Chantajeado de forma inmisericorde por secesionistas vascos y catalanes, por comunistas y podemitas, por Comunidades Autónomas de diversas ideologías, habrá que reconocer que Pedro Sánchez ha sabido defender las posiciones españolas en la reunión cumbre del G-20. Nunca ha sido fácil la evanescente relación entre nuestra nación y la veintena de países que representan la gran política económica mundial.
Pedro Sánchez ha intervenido con solvencia y acierto para estimular a los líderes mundiales en la vertebración de los impuestos que deben pagar las grandes empresas multinacionales y en la financiación económica internacional que exige el clima para evitar que el calentamiento del planeta se convierta en un caballo desbocado. A pesar de la ausencia de China y Rusia, el G-20, bajo la sombra decadente de Estados Unidos y la sabia dirección de Mario Draghi, ha cumplido con su papel constructivo y anticipador y ha prometido 100.000 millones de dólares anuales para embridar el cambio climático.
Gracias a la firmeza demostrada en Roma, el G-20 ha potenciado la reunión británica de Glasgow. Isabel II no la ha podido presidir a causa de una salud vacilante que preocupa de forma especial a la veintena de naciones, entre ellas Australia, Nueva Zelanda y Canadá, que mantienen a la Reina británica como Jefe de Estado.
Y el dato más esperanzador: China e India, que suman casi 3.000 millones de habitantes, han manifestado su disposición a enfrentarse con el desafío del clima. Suman una tercera parte de la población mundial. Sin ambas naciones las decisiones internacionales en materia climática se fragilizarían.
La objetividad exige reconocer que Pedro Sánchez ha intervenido en la reunión del G-20 con discreta eficacia. La España sin energía, la España con una extensión costera de considerable magnitud, la España a la cabeza del turismo vacacional, se encuentra especialmente dependiente de las decisiones previsoras del G-20. Pedro Sánchez, en fin, ha actuado con acierto y la objetivad periodística exige reconocerlo así.