Los socios parlamentarios del PSOE saben que su voto de cara a la aprobación de lo que sea -una ley o una reforma o una derogación o unos Presupuestos Generales del Estado- tiene un coste. Hay que pasar por caja. El Gobierno y usted mismo ya saben cómo funciona. O se atienden las demandas en forma de más autogobierno o financiación (dinero, siempre quieren más dinero) o no hay la contraprestación acordada en el Congreso.
Y usted también sabe, diría que muy de primera mano, que le toca pagar al de siempre. El dinero que se concede graciosamente a los partidos que van a permitir que Pedro Sánchez sea feliz le toca pagarlo al ciudadano en forma de más y nuevos impuestos. Pero también le toca pagar a usted con su indignación, rabia y frustración cuando se conceden privilegios a los que se quieren separar de España o han apoyado el terrorismo durante años.
Está del mismo modo comprobado que la sed de extorsión del nacionalismo separatista es insaciable. Siempre quieren más. Solo interesa, como digo, el dinero y si piden más y más es, simplemente, porque saben que no está en manos del presidente conceder sus demandas independentistas, pero más dinero, sí.
Como el avaro del cuento, cabe preguntarse si serán capaces de matar la gallina de los huevos de oro. Saben que si descabalgan a Sánchez, instrumento necesario, se quedan sin chollo. Sánchez, también experto en eso del regateo, el trilerismo y el engaño sin pudor, lo sabe. Aunque también lo sabía la ultraizquierda portuguesa y decidieron que no seguirían apoyando al líder socialista.
Sánchez mira de reojo a Portugal, pero no aparta la mirada de sus comprados socios, consciente además de que un problema no menos gordo lo tiene en el propio seno del Gobierno de coalición. El enfrentamiento entre una ministra amiga del PSOE y otra ministra amiga de Podemos deteriora la eficiencia, pero, sobre todo, la imagen electoral del Gobierno.
En ese miedo a lo sucedido aquí al lado lo que lleva al jefe del Ejecutivo a decir “sí a todo” lo que le pidan sus amigos comunistas, populistas, nacionalistas, separatistas y amigos de ETA. No es para sentirse orgulloso. Un día le dice sí a Nadia Calviño y se compromete a cambiar solo “algunas cosas” de la reforma laboral y dos días después el beneplácito es para la rival Yolanda Díaz y cabeza gacha, mirada baja y con el rabo entre las piernas le asegura que derogará toda la reforma laboral del PP. Sabemos que ambas ministras proponen cosas diametralmente opuestas. ¿Usted se lo explica?
Sánchez, más árbitro que jefe, responsable de llegar hasta aquí, intenta salvar sin éxito la cara de un Ejecutivo cada día menos coaligado y que tira piedras sobre su propio tejado. Una olla en ebullición a punto de estallar y en la que nadie, incomprensiblemente, quiere rebajar el fuego.