Presenciamos un estrechamiento general de la vida, una pérdida de espacio para respirar tanto en el sentido más literal, cuanto en sentido figurado. El espíritu desfallece, se reduce hasta la extinción cuando se extiende un modo de vida que niega las condiciones que le permiten alentar. Desde hace siglos, pero en un proceso de aceleración constante, las condiciones de la existencia antropológica vienen siendo erosionadas. Hemos asistido a la plena descomposición de las comunidades, concluyendo con el fulcro elemental sobre el que toda comunidad se apoya, el vínculo generativo, el centro de la forma elemental del parentesco: el matrimonio. Se ha destejido la trama de la memoria compartida, se ha difundido la desconfianza con la expansión invasiva de una mefítica atmósfera comercial, se ha reducido el trabajo a la actividad extraña de la que procede el salario y hemos perdido toda capacidad de producir nuestros medios de vida cerca de la casa. Nos hemos entregado a un consumo angustiado que destruye el paisaje tradicional con los modos de vida heredados y ha puesto en entredicho las mismas condiciones biofísicas de nuestra existencia.
Reducidos a la miserable condición de una masa de individuos abstractos, envueltos en una esfera de vanidad y egolatría, somos fácilmente gestionados, merced a las nuevas tecnologías de la comunicación y las nuevas herramientas informáticas. No sabemos labrar la tierra, no sabemos construir o edificar, no sabemos contar historias, no sabemos educar ni cuidar, no sabemos convivir porque hemos perdido toda noción de la ayuda mutua, del mutuo reconocimiento y vagamos por el nuevo orden social haciendo ejercicios de “socialización”: una forma monstruosa y degradada de amistad. El proceso no es reciente, puede juzgarse multisecular, pero cada grado consecutivo arroja novedades que, aunque anunciadas, no dejan de abatirnos. En efecto, si aunamos las previsiones de George Orwell, Aldous Huxley y Samuel Butler tendremos una imagen muy adecuada de nuestro tiempo, prevista hace más de un siglo. El efecto que produce la constatación de la desoladora realidad del presente no es menor porque haya sido previsto.
En nuestros días, una vez más, la organización productiva parece haber llegado a un límite que – si aceptamos la validez de las experiencias pretéritas – será trascendido. Hoy ese límite significa no sólo un incremento general de la productividad y el consumo, que permitiera conservar los elementos fundamentales de la vieja vida humana, sino que destruye la misma raíz de la condición humana. La idea misma de una “condición humana” se declara mero ideologema, índice de un conservadurismo caduco o de una reacción antidemocrática. Nadie tiene derecho, se nos dice, a hablar de “condición humana”. Queda al albur de cada individuo construir su propia identidad sin límite alguno, en nombre de la indeterminada libertad negativa que define el mercado democrático. Eppur si muove, añadiría: queda en pie la realidad de la condición humana.
El transhumanismo apunta a la superación de dicha condición que se pretende caducada o vencida. De su ocaso o su derrota surgirá no ya un “hombre nuevo”, sino un producto, un diseño que no es propiamente humano. No se ha cumplido, pese a todo, la fecha de caducidad del hombre. No ha vencido el plazo del mundo humano, todavía humano. Como titula Higinio Marín, con evidentes ecos nietzscheanos, un libro cargado de promesas.
Persisten y resisten, fragmentados y amenazados, verdaderos círculos de comunicación antropológica. Envueltos en las ruinas del pasado, son los últimos herederos. El resto, desheredados por el hermetismo egolátrico al que nos condena la estructura económico-política del presente, vivimos asfixiados por el complejo de Telémaco. Pero, rota esa continuidad esperamos la barbarie, como sabía Ortega. Como sabe bien Wendell Berry: “Pero si la nueva norma interrumpe el desarrollo de la relación entre los niños y los padres, esa misma interrupción, al ramificarse a través de una comunidad, destruye la continuidad y, por lo tanto, también la integridad de la vida local”.
Decía que la descomposición de las comunidades alcanza, con la disolución del matrimonio, el elemento de la comunidad y la raíz de la familia, cuyo drama sagrado es la vida del hogar. La proximidad de los hogares constituye el tejido sutil de cualquier comunidad. Y sólo de estas comunidades – residuales y fragmentarias – podría proceder un giro en la errada dirección que el mundo tomó hace ya mucho tiempo. El ocaso definitivo de estas comunidades significaría la asfixia del espíritu, la pérdida de toda libertad real, el final de la condición humana y quizás el advenimiento del superhombre.
No hay otra salida que defender la comunidad en defensa propia. Los que hoy hablan constantemente de “la gente”: ¿habrán olvidado el origen del vocablo? ¿ignorarán que la gens es la familia?