Opinión

Loas al Princesa de Asturias, a los vikingos y al Prado

DESDE ULTRAMAR

Marcos Marín Amezcua | Jueves 28 de octubre de 2021

La Fundación Princesa de Asturias ha puesto muy en alto el nombre de sí misma, de su galardón y el de España al otorgar el propio a los científicos que han desarrollado las vacunas antiCOVID-19. Era lo justo y pertinente, lo digno y lo oportuno de hacer y así ha sido en su edición 2021. Felicitaciones sinceras a los galardonados. Y a quienes hemos recibido esas vacunas y externamos nuestro agradecimiento, así como nuestro sentido pesar por quienes no consiguieron esa trascendente oportunidad, infortunadamente.

En cambio, qué papelón ha hecho la Fundación Nobel al haber evadido la misma postura en pro de la ciencia y de la Humanidad, al no entregar el de Medicina este año a los mismos personajes. Lo señalé muchos meses atrás en esta columna leída en ambos hemisferios: quien lograra antígenos contra ese virus asesino merecería un reconocimiento a la altura de un Nobel y no solo el de Medicina, sino hasta el de Economía, porque no cabe la menor duda de que esta se reactivaría por efecto directo de la otra. La Fundación sueca se hizo la sueca y no lo ha entregado a ellos y es vergonzoso que así sucediera, porque una vez más nos preguntamos dónde tiene la mirada puesta la prestigiada institución. Qué pena que no lo extendiera este año clave a tan destacadas personalidades. Que la Fundación Princesa de Asturias sea merecidamente loada por sí hacerlo.

Claro, no son competencias entre las renombradas instancias, pero sí es un asunto innegable de sensibilidades y de oportunidad. Loor a la Fundación Princesa de Asturias por su acierto al reconocerlos y por refrendar tanto su ecuanimidad como su imparcialidad, su sensibilidad y el buen juicio al conceder sus reconocimientos una vez más.

Fueron premiados en el rubro de Investigación Científica y Técnica Philip Felgner, Sarah Gilbert, Katalin Karikó, Derrick Rossi, Özlem Türeci, Ugur Sahin y Drew Weissman. Su labor ha sido tan sorprendente por la velocidad tan extraordinaria con la que consiguieron tales paliativos, por los resultados, por tan plausible su pronta entrega y sus beneficios derramados. Sí, respecto a las vacunas ya sabemos que no se ha dicho la última palabra, pero sus efectos son palpables y mienten quienes los nieguen. Mas es verdad que la Humanidad toda ha dado la batalla, no se ha arredrado y los laureados aludidos son los preclaros que han sacado la casta y facilitado un avance formidable contra el virus mortal.

Ahora bien, lo que desde luego de momento no está en sus manos, es que las potencias se dejen de boicotear certificados y admisiones de las vacunas de los adversarios. Lo reitero: son vacunas. Y sin todas ellas, el virus no estaría un pelín acorralado. Salir con que tal o cual no se la reconoce como insisten la UE o EE.UU. es solo abonar a debilitar los esfuerzos colectivos en pro de combatir esta pandemia y a un enemigo en común. Son actitudes más mendaces y mezquinas que científicas. En tanto, fue acertado que el presidente mexicano López Obrador llamara la atención a la OMS a que acelere esas certificaciones–partiendo de que su ausencia es el acicate para el boicot– y aunque retobón, su titular respondió que le mande expertos, mas no le falta razón al mexicano en que ese compás de espera solo ralentiza mejores esfuerzos en pro de una decisión tan trascendental como lo es avalar toda las vacunas si estas son ariete contra el mortal enemigo microscópico. Yo sí celebro que mi gobierno haya optado por las más de todas. Una vacuna es un avance y no hay peor vacuna que la que no te pongas.

