbia lectura de Finnegans Wake y la prosa de Georges Simenon, colocándote en el escritorio de un crítico. Eres un creador hablando de otros creadores sin sumergirte en el hueco profundo de la irreversible omisión.

Posibles puntos a tratar en este artículo: 1) El conocimiento de nuestras propias virtudes que es como si se aparcaran en inclinación sobre un arcén elevado. 2) El “impacto experiencial transformativo” en lo que pensamos. 3) El equilibrio que descubrimos entre el caos y la creatividad. 4) El insomnio. 5) La literatura como fábrica de palabras que saltan de la boca. 6) La escritura de la novela “de la manera que a uno le gusta escribir la novela”. 7) La literatura como escritura sobre el miedo a no poder escribir. 8) Este aforismo, como un filo fino como el de un cuchillo, de Kafka: “Lo positivo nos ha sido dado al nacer. A nosotros nos toca hacer lo negativo”. 9) El cine de Jean-Luc Godard. 10) Dar cuatro pasos, ir al sillón, abrir Chet Baker piensa en su arte y con él nuevos caminos sobre una cuestión pasada, por qué llegamos a un libro, con qué propósito; preguntarme también dónde hallaremos sosiego definitivo, pues somos sueños inviolables (volviendo a Kafka), sueños rotos de jovencitos en ajustadas chaquetas. Esta lista de puntos para vivir vigorosas vidas distraídas me recuerda, finalmente, a las que he leído en algún sitio de las cartas que Coetzee enviaba a Paul Auster en Aquí y ahora. Los escritores son conductores que acucian las bocinas de la literatura.

Quién pudiera mandarte cartas como ésas, Enrique Vila-Matas, hablando de un esplendoroso futuro, sin que la vergüenza se condense en el interior en confuso cuajarón, quisiera tener quince o dieciséis años, y casi un metro ochenta de estatura, y charlar de libros sin que aceche el nerviosismo. El lazo entre un joven lector y su referente se fortalece cada día. La devoción es, para decirlo con Nabokov “una maravilla que dura”. Cualquier cuaderno de notas me hace decir, ¿qué soy yo? Lucho por ser disciplinado, escribes que a António Lobo Antunes le gusta decir que “la gente quiere leer un libro para encontrar en él una historia y que él no tiene nada en contra de esto”, es más, le gusta leer a Simenon, y a García Márquez. Yo también leo a Simenon y el Finnegans de James Joyce que tanto mencionaré para ruido selectivo, y ensayo tramas, o tramo ensayos. No nos aportas solo lecturas, Enrique, sino una literatura con un sutil estilo que es un buen combustible, nos permite estar en movimiento y suenas humano en todos los sentidos.

Continúo en literatura, antes era como si me quedara una rama, o dos ramas, formando una pieza transversal, pero ahora te leo, me obstino para llegar al “Inmenso Todo” (como Georges Perec) sin pudrirme como otros escritores, sin embrutecerme ni sentir vértigos como fuertes ruidos de dispersión. No me siento oprimido ni deprimido. En mi flotar: “Mi idea diferente de realismo pasaría por ensamblar, sin grandes trastornos para el lector, el mundo de lo no narrativo (del que Finnegans Wake es su icono y punto más extremo) con el mundo de las narraciones estables (…) Extraer de ese ensamblaje un realismo más realista, quizás gracias a la discreta introducción de la sombra radical de lo “inenarrable” en las conversaciones narrativas de siempre”. Miles de minutos después de leer tu Chet Baker piensa en su arte sé que el último Joyce ampliaba como si borrara los sucios tiznajos de la vida. Su alto mundo interior sirve palabras generosamente. No puedo negar que eres mejor que esos escritores bárbaros y casi mudos: el Clan del Suplicio, tienes la experiencia necesaria, la talla profesional necesaria. Sí, contigo he encontrado un camino, una puerta, un cuarto al que entrar. La arquitectura de Sebald, Kafka, Gombrowicz o Beckett está ahí doblando los brazos para ponerse los abrigos. “Si yo fuera un narrador, tendría un programa literario que pasaría por romper la monotonía de tanta repetición y muerte y por esforzarme en la búsqueda de la originalidad de cada momento”. Merodeo como un buitre en cada párrafo. Cojo un bloc de unos tres centímetros por cuatro centímetros y medio envuelto en un bonito estuche de piel, y pongo en el inicio del segundo folio: Me doy cuenta de estos pensamientos sinceros sobre mí:

