La palabra “hominización” se encuentra en los libros y artículos, más o menos científicos, que hablan del momento y la manera en que el hombre se hizo capaz del pensamiento y el lenguaje, y en consecuencia de la técnica.
De entrada hay dos posturas bien claras, materialistas y espiritualistas. Los materialistas opinan que la materia inerte dio lugar en un primer salto a la materia viva, y en un segundo salto a la materia consciente. Actualmente son la gran mayoría. Pero eso no garantiza que tengan razón.
En efecto, el materialismo está condenado a incurrir en un razonamiento circular. La neuronas evolucionan hasta originar los operadores lógicos, que dan lugar al pensamiento y al lenguaje. Pero luego resulta que son los operadores lógicos los que hacen posible el lenguaje ordinario, el cual por fuerza usan los materialistas para describir qué son y cómo funcionan las neuronas.
Los materialistas solucionan su problema por las bravas. Ignoran la lógica. Aquí partimos de la base de que el primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, divide de entrada la realidad en dos mundos completamente distintos, el mundo de la naturaleza causal, donde se ubica el cuerpo humano incluida la psique y la memoria, y el mundo de los valores y la libertad, que es el propio del espíritu.
Desde este punto de vista se hacen las tres observaciones que siguen. En primer lugar, la hominización no pudo ser un largo proceso extendido en el tiempo, sino algo instantáneo, súbito, de golpe. Así lo exige el hecho de que el cálculo lógico, descubierto por Frege y Peano y traducido a circuitos eléctricos por Shannon -nuestros familiares ordenadores-, es algo monolítico, absolutamente compacto. No admite ser dividido en partes o troceado. Todo está conectado con todo. O se posee el cálculo lógico en su integridad, o no se tiene en absoluto. La hominización supuso poseer de golpe los cuatro operadores de la lógica sentencial y los dos de la lógica cuantorial. Total seis. O se tienen los seis a la vez, o no se tiene ninguno. No hay aquí términos medios, ni graduaciones, ni acumulación progresiva en el tiempo.
Por desconocer lo anterior, muchos dan por bueno un largo proceso de hominización. La propuesta más conocida es la distinción entre “homo habilis” y “homo sapiens”. El primero sólo podría tallar lastras y cuchillos de piedra. El segundo sería además capaz de pensar. No se cae en la cuenta de que el avance en la industria lítica, implica predeterminar un fin y buscar los medios adecuados para alcanzarlo. Y eso supone poseer la lógica y usarla para mejorar la técnica.
En cambio, los animales carecen de pensamiento y de lógica. No hay en ellos avance técnico alguno. Merece la pena recordar esta necia afirmación de Pedro Laín Entralgo. “Ante la sorprendente hazaña de Sultán, el célebre chimpancé de Köhler, se ha dicho y repetido que el verdadero iniciador de la técnica fue este chimpancé” (“Qué es el hombre. Evolución y sentido de la vida”. Ediciones Nobel, Oviedo 1999. Pag. 138).
Por desgracia, Sultán no fue capaz de enseñar a sus congéneres la técnica para empalmar dos cañas y alcanzar un plátano. Su hazaña fue un hecho puntual y aislado. Los chimpancés actuales no se han enterado. Siguen siendo incapaces de repetir de modo sistemático y habitual la hazaña de Sultán. Aquello fue absolutamente excepcional, y nadie ha informado de su repetición. En conclusión, no tiene sentido un largo proceso temporal entre “homo habilis” y “homo sapiens”. Son lo mismo.
En segundo lugar, los autores materialistas, y los que no lo son pero no se han desprendido de la terminología materialista, tienen una curiosa preferencia por expresiones como “auto-conciencia” o “conciencia de sí”. La hominización consistiría fundamentalmente en ese tomar conciencia del “yo”, en cuanto centro o sede del pensamiento y el lenguaje. Pero el poseedor de los operadores lógicos no tardaría mucho tiempo en darse cuenta de que era un “yo”. Apenas el tiempo que se tarda en decir “cogito ergo sum”. En todo caso, la conciencia del yo viene detrás de la posesión de los operadores lógicos.
La razón última de esa preferencia por el término “conciencia” estriba en evitar a toda costa la proscrita palabra “espíritu”. Está ligada al cristianismo, y comporta inevitablemente la existencia de Dios. Escribiendo “conciencia” en vez de “espíritu” se soluciona el problema.
Los que ignoran la lógica siempre sueñan con que al cambiar las palabras, se cambia también la realidad. Por el hecho de no mencionar nunca la palabra “espíritu”, desaparece de la escena el dueño y propietario de los operadores lógicos. En cambio, la palabra “conciencia” desvía hábilmente la atención lejos de la incómoda y molesta lógica.
Los materialistas y ateos que se las dan de sabios, y además tienen más fe en las palabras que en la realidad, caen de lleno bajo la fina ironía de Valle-Inclán: “el aire, el humo y el vacío son los tres elementos en que viven más a gusto los sabios” (Tablado de marionetas).
En tercer lugar mencionemos la atrevida tesis de Penrose y Hameroff conocida como “Orch-OR”. La actividad del cerebro humano y las neuronas sólo sería explicable por la física cuántica. Una somera descripción, pero suficiente para captar lo esencial, se encuentra en “Neuronas y libre albedrío” (Javier Pérez Castells, Digital Reasons, Madrid 2018). En dirección paralela, se trabaja ahora intensamente para lograr ordenadores cuánticos, que serán mucho más rápidos que los actuales.
A la base de este tema está la sorprendente conducta de los objetos cuánticos. Ante dos rendijas, algunas partículas elementales pueden pasar por la primera rendija, por la segunda, o por las dos a la vez y conservando su individualidad (O. c. Pag. 104).
Si en el futuro se afianza el punto de vista de Penrose-Hameroff, y además tenemos ordenadores cuánticos en el mercado, eso podrá parecer una enorme e impresionante hazaña a los científicos, protagonistas de ella, y al público en general. Pero no sería una sorpresa para quienes conocen el cálculo lógico. Saben que uno de los tres operadores diádicos fundamentales es precisamente el “disyuntor inclusivo”. Justo el que coincide con la desconcertante realidad cuántica. Pero también está presente en nuestra vida ordinaria y no es tan desconcertante. Si dos personas abren en un banco una cuenta corriente indistinta, el cheque se paga con la firma de una, con la firma de la otra, y con la firma de las dos.
Algunos autores quieren salvar el libre albedrío, amenazado hoy día por el materialismo imperante en el mundo académico, apelando a la indeterminación propia de la física cuántica. Pero la indeterminación es mera ausencia de conocimiento y de ella no se concluye nada. El respaldo que la física cuántica proporciona al libre albedrío viene más bien de su coincidencia con el disyuntor inclusivo.
En efecto, a medida que vamos conociendo mejor el funcionamiento del cerebro humano, el resultado se aproxima cada vez más a la lógica formalizada. Eso es lo esperable. Se comprueba que lo primero son los operadores lógicos y el cálculo a que dan lugar. Y luego viene todo lo demás; todo lo que los científicos puedan decir en lenguaje ordinario o con matemáticas, Pues también los cálculos matemáticos están condicionados por la lógica previa y universal.
Esta prioridad conceptual de la lógica afecta también al tema de la hominización. Refuerza la tesis de que tuvo que ser instantánea, como lo exige la compacta y férrea unidad de los seis operadores lógicos.