Opinión

Las mentiras del “Octubre Rojo”

TRIBUNA

Boris Cimorra | Jueves 04 de noviembre de 2021

El próximo día 7 de noviembre se cumplen 104 años de la así llamada La Gran Revolución Socialista de Octubre (Revolución Bolchevique) en la ex Rusia de los Zares.

Me acuerdo como en mi juventud soviética (he vivido en la URSS 33 años), se estaba celebrando esta gran fiesta nacional de la Revolución de Octubre. Con un impresionante desfile militar y una festiva manifestación de los trabajadores, en la Plaza Roja de Moscú, frente a la muralla del Kremlin y al Mausoleo de Lenin, que acogía la momia embalsamada del principal organizador de aquella Revolución. Los mismos festejos, con menos pompa que en la capital, se celebraban en todas las plazas y los lugares adecuados para ello, en todo el territorio de la inmensa Unión Soviética y en varios países socialistas, que formaban el Bloque Socialista.

Y cada año, en esta fecha solían proyectar por la televisión las películas, dedicadas a aquellos acontecimientos revolucionarios. Todas eran de ficción, pero perfectamente ambientadas y filmadas en los lugares históricos. Pero se destacaba una de esta serie de películas, titulada “Octubre”, filmada por el cineasta Serguéi Eisenshtein, por el encargo de Stalin, para el décimo cumpleaños de la Revolución.

Mi padre, un convencido comunista español, me contaba que había visto esta película en Madrid, en los tiempos de la República, cuando en el monumento de la Puerta de Alcalá estaban colgados los retratos de Lenin, Stalin y otros dirigentes del Partido Bolchevique y de la URSS. Él estaba impresionado por el contenido de la película, especialmente, por las escenas que relatan la toma del poder por el sublevado pueblo de la capital rusa, y la más espectacular de todas, la del asalto al Palacio de Invierno. Como los marines revolucionarios trepaban por la verja del palacio para abrir la enorme puerta metálica y dar la salida a una avalancha de gente, que estaba corriendo hacia el palacio para tomar la casa de los imperadores rusos, bajo la lluvia de las balas de los defensores del Palacio de Invierno.

Ni mi padre en Madrid, ni yo más tarde en Moscú (donde he nacido), podíamos imaginar que aquellas escenas del “Octubre” representaban una monumental mentira que no tenía nada que ver con la realidad histórica. Un “fake”, tan genialmente montado por uno de los mejores cineastas soviéticos en aquel momento, que hasta hoy en día, en los documentales sobre aquellos sucesos revolucionarios del Octubre Rojo del 1917, se reproducen las escenas de la película de Eizenshtein como si fuera una verdadera crónica filmada en aquellos “diez días que estremecieron el mundo” (fue el primer título del film, copiando el que tenía el libro del periodista norteamericano John Reed, un testigo presencial de aquellos días revolucionarios).

Ni mi padre, ni yo, ni el pueblo soviético, ni el mundo entero no sabíamos, hasta que no empezara el deshielo de Nikita Jruschiov, con su desestalinización del país soviético y de su historia reciente, que la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917 fue un trivial “golpe de estado”.

No hubo ningún levantamiento popular, ni los disturbios en la calle, ni los asaltos por muchedumbre a la sede del gobierno y de otras instituciones estatales, con las exigencias de la dimisión de los gobernantes y de la caída del régimen odiado por la mayoría de la población. Tal como suele ocurrie en las “autenticas” revoluciones y como lo estaba contando la historiografía oficial estalinista, perfectamente retratada en la mencionada película del genial cineasta Eizenteshtein al servicio del régimen.

En la realidad “histórica” el golpe se produjo de la noche a la mañana del día 24 al 25 de octubre (según el vigente entonces el calendario juliano, o sea, del 6 al 7 de noviembre, según el calendario actual), cuando toda la población de la inmensa Rusia estaba durmiendo. Menos un reducido grupo de los golpistas, encabezados por los líderes de Partido Comunista-bolchevique, Lenin y Trótskiy.

