Opinión

El sainete argentino

TRIBUNA

Roberto Alifano | Viernes 12 de noviembre de 2021

El sainete es una representación teatral, frecuentemente cómica, de ambiente y personajes populares y burlescos, que fue famoso en la Argentina durante las décadas de 1910 y 1920. Por supuesto, viene de España, donde se representaba como un espectáculo independiente, o frutilla del postre, hacia el final de una función. Fue traída a nuestros escenarios por célebres dramaturgos como Alberto Vacarezza, Gregorio de Laferrere, Roberto Payró y el uruguayo Florencio Sánchez. Sus temas humorísticos reflejan las costumbres y el lenguaje popular y se caracteriza por su ligereza expresiva de descarnado realismo. Agreguemos que el sainete criollo retrató entre nosotros, en tono de comedia grotesca, la particular vida de los inmigrantes en los conventillos en épocas que la jerga del “cocoliche” era lenguaje cotidiano. Más o menos como ahora; aunque sin el agregado “todes” (por suerte).

Después de la última reunión de la Cámara de Diputados de la Argentina, cabe preguntarnos qué no hubieran dado nuestros mencionados autores por haber sido testigos de las intervenciones de nuestros políticos, dueños de una oratoria beligerante frente al enemigo y abriendo las manos en prevención de “yo no fui”, y señalando con un dedo acusador: “fuiste vos”. Grotesco puro del más alto nivel sainetero y capaz de competir con cualquier otra obra teatral acaso fuera de los célebres géneros. Melancólico espectáculo en un país en decadencia, que se deshilacha afectado por la peor crisis de una historia, que con una dirigencia esquiva a pagar cualquier costo político y con falta de seriedad alimenta un probable desenlace con consecuencias imprevisibles.

No hay duda que se está gestando una distopía o antiutopía, en una sociedad ficticia indeseable en sí misma, que marcha hacia la autodestrucción.​ Quizá por repetición (aunque aquí todo se repite) no es conveniente caer en el lugar común que distorsione el pasado y ensombrezca un enfoque sobre el presente inmanejable. Pero resulta atinado mensurar los acontecimientos políticos como parte de un proceso social por encima de la mera teatralización de los gestos cotidianos que ya sobrepasan cualquier realidad.

El dramatismo, a la manera de Shakespeare, también tiene su parte y está a la vuelta de cualquier esquina. La primera granada que le explota en las manos al Gobierno de los Fernández- Fernández de Fernández , a una escasa semana de las elecciones, es la crisis de la inseguridad, que más allá de toda estadística calamitosa es, además de un oprobio en acción, una queja incontenible lanzada a las calles sin control policial y reprimida por la policía, que arrojando gases lacrimógenos pone en riesgo a una disconforme e indefensa población. No hay estadísticas ni posibles comparaciones frente a la muerte. Sin embargo, la inseguridad es una de las peores mochilas que carga en las espaldas el peronismo tradicional (con más de cuarenta años gobernando casi todo el país) y también el menos altruista que bochornoso kirchnerismo, un poco en estampida después de los últimos sucesos, que es como un carozo atragantado en la garganta.

A esto se suma una economía ingobernable, que ya les costó la pérdida de elecciones cuando gobernaba la pareja, y ya forma parte de una de las grandes vergüenzas del planeta; sobre todo si se tiene en cuenta el altísimo nivel de pobres y una inflación creciente que hoy cómodamente supera el 50 por ciento anual. El peor impuesto que se le hace pagar a toda la sociedad. Tampoco hay que pasar por alto al Gobierno anterior, con un altanero presidente que hacía alardes de un poder que no tenía y de una capacidad de estadísta que en algún momento le sirvió para manejar un club de fútbol, pero no un país. En lo referido a la inseguridad, los dos Kirchner se quedaron en el mero anuncio de un plan que nunca se mostró porque no existía. Esto sucedió en el primer gobierno del cónyuge de la doctora y todo siguió igual; simplemente porque en la República del sainete, el eterno retorno de las cosas se sigue patentizando y causa escozor en quienes lo padecen (lo padecemos).

Por otro lado, el enojos tema de la inseguridad dentro del kirchnerismo está banalizado por el discurso del ex juez de la Corte Suprema Raúl Eugenio Zaffaroni, que promueve el “garantismo” bajo la teoría de que la cárcel solo empeora a las personas y que estas merecen el perdón del Estado y una segunda oportunidad. Esas ocurrencias funcionan, como ha quedado demostrado, solo en la teoría. No en la práctica, donde la inmensa mayoría de los delitos son cometidos por delincuentes reincidentes. Estuvieron presos, fueron condenados y luego liberados para darles la segunda oportunidad. Tal es el caso del asesino que mató a un indefenso comerciante en el conurbano bonaerense; el sujeto en cuestión había estado preso en agosto por un robo a mano armada y fue rápidamente liberado.

Quizá el espantoso asunto del narcotráfico diseminado en las provincias (que albergan a casi 5.000 villas de emergencia), es lo más patético; pues la mayoría son zonas liberadas. En un nivel menos dramático, aunque no menos inquietante, una candidata oficialista habla del gran negocio de la pesca de la merluza, desconociendo que la costa argentina está tarifada por la corporación política. Buena parte de la merluza que hoy se come en Europa, sale de nuestros mares y se pesca ilegalmente bajo el soborno que recibe la dirigencia. Aún pesa sobre las espaldas de la doctora Kirchner y del ingeniero Macri, la muerte de 44 pobres submarinistas que fueron condenados a un viaje fatal; la primera por haber reparado naves obsoletas de la Segunda Guerra Mundial y el otro por autorizar su navegación.

Pero si en Buenos Aires el peronismo se juega la victoria o la derrota, en la provincia de Córdoba está compitiendo por el honor. Alberto Fernández ha dicho que de una vez por “todes” los mediterráneos tienen que “integrarse a la Argentina”; asunto que no le cayó nada bien a esa gente que lo amenazó pedestremente con pegarle una soberana paliza si recala por allí. Concretamente por los despropósitos expresados.

Así las cosas a pocas horas de la elección las cosas pintan muy feo. Oficialistas y opositores no tienen demasiado que ofrecer. Las promesas se han agotado de un lado y otro. La gente se pregunta en tanto si tiene sentido emitir un voto para legalizar solamente a mediocres candidatos que lo único que prometen es más de lo mismo y, lo que es peor, sin nada al alcance de la mano o del bolsillo de los votantes.

Si no fuera por lo dramático de la situación, estas escenas escandalosas y hasta dantescas, conectadas unas con otras, que no sólo evitan la ilusión sino que a menudo presuponen la línea de una historia muy triste y repetida, que bien se podría representar en un escenario donde el grotesco domine la actuación. Por cierto todo es increíble por la mediocridad política que en su contemporaneidad nos abruma y cubre de vergüenza. ¿Qué vendrá después del domingo? Nadie lo puede predecir, pero todos suponemos que, como ya estamos acostumbrados, no vendrá lo mejor. Aquí lo malo es siempre superado por lo peor.