Opinión

El escándalo Maestre

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Martes 26 de octubre de 2021

Soy el humilde autor de un libro que tiene por objeto la vida de un filósofo y escritor, de aquella parte de su vida que escapa a su propia elaboración y no es, por tanto, parte activa de su obra. Es la parte de la vida sometida al poderoso vaivén de las vicisitudes y especialmente al aspecto más aciago de las vicisitudes de un hombre sujeto a las turbias corrientes que gobiernan en silencio las instituciones españolas. Especialmente las instituciones llamadas académicas: la red neuronal de la sociedad, dicen.

El libro trata de lo que a Agapito Maestre le ha pasado y le pasa de parte de las instituciones académicas. Inexcusablemente ha de abordar, en alguna medida, lo que el filósofo hace con lo que le pasa, pero no es éste el foco de atención. En ese libro se ve al escritor luchando por remontar una poderosa corriente que puja por arrastrarlo río abajo, convertido en el polvo sedimentario que se deposita tranquila y silenciosamente en el estuario en que desemboca la historia de España que, como los ríos, va a dar en la mar que es el morir. Agapito es rocoso y está vivo, de manera que no ha dejado jamás de sobreponerse a la corriente y ha logrado remontar las turbias aguas de nuestra política y nuestra historia reciente, sin dejarse llevar y hundir en el fondo cenagoso en el que le quieren enterrar las instituciones académicas y, sobre todo, quienes están detrás. La historia – como todo drama humano – tiene sus nombres propios y allí se citan sólo algunos, aconsejado el autor por la prudencia.

De ese libro podría escribirse una segunda parte, lo que el protagonista – en el más estricto sentido del término – quiere evitar. Las razones de ese rechazo son índice de la jaula sutil en la que se encuentra atrapado. Trato de mostrar la sutileza de esa captura.

Cuando se narra la terrible peripecia de este académico y escritor, su desposesión de una cátedra, obtenida en competencia libre con otros candidatos, por razón de un defecto formal previsto por los promotores de la convocatoria como mecanismo para una eventual impugnación, que se activaría sólo si el resultado del concurso de oposición no obtuviera el resultado por ellos esperado, como así fue. Cuando se añade sobre esta raíz el sinfín de tortuosas actuaciones siempre encaminadas a expropiar y ofender, a humillar y desposeer no sólo de un cargo académico, sino de cualquier virtud civil y consideración personal, cuando se cuenta el drama, surge siempre la pregunta: ¿por qué esa persecución? ¿qué has hecho, querido Agapito, para concentrar sobre ti la inquina y la iniquidad burocráticamente orquestada de tantos?

Inadvertidamente se le pide a la víctima que dé razón del castigo recibido, que se explique, y en el mismo acto se pretende que ha de haber tras la carnicería, de la que es objeto, un motivo real, una razón de ser. En suma: ¿qué has hecho Agapito para merecer esto? Una cuestión que concluye en el viejo “algo habrá hecho”, una frase terrible que evoca el terrorismo de Estado.

Hay que haber conocido el castigo en carne propia para llegar a ser sensible al tortuoso acento que esconde la pregunta, que – acaso inconscientemente – pide razones a la víctima de su condición. Ignoro los lectores que ese libro haya podido encontrar, no es fácil – en esta atmósfera asfixiante – dar con las condiciones de libertad que permitirían divulgarlo. Cualquier comentario por parte de la víctima será contemplado como un ejemplo más de vanidad, se señalarán otros casos que se quieren análogos, se le pedirá tácitamente que se olvide del asunto y no insista en un dolor que, de algún modo, todos padecemos. Pero apenas se encontrará otro caso en el que quede tan manifiestamente a la vista la verdad del viejo adagio: summum ius, summa iniuria. Pero en un país en el que el derecho se concibe – cada vez más – como instrumento del poder, en un ambiente en el que la justicia se reduce a la legalidad vigente, bastará con que el legislativo reduzca, siempre legalmente, la independencia judicial para que el escándalo Maestre pierda su singularidad, para convertirse en un caso más, aunque conserve la particularidad de haber sido uno de los primeros.

Estoy convencido de que el catedrático (acreditado) jamás obtendrá su cátedra. Rodeado de prohombres de papel, que ostentan la más alta consideración académica, sigue sometido a las mismas objeciones que no impiden a éstos erigirse en grandes señores de la verdad administrada.

A la dolorosa pregunta que se dirige a la víctima sólo puede darse una respuesta. La razón de su tortura es el odio abismal a lo que representa, la resentida voluntad de destruir aquello cuya existencia nos es inaceptable, porque con su sencilla presencia nos delata. El hombre libre es en este ambiente mefítico e insalubre un recuerdo inaceptable de nuestra cobardía y resignación.

Me he acordado del escándalo Maestre hoy, cuando la renovación de las más altas instituciones del Estado y especialmente de la cúpula judicial podría ponernos a muchos en la tesitura de tener que explicarnos, mientras nuestros amables vecinos murmuran: algo habrá hecho. Para entonces habrá desaparecido cualquier escándalo.