Los Lunes de El Imparcial

Natalia Ginzburg: Domingo

Relatos/Crónicas

Domingo 14 de noviembre de 2021

Traducción de Andrés Barba. Acantilado. Barcelona, 2021. 144 páginas. 14 €.

Por Francisco Estévez



Natalia Levi, más conocida por Natalia Ginzburg, apellido de su primer marido, el intelectual Leone Ginzburg, reconocía su memorias noveladas Léxico familiar (1963) como el precario intento de visualizar por los ojos de la memoria su infancia y adolescencia, esquirlas de la realidad. Un mismo deseo infunde algunos relatos inéditos de esta recopilación Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos, vislumbres de una vida rememorada o quizá soñada en el juego constante de penetrar los intersticios de esta realidad nuestra. La presente antología española omite una parte considerable de las piezas del original italiano Un'assenza. Racconti, memorie, cronache 1933-1988, publicado cinco años antes en Italia con estupenda introducción de Domenico Scarpa.

Este conjunto misceláneo tiene, como difícilmente puede ser de otro modo, desigual valor. Es habitual que la portentosa escritura de Ginzburg enhebre relatos de buena altura estética, aquí se incluye alguna pequeña joya como es la estructura ejemplar de “Domingo”, el clásico aroma que desprende “El mariscal” o la complicada sencillez de “Septiembre” y “Regreso”, donde se nos muestra el despertar fulgurante a la vida en el momento preciso de cerrar las primeras etapas vitales. El afán de ordenar esa masa informe que resulta a fin de cuentas el tiempo, de otorgarle cierto sentido narrativo como un rito escritural fijándose en los momentos bisagra que nos separan hacia un nuevo lugar, una nueva vida.

Al mismo tiempo esta recopilación conjuga unas medianas crónicas y recuerdos, mejores los segundos, que las primeras, y entre los cuales descuella “El miedo” con una afilada descripción de los estragos totalitarios que bien conoció Natalia Ginzburg en su exilio interior y del que conviene rememorar un fragmento a pesar de su extensión: “Dejar de tener miedo no quiere decir necesariamente haberse vuelto valiente. Dejar de tener miedo puede significar, sencillamente, que el miedo nos ha abandonado, y que en el lugar en el que antes estaba el miedo ahora hay un vacío […] al dejar de tener miedo, apartamos la mirada de nuestra vida y la dirigimos hacia otro punto. A veces ese punto no es otra cosa que un vacío. En el corazón albergamos un dolor, un recuerdo desgarrador de ese tiempo en el que estábamos tan estrechamente abrazados a la vida, en el que temíamos perderla, pero ese tiempo nos parece ahora lejanísimo, nos hemos convertido en otra cosa, nos hemos quedado pasmados, agotados, apagados, despojados de todo excepto del dolor, y por eso el tiempo del miedo nos parece un tiempo privilegiado, feliz, el miedo era hermoso, latía , bullía uy rugía en nuestra sangre, En nuestro cuerpo ahora afligido, gélido y vagabundo, acurrucado contra un muro e inapetente”.

El conjunto tiene algún que otro texto menor que apenas supera lo testimonial sin acariciar siquiera lo literario como “En la fábrica Alluminium” y algún otro. Pero, el tono lejano de toda afectación o ingenuidad, fallo común que solía apreciar Ginzburg en determinadas escritoras, permite elevar la mayoría de sus recuerdos. Por ejemplo, el evocador bosquejo de la tristeza habitual en las ciudades pequeñas (“Los cuervos vuelan sobre Matera”), la suma crueldad de una miseria sin límites en “Campesinos” y “Crónica de un pueblo”, que espantará hoy al nostálgico y sonrojará a mucho intelectual de salón y que, a la postre, nos compete a todos.

El agudo simbolismo de un retrete, las “casas fétidas de humedad”, las durísimas penalidades de la miseria para la mujer campesina de mediado el siglo XX en la Italia meridional (Mujeres del sur”), los crudos años del exilio interior; la ciudad vista en estratos temporales o las distintas caras que una misma casa pueda tener según las vueltas del tiempo, desde transmisora de enfermedades hasta la de íntimo refugio (“Via Pallamaglio”), son todos hallazgos del pensamiento y la sensibilidad de una mente aguda con el deseo permanente de reflexión sobre la memoria y los fugitivos años. La literatura, esa forma de particular visión para Ginzburg, que acaso permite desde la memoria que late en las palabras volver a ver con aquellos ojos de entonces la propia vida.

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