  • Hace falta mucha concentración para que escriba iluminado por resplandecientes y fuertes luces.
  • Adquiero una velocidad tremenda, me voy a dormir a la 1:30 AM y estoy arriba a las 6:45 AM sin pesimismo.
  • Aislarme hace que confirme mi profundo conocimiento acerca de Finnegans y
  • Ninguno ve, ninguno percibe que eres
  • Quiero titular un libro Bosque de Finnegans lleno de ensayos colocados en una cesta del suelo del cuarto de estar.
  • Trascendencia y banalidad de la existencia.
  • Los escritores inmortales, es decir, los escritores que no morirán jamás no sufren una derrota por no ser valorados en su país. Por doquier críticos con sombreros de hongo con resoplidos de enojo.
  • Ser sabio como la naturaleza, como los árboles de Arden con el impulso demoledor de sus vigorosas ramas.
  • Recuerdo El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde y tengo una suave somnolencia y tibias ráfagas de viento me susurran débilmente al hacer un profundo estudio de James Joyce.

El lector puede encontrar en Chet Baker piensa en su arte su tierra perfumada y literaria, aguardar con una sonrisa, delirar, ya entrada la noche, como en el sueño de Gregorio S., perder el equilibrio y olvidar lo que la crítica te hacía sentir cuando eras niño, antes de poder saber nada de lo que ahora sabes. James Joyce atraviesa torbellinos en un periquete, ocho soles, vestidores, berridos de perros, discursos confusos, prisiones, velos mortecinos, pequeños cierres, techos de mimbre, espejos, cojines, montes, subsuelos, bullicios, sillones mohosos, muros de yeso, felpudos sucios donde no se sabe lo que puede suceder, pliegos muy deformes, horrorosos jardines, mesas con comida fría esta vez, cafés con viejos amigos, espectáculos, cuchitriles negros, sitios húmedos, pueblos con expresiones de rencor, Ministerios de Interior, grandes semanas, secreta oscuridad, aviones, aleros de casas, locuras, resacas catastróficas, zoos, portones, sonidos densos. James Joyce llega -no es nada simple- a través de tus palabras milagrosamente claras, Enrique Vila-Matas. Y me digo esto ahora porque nunca se sabe, quiero ser capaz de escribir y aullar sin huir. Y cuando vea que la luz de la mañana se abra paso en la ciudad, encontraré indicios de buena literatura. Murmuro desde un rincón, con firme propósito, metido en esta “pálida condena”. Un 90% del artículo que no desea ser recatado ni modesto ni tímido, está furiosamente bañado por el jazz. La crítica española es una Cuchara Grasienta. Sigo escribiendo, al azar, me pierdo, doy vueltas, inclino la cabeza. La libertad es que cada uno suelte su discurso con su enorme juego de trucos.

¡Mi querido Rostro libre! Me sitúo enfrente de ti, no sé si eres tú o no eres tú: il signore Hire o el Doctor Finnegans, no ofrezco un puf, quiero proseguir tu literatura interminable y bella como la vida, como todo lo que vive y puede decirnos algo. Y, claro, quiero una voz tranquila sin inquieto remordimiento. ¿Dónde reposará el hombre cansado? ¿El corazón solitario acepta de buen grado un zumo de naranja, un sándwich de salami de 250 g, refrescos y frutos secos? Quiero escribir mi Finnegans, ser “la catástrofe de la inteligencia”. Grito lo que dijo Bob Dylan y me sirve de base: “La paz llegará con tranquilidad y esplendor sobre las ruedas de fuego”. El ánimo de los enemigos tiene preocupaciones. Vuelvo a mi tarea al leer fascinado un modelo nuevo, Chet Baker piensa en su arte. Te leo Vila-Matas, como a Juan Villoro o Rodrigo Rey Rosa, como insistía Roberto Bolaño. Es esencial hacerlo. Quiero escribir 2000-palabras sin “críticos tarugos” ni “lectores gandules”, sin usar viejos comienzos que ya tenía escritos. Quiero saber de lo que es capaz el escritor que tiene impulsos previos. “Llamadme Finnegans y pensad que estoy saliendo todavía del cascarón y que ando todavía en constante contacto con la realidad bárbara y sin significado de las cosas”, me dices. Pronto lo sabré.