Opinión

Precedentes históricos

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 22 de octubre de 2021

Así como es fundamental en la política conocer los precedentes históricos que han ocasionado efectos indeseables para el bienestar público y nacional, también conviene saber muy bien las diferencias que existen entre la realidad del presente y aquella otra realidad pasada que constituía el contexto de tales precedentes. Aunque conocer bien las causas y consecuencias de los hechos históricos es una guía insoslayable en la ejecutoria de un gobernante, pues que el fondo de la realidad humana, su esencia, no deja de ser el mismo, y sus respuestas a las circunstancias parecidas, nunca hay, sin embargo, dos hechos históricos separados por el tiempo y el contexto iguales. Es así que supone sin duda un solecismo histórico de los extremos políticos actuales hacer comparaciones odiosas con corrientes que protagonizaron la triste historia de la IIª República. Ni los socialistas de hoy representan exactamente el socialismo sovietizante de Largo Caballero, ni tampoco Vox sustituye en la actualidad a la variegada extrema derecha de la 2ª República. Stalin ya no existe ni el movimiento cultural fascista. En realidad, la historia nunca puede repetirse exactamente, porque distintas épocas programan distintas figuras históricas y distintas mudivisiones. Tanto es así que los generales más afortunados y famosos, como el Rey Sargón de Acadia, Tutmosis III, Muwatallis II, Asurbanipal, Alejandro Magno, Aníbal, Escipión, Julio César, Belisario, Carlos Martel, Gustavo Adolfo de Suecia o Napoleón lograron sus grandes triunfos y victorias precisamente por romper los precedentes tácticos y estratégicos con que se planteaban las batallas en su momento. Los males sí pueden repetirse, pero nunca las soluciones a los mismos males. La terrible polarización política en la que hoy vive desgarrada la sociedad española no sigue, afortunadamente, los mismos cauces de solución que la polarización política que condujo a la Guerra Civil de 1936. No conocer estas diferencias y frivolizar con falsas semejanzas es estar llamando al demonio.

Tucídides nos cuenta que cuando se produjo la mutilación de los Hermes en Atenas, los demagogos más extremistas quisieron relacionar por interés político este sacrilegio con el asesinato de Hiparco, cien años antes, a manos de Harmodio y Aristogitón, “héroes” políticos de la Democracia – cuando el asunto era puramente personal -, y la consiguiente reacción despiadada que había tenido el tirano Hippias contra los demócratas que, por cierto, en aquella época aún no existían. Este hecho provocó un terror en el pueblo de Atenas, que veía empavorecido la vuelta de la tiranía a la ciudad, con todos sus rasgos más sanguinarios, y suscitó un ataque furibundo sin ninguna base de verdad contra las familias aristocráticas de Atenas. El propio Alcibíades, el inquieto discípulo de Sócrates que aparece en El Banquete, de Platón, tuvo que salvar su vida poniéndose al servicio del mortal enemigo de Atenas. Y al final los aristócratas, también por miedo y reacción, llevaron a la ciudad de Atenas al Régimen de los Cuatrocientos, toda una oligarquía compuesta por la clase de los Pentakosiomedimnoi, aquellos que pagaban más impuestos. Esto es, Tucídides nos señala con cierta ironía cómo una mala interpretación del pasado y su relación con un contexto claramente distinto puede suscitar el hecho histórico que precisamente el pueblo quería evitar: un gobierno oligárquico. No conocer la historia bien obliga a repetirla.

En la Europa de los últimos años de la IIª República española se caía fatalmente en el fascismo o en el comunismo, e incluso democracias sólidas, como la francesa o la inglesa, tuvieron que enfrentarse con coraje a esa despiadada polarización. Al final, tras la conquista de Francia por el IIIº Reich, sólo el Reino Unido quedó como buque insignia solitario de la Democracia. Afortunadamente era el buque insignia de una talasocracia gobernado por un liberal de convicción.

Sin embargo, las actuales presiones creadas por una polarización surgida de un pasado más legendario que real, y en todo caso fruto de un contexto ya desaparecido ( “eran tiempos de fascismo o comunismo” ), pueden llegar a romper las estructuras políticas formadas a lo largo de los últimos cincuenta años por los sinceros deseos complementarios de libertad y seguridad. Cada vez hay menos lugar hoy en España para la neutralidad dentro de la comunidad política ni quizás tampoco en la propia Europa en su conjunto. Y este hecho es peligroso, porque, como nos recuerda Tucídides, mentir sobre el pasado nos puede traer como castigo las peores pesadillas del pasado. Hoy los españoles no comprendemos bien nuestra propia situación; no reconocemos con la preocupación debida que estamos en las garras de la polarización, alimentada por una historia pasada interpretada temerariamente fuera de contexto.

En realidad, la verdad histórica siempre ha querido ser prostituida por el poder político. No es nada nuevo. Por la mente de Calígula pasó la idea de suprimir en todas las bibliotecas del Imperio los ejemplares de Homero, y posteriormente Dión Crisóstomo argumentó en su Discurso Troyano que los griegos perdieron la guerra de Troya. Se publicaron además dos crónicas de autores desconocidos que pretendían haber recuperado la historia auténtica de la guerra por medio de informes escritos en la época por un tal Dictys de Creta y por un Dares de Frigia, también ficticio. No es necesario decir que estas narraciones de tercer orden eran completamente vanas, pero correspondían al gusto de la época y a la loca vanidad de la Roma imperial, y por ello adquirieron una reputación de veracidad que duró a través de la Edad Media. No fueron desacreditadas completamente hasta principios del siglo XVIII.

Mentir sobre el pasado para alimentar la polarización de los españoles, alimentando el odio con el combustible de patrañas históricas, es algo del todo punto nauseabundo, y más si lo hace el Gobierno. Por el contrario, buscar precedentes de entendimiento y consenso entre todos los españoles eso sí sería hacer Nación y fortalecer las instituciones.