También la semana anterior se ha definido que los vikingos sí llegaron primero a América antes que Colón. Todo indica que se despejan las dudas prevalencientes. Se sabía desde hace décadas, acaso siglos, como también había dudas e, incluso, hay quien sostiene que eso se ha repetido igual para alimentar la Leyenda Negra contra España. No, es más encillo. Si llegaron primero sería por tener todo para conseguirlo: tiempo y masas de tierra mas cercanas entre sí –Feroe, Islandia, Groenlandia, la costa norteamericana– que las distancias existentes entre orillas de la península Ibérica y América. Ergo no es para hacer dramas. Que nadie olvide que si solo pusieron un pie en Groenlandia, entonces sí llegaron a América antes que Colón, por pertenecer semejante ínsula a este continente.

Ahora, si algo cabe es que el viaje colombino es de indubitable registro, detallado, puntual y no son vaguedades o suposiciones de su existencia. Y se empredió con documentadas severas dudas de su éxito, uno que al final no fue del todo, y no por fracaso, sino por tropezarse con otro continente obligando a cambiar de planes; certeza de haber sido tal periplo que no la sabemos a los vikingos. Así que en honor a Colón, con quien yo no tengo problema alguno y me cae requetebién por su terquedad de perseguir su proyecto y alcanzar un sueño, enaltece a su persona y homenajea a su hazaña, que no fue menor. Y yo, a diferencia de los yanquis que fue a endiosar la extraviada de Ayuso, ni me lo cayo ni me agobia: Colón actuó al amparo del patrocinio de la Corona castellana, que no de la aragonesa, también dígase. Los matrimonios regios no siempre dan para tanto.

Eso sí, no falta el botarate que diga que no oye a nadie exigiendo disculpas a Suecia o a Noruega por el ignoto viaje vikingo. Bueno, será que tampoco hubo traspaso de minerales a Vikingolandia ni se sabe de culturas agredidas en ese trasvase de personas de un continente a otro ni que su guerrera y escandinava impronta hubiera levantado poderoso imperio en aquellas recónditas y distantes tierras allende el océano. Ambos mundos impolutos nada se deben, por lo visto. Yo por eso no compararía ambos episodios, el vikingo y el colombino. Me da que son bien distintos. Cosas mías. Y eso sí, tanto defender el quitar o preservar estatuas de Colón en ambos hemisferios, calando en el ánimo colectivo y mire usted, que acaso lo que cabía era erigir el monumento al vikingo desconocido –abstenerse de avituallarlo con yelmo con cuernitos, que afirman que no portaban– y así dejarnos de monsergas, para quien quiera edificar memoriales a estas alturas, claro, y que sirvan de inmarcesible ayudamemoria. Apaga y vámonos.

Mientras son peras o son manzanas, la capital mexicana acoge una original muestra fotográfica asaz estupenda, consistente en la reproducción en tamaño natural en lo que cabe y por el Paseo de la Reforma, del emblemático acervo del Museo Nacional del Prado, de Madrid, en los paneles instalados desde hace lustros a la intemperie en su Galería abierta, empotrados sobre las rejas del bosque de Chapultepec, acercándolo al gran público mexicano y acompañándolo de otras actividades alusivas. Resulta grato el deambular de los viandantes por la acera bajo una sotafronda ya otoñal compuesta de fresnos y platanos de sombra, que engalana tan magnífico esfuerzo y que es digno de referirse, porque como puede usted apreciar, el que esta gran urbe del Nuevo Mundo lo coloque en este año conmemorativo de la conquista de Mexico-Tenochtitlan y siendo la Ciudad de México la Capital Iberoamericana de las Culturas 2021, año importante y significativo para México, sí que destaca y en tan prominente espacio refrenda el hermanamiento de esta megalópolis con la Villa y Corte, a través de aludir a uno de sus más excelsos espacios como lo es su afamada pinacoteca. Remarco que allá el Museo del Prado ha inaugurado una expo denominada Tornaviaje. Arte Iberoamericano en España, compuesta por un centenar de obras (60 % de origen mexicano) que abona a conocer mejor ese mundo. Sépase: el Museo reconoce que México es el tercer país que más sigue su página. Así que loa a quien corresponda, que reitero: la relación México-España es de ida y vuelta y está muy por encima de oportunismos ejercitados en ambas orillas del Charco. En ambas.

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