Los bolcheviques utilizaron para sus fines golpistas su propia guardia revolucionaria obrera y un destacamento de los marines de la flota del Báltico, estacionada en la Fortaleza del Kronshtad, en las cercanías de la entonces capital rusa Petrogrado (antiguamente San Petesrburgo).

Aquella noche del golpe, estas milicias bolcheviques simplemente estaban desarmando las patrullas militares puestas por el gobierno, tomando bajo su control las estaciones de ferrocarril, la central eléctrica, la telefónica, el telégrafo y otros centros neurálgicos de la ciudad. Y lo habían hecho sin un solo disparo, sin una sola víctima, metódicamente, según el plan previamente elaborado por el Comité Militar Revolucionario.

Los ministros del Gobierno Provisional, con Kerenskiy a la cabeza, reunidos aquella noche en el Palacio de Invierno, convertido en la sede gubernamental, no podían entender qué lo que estaba pasando, cuando, de repente en el Palacio dejaron de funcionar los teléfonos y luego se fue la luz. El golpe terminó con la toma del Palacio de Invierno y la detención a todos los miembros del gobierno, que fueron trasladados a la Fortaleza de Pedro y Pablo.

Los “asaltantes” al Palacio de Invierno, prácticamente, no recibieron ninguna resistencia por parte de los escasos efectivos que custodiaban la sede del Gobierno. Eran cerca de 200 miembros del “batallón femenino de la muerte”, dos o tres destacamentos de cadetes y 40 veteranos militares galardonados con el alto distintivo militar “la orden de San Jorge” bajo el mando de un capitán con las prótesis en las piernas.

No hubo ningún tiroteo con los defensores del palacio, ni fuera, ni dentro de él, tan espectacularmente escenificado en la película “Octubre”. Ellos se rindieron rápidamente sin ofrecer la resistencia y el palacio fue tomado por las milicias “revolucionarias” con una facilidad inusual. Fue un golpe incruento contra el Gobierno Provisional que estaba gobernando el país después de la abdicación del último Zar, Nicolás II, en marzo de 1917, quien le traspasó todos sus poderes, convirtiéndose la Rusia Imperial en una República (provisional).

El Gobierno se llamaba “provisional” porque su principal misión era gobernar a Rusia hasta la celebración de una Asamblea Constituyente, que debería ser compuesta por los representantes de todos los partidos políticos, elegidos previamente en unas elecciones libres. El objetivo principal de la Asamblea consistía en decidir la futura forma del Estado Ruso: seguiría siendo una Monarquía Parlamentaria, con el hermano menor del abdicado zar Nicolás II, Mijail, en el trono, o se convertiría en una República.

Dicha Asamblea debería haberse celebrado a mediados de noviembre de 1917. Y aquí está la clave del porqué los bolcheviques habían decidido dar un golpe en las fechas del 24 y 25 de noviembre. No querían que la Asamblea Constituyente se celebrase bajo el mandato del Gobierno Provisional. Y la otra clave, en que también quisiera fijar la atención del lector, era la fecha de la celebración, en la sede del Soviet de Petrogrado (Petrosoviet), del “II Congreso de los Soviet de los Obreros y Soldados de toda Rusia”, que había sido fijada – en el Congreso anterior, en junio de 1917 – justo para el día 25 de octubre.

Aquí, quisiera precisar algunos aspectos muy interesantes, pero poco difundidos.

Todos conocen la famosa frase de Lenin, pronunciada la víspera del golpe: “Hoy (el día 24 de octubre) habría sido pronto, pero mañana (el día 25 de octubre) sería tarde”. Es decir el golpe, la toma de todos los centros neurálgicos de Petrogrado, tenía que haber sido producido antes de la inauguración del citado ya el “II Congreso de los Soviet”, la noche del 25 de octubre para poner a todos los delegados ante un hecho consumado.

