Opinión

El espíritu reformista

Enrique Aguilar | Miércoles 17 de septiembre de 2008
La distinción que hiciera el pensador argentino Juan Bautista Alberdi, a mediados del siglo XIX, entre la República posible y la República verdadera, es sumamente ilustrativa de una lógica reformista que entiende que los cambios en política deben llevarse a cabo de manera gradual, atendiendo a las condiciones de posibilidad, lo cual no significa renegar de los ideales sino verlos como un punto de orientación, un norte hacia el cual enderezar nuestras acciones respetando los tiempos de un proceso en el que la decisión calculada se entremezcla con lo impredecible, lo que es deliberado con lo que es espontáneo.

Se trata de una concepción equidistante entre dos posturas que, a mi modo de ver, resultan igualmente perniciosas. La primera, remisa al cambio y aferrada al status quo, que se revela a veces bajo un ropaje gatopardista y es siempre incompatible con la voluntad de progreso. La segunda, propia de la así llamada mentalidad constructivista, que al anteponer sus ansias de transformación a cualquier consideración acerca de los medios y sus eventuales consecuencias, rechaza la legitimidad de la historia y hace de la política una ciencia pretendidamente exacta.

Sauver la soudaineté du passage, exclamó Mirabeau: “salvar la subitaneidad del tránsito”, una expresión que para Ortega y Gasset condensaba todo el método político diferenciándolo de la magia. Para citar nuevamente a Alberdi, también podríamos decir, en la misma línea, que “no se andan de un salto las edades extremas de un pueblo”. Reformismo, gradualismo…, nombres diversos, en fin, para designar a un mismo espíritu: el de la moderación, opción solitaria, sin duda, pero que en política, como en la vida cotidiana, parece ser la opción más saludable.

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