Opinión

La cuestión argelina, todavía

AL PASO

Juan José Solozábal | Martes 16 de noviembre de 2021

Podemos decir que Francia desde el punto de vista territorial ofrece una notable homogeneidad que llamó siempre la atención y que desde luego fue mirada con envidia por nosotros. Otra cosa sucede, seguramente, desde el punto de vista ideológico, según el que las divisiones abundan y son bien profundas. Baste pensar en el debate, aunque sea soterrado, entre la Francia legitimista y la republicana, hasta cierto punto doblado en la diferencia entre la Francia colaboracionista y la resistente; y la disputa acerca de Argelia entre los partidarios de la Argelia francesa y los simpatizantes del Frente de Liberación Nacional, favorecedores de la independencia. La cuestión argelina interesa no solo como un problema histórico evidente en la medida que sobre el mismo quedan muchos puntos por aclarar, y entre ellos el tipo de colonialismo utilizado por la metrópoli durante casi siglo y medio de ocupación , o la conducta de los contendientes durante la Guerra de independencia (1954-1962), sino que aparece como un tema que debe ser suscitado si Francia quiere conseguir la integración de su sistema político, para lo que debe ser capaz de plantearse adecuadamente problemas sin resolver y de los que depende la incorporación política de la inmigración, en este caso principalmente musulmana, que no cabe ser ignorada, y cuyas demandas de consideración y respeto deben ser atendidas.

La cuestión argelina es el tema estudiado en varias obras recientes y a las que dedica una sugerente revisión Alice Kaplan, “Guerra y memoria en Francia y Argelia” en el ultimo número de Noviembre de la New York Review of Books . Los trabajos recensionados orbitan principalmente sobre un libro de memorias del que es autor Benjamin Stora un judío argelino, que conoció el dominio colonial y que ha vivido, tras el fin de la Guerra de independencia, en Francia. Alice Kaplan llama la atención sobre tres importantes tesis de este autor, a quien Macron ha solicitado unas recomendaciones para mejorar las relaciones entre Argelia y Francia. Las tres afirmaciones de Stora se refieren , primero, a la importancia de la cuestión argelina para los franceses. Stora subraya que una de cada diez personas se encuentra muy concernida por la cuestión argelina: han servido en el ejército; o fueron voluntarias en la Guerra(harkis); hubo los pied noirs que en un gran éxodo dejaron Argelia; hay emigrantes argelinos que viven en Francia y vuelven en los veranos a casa. Además otros se implicaron en la Guerra a favor o en contra de la independencia, como lo hicieron los que ayudaron al FLN. Los miembros de la organización OAS, firmes partidarios del mantenimiento de la Argelia Francesa, cometieron actos de terror contra civiles tanto en Francia como en Argelia. Por esta razón, sostiene Stora, el drama argelino pesa más en la Sociedad francesa que cualquier otra carga en ningún país con pasado colonial. Adicionalmente, Benjamin Stora constata como, frente a la unanimidad de los argelinos en torno al mito fundador de la nación con un conjunto de narraciones heroicas, del lado francés hay una pugna insuperable entre los partidarios de la Argelia argelina y la vision imperecedora de la Argelia francesa (que llega como sabe el lector avisado hasta Jean Marie Le Pen o Eric Zemmour). Finalmente, lo que Stora propone al Presidente Macron son una serie de recomendaciones con un propósito curativo, así la compartición de archivos, el acceso a los archivos franceses para los investigadores argelinos, visados tanto para los investigadores franceses como para los argelinos, y aconsejar al gobierno francés que reconozca los episodios más brutales de la Guerra de la independencia.

La recensionista Alice Kaplan apunta la modestia de los resultados, pues los reconocimientos por parte del gobierno de la brutalidad francesa durante la Guerra solo raramente alcanzan a los propios argelinos, quedándose en la admisión de excesos frente a los franceses comprometidos con los independentistas(FLN). Incluso puede hablarse , ahora mismo, de una situación totalmente contraria a los propósitos de las recomendaciones de Stora, pues el número de visados para argelinos se redujo en un cincuenta por ciento e incluso se produjo un incidente diplomático en relación con las quejas de Macron por el sentido ultranacionalista de las conmemoraciones oficiales argelinas de la liberación y las manifestaciones populares contra el gobierno (Hirak).

El segundo libro recensionado consiste en un libro de memorias de un líder argelino, Mokhtar Mokhtefi, I was a French Muslim, que relata la experiencia de la Guerra de independencia, especialmente la suya como miembro de la sección de inteligencia del FLN. Tenía cosas importantes que decir sobre su liderazgo en la asociación argelina de estudiantes y su trabajo en la reforma agraria en el Ministerio de Agricultura, en suma sobre sus aspiraciones en aquellos tempranos años y las decepciones que le llevaron al exilio en Francia y después los Estados Unidos. Hay algunos detalles de interés en ese libro: así sus apuntes sobre la profundidad de la francesización de las elites argelinas y su dilema existencial entre el progreso y el desapego del modo tradicional, que no tenía mucho que ver con la dificultad de adoptar modos de vestir ajenos o mantener costumbres propias. De lo que se trataba era de “ separar lo que representa el progreso y lo que tiende a despersonalizarme y que de hecho me hace renunciar a cientos de años de historia”. Hay también una defensa del politeísmo como manifestación del pluralismo y la tolerancia religiosa, protestando ante las persecuciones religiosas integristas en Argelia de los años noventa. “La humanidad ha tenido una multitud de dioses, han venerado faraones, piedras, árboles, espíritus, y en algunos sitios continúan haciéndolo. Creo que nuestros hijos deberían saber que hay agnósticos ateos que merecen nuestro respeto. La intolerancia es peligrosa”. Estas afirmaciones me parecen importantes, en el rescate del pensamiento de Mokhefi. Su denuncia de la escasa estatura intelectual de los líderes argelinos y su incompatibilidad con el régimen que le llevó al exilio, comparativamente, ofrecen un interés menor, aunque se trate de planteamientos políticos llamativos. Por lo demás transmiten un anhelo de encontrar, quizás en el pasado anterior a la colonización francesa, un suelo argelino cuyo horizonte intelectual puede aspirar, después de su reconocimiento y positiva valoración, a la convivencia sin problemas con la democracia constitucional francesa, y sus principios ilustrados de la tolerancia y el pluralismo.