Opinión

En el auto de papá

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Lunes 08 de noviembre de 2021

Hay en nuestro país como una conspiración a favor de los desastres, escándalos públicos y consternaciones colectivas. Estas conspiraciones son, naturalmente, fruto de la agenda setting, la coyuntura, el precio de las cosas y las perniciosas eléctricas. Así ocurre con todo, desde los candidatos al Constitucional a los mandatos europeos, cuando no nos gustan. Ha dicho el economista jefe del BCE, Philip Lane, que habrá un fuerte crecimiento en 2022 y que “la productividad en España no se ha visto dañada por la pandemia”; de manera que todos tranquilos.

Sube el precio del gas natural, el del gasóleo y el de la gasolina, pero tampoco pasa nada, porque dice Lane que esta inflación es coyuntural, como un encuentro casual entre extraños o una bronca en la cola de la pescadería. El caos se metaforiza en el abastecimiento, mientras la fantasía política de algunos lanzan las campanas al vuelo de la recuperación. Y nuestro escenario se corresponde simétricamente con lo que ocurre en el resto del mundo, porque para ensamblar un coche hacen falta muchos componentes de muchos sitios; y si falta un microchip o un semiconductor en Taiwán, a
la fábrica en Europa no llega y el buga no rueda. Y, en los concesionarios, tampoco hay automóviles. Y si no hay coches nuevos, tampoco hay seminuevos ni alquileres, porque el coche se rompe, cada vez más. El mercado de la llamada “alta antigüedad” se ha disparado –el auto viejo–, y el español ya prefiere conducir una antigualla a no tener coche. Ante nuestra permanente huida de lo contingente, los contagios en Asia y los apagones de energía, nos devuelven a la contingencia, a nuestra cuota de realismo, que es una evolución de la picaresca, tan española, al fin y al cabo.

El retraso medio de entregas de pedidos por las crisis de los chips se está elevando a ocho meses de media. Quiere esto decir que hay un parón de más de medio año sin coches nuevos y que hay, por lo tanto, un 20,5% menos de nuevas matrículas con respecto al año pasado, según Anfac, Faconauto y Ganvam, mientras que en los diez primeros meses de este año, las compras de turismo y todoterrenos se incrementaron un 5,6%, si comparamos esta cifra con la de 2020 en el mismo periodo. Coches se compran, otra cosa es que sean recién salidos del horno. En los puertos, las gaviotas hacen sus nidos en los miles de contenedores varados, porque no hay camioneros que recojan las mercancías, las entregas acumulan demoras y las costas europeas parecen almacén más que dársena moderna. Por eso Joe Biden ha obligado a los puertos, almacenistas y repartidores a trabajar veinticuatro horas al día y toda la semana, para desatascar esto. La sociedad de consumo, que es una sociedad sin atributos, se ha hecho la trampa a sí misma jugando al solitario, en este tira y afloja con Oriente: enviar un contenedor desde China a Europa cuesta ahora diez veces más que hace un año. Otro ejemplo es de los juguetes, que ya no se hacen en nuestro país y los niños piden monstruos y muñecos foráneos, que es lo que se lleva.

La cadena de suministros, en este presente discontinuo, se agota en sí misma, mientras el personal anda necesitado de carro, en esta estampida colectiva que es la última fase (parece) de la peste de la COVID-19. Quizá la clave de este proceso esté en saber que lo barato sale caro, y que lo que se externaliza para que se haga en el otro hemisferio del planeta, al final no se controla y se acaba perdiendo. Pero siempre podremos ir a pasear en el auto de papá, Amore, aunque sea un clásico o “vintage”, que dicen los modernos.