Puesto que, precisamente, la cuestión de derrocar o no al Gobierno Provisional, tenía que haber sido discutida y aprobada en este Congreso. Fue su principal objetivo. Pero, Lenin, al no tener los bolcheviques la mayoría en el gran número de los “soviet” de todo el país, no estaba seguro de obtener la mayoría en el Congreso, ya que al principio la propuesta de los bolcheviques de celebrarlo fue recibida muy negativamente por los socialistas y los mencheviques quienes dominaban en el gran número de “soviet”, especialmente entre los soldados y los campesinos. Por tanto, decidió acudir al engaño, tal y como lo hacía muy a menudo en su lucha política.

El truco consistió en que, mientras los delegados estaban llegando al Congreso y hasta que terminara de constituirse la mesa, sobre las 22.00 horas, las milicias bolcheviques debían haber tomado bajo su control todos los objetivos más importantes en la ciudad, para que, cuando se inaugurase el Congreso, poner a los delegados ante el golpe consumado. Y así fue. El pueblo, los habitantes de Petrogrado, al levantarse el día 26 de octubre, se enteraron de que el Gobierno Provisional estaba derrocado y que el poder había pasado al Petrosoviet.

Pero para el triunfo total de los bolcheviques se necesitaba todavía un golpe más, el definitivo, que acabaría para siempre con el régimen anterior y permitiría a empezar a construir un nuevo sistema basado en la “dictadura del proletariado”. El único obstáculo que se les quedaba en este camino era la Asamblea Constituyente. Los bolcheviques, derrocando el Gobierno Provisional, aseguraban que llevarían a cabo las elecciones a la Asamblea Constituyente. Y cumplieron su promesa celebrándose el 12 de noviembre dichas elecciones. Pero el resultado obtenido por los bolcheviques confirmó los temores de Lenin de que éstos no tenían el apoyo de la mayoría de la población.

De los 715 diputados elegidos, a los bolcheviques representaban sólo 175, o sea, menos del 25%. La mayoría abrumadora de los diputados, 51,7%, la tenía al partido “Socialistas Revolucionarios”. En una Asamblea Constituyente con tal correlación de fuerzas los bolcheviques tenían pocas probabilidades de formar un gobierno que apoyaría la “dictadura del proletariado” como base fundamental para la construcción de un país socialista. Es que los “socialistas revolucionarios”, siempre eran contrarios a la “dictadura del proletariado”, aunque sólo fuese por la razón de que representaban los intereses de la masa campesina del país, una inmensa mayoría, mientras que los obreros (el proletariado) formaban sólo un 3,5% de la población rusa.

Así que, para los bolcheviques la única forma de salirse con la suya y conservar el poder tomado hacía apenas tres semanas, era disolver la Asamblea Constituyente. Así que, el día 5 de enero de 1918, cuando se inauguró la Asamblea, ante la negativa de la mayoría de los “socialistas revolucionarios” a refrendar los primeros decretos, aprobados en el “II Congreso de los Soviet” y redactados por Lenin, la fracción bolchevique abandonó la Asamblea y más tarde, ya en la madrugada del 6 de enero, un destacamento de marines, bajo el mando del anarquista Zhelezniák, entró en hemiciclo y obligó a los diputados a abandonar el edificio.

Ese mismo día el Comité Ejecutivo Central, formado en el “II Congreso de los Soviet” como el órgano supremo del nuevo poder – el “soviético” –, emitió un Decreto sobre la disolución de la Asamblea Constituyente. ¡Basta ya de jugar a la democracia! Aquí y ahora el poder pertenecía sólo a los nuevos órganos formados por los bolcheviques. Este fue el punto final en el golpe bolchevique a la joven democracia rusa, nacida hacía 8 meses con la “Revolución de Febrero”.

