Opinión

Mabel y la verdadera Embajada de España: Victoria, one, three, eight, five…

José Varela Ortega | Jueves 18 de septiembre de 2008
Era el número de teléfono de Mabel Marañón Moya, en su encantador piso en Ashley Gardens, en Londres, cerca de la estación de Victoria y a un paso de la catedral católica de Westminster. Estaba situado en un barrio céntrico, tranquilo y con la confiada solidez, imponente pero suave y agradable, de tantas cosas inglesas. En su origen, hacia la última década del XIX, fue unos de los primeros conjuntos de pisos de la alta burguesía londinense, al punto que Bernard Shaw lo eligió en 1893 como escenario del primer acto de una de sus comedias, The Philanderer, porque quería situar la acción en un flat, una moda novedosa entonces. El de Mabel era un piso amplio y confortable y también acogedor. Acogedor, porque en él nos daba Mabel cobijo y cariño a decenas de españoles que nos encontrábamos en Inglaterra durante los años sesenta y setenta (del siglo pasado): por eso tantos nos acordamos del teléfono con emoción y nostalgia. Y, en mi caso, con el agradecimiento a la inagotable generosidad de los Marañón -la cual, para los que llevamos mi segundo apellido, ya ha cumplido tres generaciones.

A la casa de Ashley Gardens íbamos todos. Todos de verdad: muchos viajeros y paseantes por Londres de la fina –pero también pacata, provinciana y encorsetada- sociedad española de entonces; muchos jóvenes aprendices de banqueros de la City; muchos de los españoles que estudiábamos en alguna de las universidades inglesas de entonces; y muchos, muchísimos profesionales, intelectuales y diplomáticos. Pero también todos los que, entonces, no acudían a la Embajada de la España oficial porque considerábamos que aquella legación diplomática no representaba más que a un Estado patrimonializado por el general Franco. Por eso, la casa de Mabel, y de Tom Burns, el animoso diplomático inglés –e incansable director del TABLET, el excelente periódico católico inglés- que llevó a Mabel al altar, y a Londres, en los años cuarenta, se había convertido en la verdadera embajada de España: un lugar confortable y caluroso, un poco caótico, algo bohemio y muy divertido, donde el espíritu alegre, positivo, entusiasta y auténtica, profundamente liberal de Mabel acogía a Santa Cruz, el eterno y hábil embajador español de la época, lo mismo que a Jacinta Castillejo y Rafael Nadal.

Rafael era el perpetuo –íntegro e incorruptible- exiliado liberal y republicano. Afectuoso y generoso de su tiempo, Nadal era todo un personaje, gran crítico literario, profesor en King's College London, elegante y exquisito, de vastísima cultura y gran sentido del humor, acudía a casa de Mabel, con frecuencia llevando bajo el brazo un cargamento de los sórdidos periódicos españoles de la época. No se perdía uno. Hasta los más desagradables. A mi aquello no dejaba de intrigarme. Y un día en que le sorprendí enfrascado en EL ALCAZAR, mientras Mabel nos preparaba unas copas, me animé a preguntarle: “pero vamos a ver, D. Rafael, ¿cómo es que lee usted tanto periódico español, sobre todo de esa catadura?”. Nuestro amigo, levantó la vista y me contestó muy serio, ante el regocijo de Mabel, “¿qué cómo?, comprenderéis que para mi leer la prensa española es vital: me confirma diariamente en el exilio”. En otra ocasión, llegué una tarde y me encontré la casa de Ashley Gardens atestada de diplomáticos españoles, incluido el Embajador Santa Cruz. En una esquina tropecé con un Mazarrasa, que andaba por libre pasando una temporada en Londres y a quien yo identificaba como primo de mis parientes Gasset. De pronto, Mazarrasa se dirigió a nuestra anfitriona y con voz firme y sonora le dijo, ante el estupefacto desasosiego de gente tan compuesta, “bueno Mabel, me perdonarás que me retire pronto: desde que estoy en la Iglesia Reformada me debo a mis oficios religiosos”. A mi aquello me pareció curioso –y la evidente incomodidad de algunos de los encopetados españoles presentes, entretenida- y no resistí la tentación de preguntarle por su nueva conversión: “verás, tal como van las cosas, si les digo que me he hecho comunista, ya impresiona poco; pero, si me hago protestante, eso si que “jode”, ¿no te parece?”.

Eso y mucho más era la casa de Mabel. En ella volví a encontrarme con sus hijos, Mª Belén, Tom, David y Jimmy –el menor de los Burns y cuya partida, por aquel entonces, al colegio de Stonyhurst llenó a Mabel de melancolía- amigos de infancia y a los que recordaba asociándolos a la ternura que tenía con los niños su tía Belén y a las visitas que, con tanta frecuencia, hacía con mi abuela Rosa a la Castellana, la casa de D. Gregorio y de Dña Lola Moya, otra mujer notable e infatigable, de voraz curiosidad, afectuosa, positiva y llena de generosidad. De Ashley Gardens salimos Tom y yo juntos para tomar en Paddington el tren de Oxford: un trayecto de poco más de una hora. Pero fue una hora que me cambió la vida. Mucho después, Tom -que, como diría Nietzsche, es “otra víctima del Sur”- se fue a España. Y yo, todavía sigo sin saber porqué dejé Oxford y… Ashley Gardens en un recuerdo de años divertidos, de una inteligencia maliciosa pero ni retorcida ni envidiosa. Fueron años felices y de ellos Mabel fue intensamente responsable.

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