Y el último aspecto que quisiera comentar: ¿Qué hacía el Gobierno Provisional, encabezado por el socialista Kerenskiy, que era el líder del Partido “Socialistas Revolucionarios”, mientras los bolcheviques estaban preparando el golpe de estado contra su gobierno? ¿Cómo pudo perder con tanta facilidad el poder, teniendo su partido la mayoría, prácticamente, en todos los organismos representativos en aquel momento, incluido en las mayorías de los “Soviet” del país?

Hay muchas respuestas a estas preguntas y el lector las encontrará en numerosos ensayos y los libros dedicados al tema. Pero hay una que los historiadores, por varias razones, entre ellas bajo la influencia de la historiografía oficial soviética, no destacan la que voy a exponer: el comportamiento democrático del líder socialista en aquel momento. Kerenskiy estaba seguro de que el Petrosoviet nunca apoyaría el levantamiento armado contra su gobierno, en el cual más de la mitad de los ministros eran sus colegas socialistas, procedentes del propio Petrosoviet.

Él sabía que la mayoría de los “Soviet” de todo el país, no pertenecía a los bolcheviques, sino a su propio partido. Lo demostraba claramente la composición del “I Congreso de los diputados de los Soviet de toda Rusia”, celebrado en junio de 1917.

Del total de 1.090 delgados, los bolcheviques estaban representados sólo por 105, o sea, algo más de un 10%, mientras la mayoría la formaban los “socialistas revolucionarios” – con un 26% y los “mencheviques” – con otro 26%, quienes siempre estaban en contra de la línea revolucionaria de sus antiguas camaradas, los “bolcheviques”. Con tan poca representatividad real de los bolcheviques en la clase trabajadora, difícilmente podían aspirar a formar en breve un gobierno democráticamente elegido.

Por tanto, Kerenkiy creía que los bolcheviques no irían más allá de la retórica revolucionaria, que no recibiría un apoyo suficiente entre otros partidos políticos que sostenían el Gobierno Provisional. Pero el demócrata Kerenskiy no valoró bien que existía otro camino para llegar al poder, el del golpe, que elegiría su principal rival político, camarada Lenin, poco propicio a cualquier juego democrático. Kerenskiy cayó en su propia trampa, queriéndose demostrar que era un demócrata de primera, “más papista que el Papa”.

Y para terminar, quisiera subrayar, para que no quedara la más mínima confusión: el golpe bolchevique en “Octubre Rojo” del 1917 fue un golpe no contra el despótico régimen zarista, como todavía piensan algunos, confundidos por la propaganda comunista, sino un golpe contra un Gobierno democrático, formado después de la abdicación del último zar, a consecuencia de la “Revolución Burguesa” en febrero de 1917.

Fue un golpe contra la vía democrática que había elegido el país, para establecer una férrea dictadura comunista, para llevar a la Rusia post zarista por el camino del socialismo-comunismo que, como sabemos, costó al pueblo ruso unos enormes sufrimientos y cerca de 66 millones de las víctimas directas: la guerra civil, el “terror rojo”, la “colectivización” del campo y las “purgas” estalinistas.

Y todo esto para que el país, 74 años más tarde, volviera de nuevo al capitalismo, pero esta vez más brutal y oligárquico que hacia los 104 años. La pregunta es: “¿Valía la pena?”.

Una pregunta muy actual, cuando los comunistas “resucitados” de nuevo están planteando que la solución a los problemas que existen – ¡cómo no! – en las sociedades democráticas de hoy es sacar de la naftalina histórica la biblia comunista – el Manifiesto Comunista de Carlos Marx – y volver a construir la Torre de Babel “soviética”, derrumbada por su propio peso, hace 30 años, en la “Meca” del Comunismo Mundial”, que se cumplirán en esta Navidad.

El cómo y el porqué del derrumbe de esta Torre de Babel, convertida en la Torre del Gulag, lo explico, a los que se interesan por la Historia, en mi último libro, recientemente editado en la editorial “Actas”, bajo el título “La Caída del Imperio Soviético”.