Opinión

La culminación posible del disparate económico

Juan Velarde Fuertes | Jueves 18 de septiembre de 2008
Conviene señalar, como cuestión previa, que España, por sí misma, caminaba hacia una crisis económica irremediable. El motivo era sencillo. La política económica, sobre todo la practicada de modo acentuado desde 2004, había decidido que su desarrollo fuese hacia dentro. Se abandonaba la línea de desarrollo basado en los mercados y posibilidades exteriores, a través de exportaciones por un lado y de importaciones de capitales a largo plazo y de actividades empresariales extranjeras, que siempre comunicaban impulsos, incluso gigantescos, a nuestra economía, como muestra la historia de la economía española desde los siglos XIX y XX. Absurdamente, se decidió que la demanda interior –consumo e inversión nacionales debía ser el motor del progreso económico.

Como siempre que tan desatinada medida se adopta, la exportación se desatendió, a pesar de que existían bases para que ésta hubiera podido ser un arma adecuada para nuestro progreso. El fruto fue un creciente déficit de la balanza por cuenta corriente que llegaba a superar, en los doce meses que concluyen en junio de 2008, los 160 mil millones de dólares, en torno al 10% del PIB. Todo se agravaba por una pésima política energética, basada en el llamado parón nuclear. Ello exigió un incremento notable en las importaciones de combustibles fósiles de todo tipo, que arriban de mercados cartelizados, o sea, por fuerza, caros. Su sustitución por las llamadas energías renovables significa optar por una energía cara, con la que la industria trabaja en condiciones costosas, y no puede exportar.

La salida a los mercados exteriores se complica adicionalmente por el exceso de intervencionismos, la aparición de las empresas públicas en las Comunidades Autónomas e, incluso, en las corporaciones locales, que generan bienes y servicios que se ofrecen en el mercado interior a precios altos. Esto es, el intervencionismo que no retrocede, adicionado con nuevas empresas públicas, encarece, y por tanto, genera una fuerte inflación estructural, visible en el sistemático diferencial de nuestro IPC y de nuestros precios industriales respecto a los índices paralelos de la Eurozona. Y ello también impide, con fuerza, la competitividad. Las instituciones que pasaban a actuar en nuestra economía, no seguían el camino de la apertura, sino del cierre. Un trabajo reciente del profesor Carlos Sebastián lo pone de manifiesto con claridad. De paso se dejaron a un lado –ahí están recientes investigaciones dirigidas por el profesor Segura las políticas de incremento de la productividad, con lo que la posibilidad de vender en los mercados mundiales se cerraba aun más.

Desde 1928 con un artículo de Allyn Young en “The Economic Journal”, y para España, desde 1935 y un artículo de Perpiñá Grau en “Weltwirtschaftliches Archiv” sabemos que es imposible producir para mercados pequeños a precios reducidos. La puntualización última vino de Myrdal, en su aportación “An American Dilemma: The negro problem”, cuando señaló, definitivamente, que el enlace con mercados grandes produce lo que él llama, un proceso de “causación acumulativa positiva”, esto es, de riqueza que llama a riqueza, mientras que si se actúa para mercados pequeños, la causación es “acumulativa negativa”, esto es, de subdesarrollo que genera cada vez más subdesarrollo. Precisamente el auge rapidísimo de la economía española de 1959 a 2007, se debe a que los mercados de nuestra nación se abrieron hacia el exterior de modo cada vez mayor.

Desde 2004, al orientar hacia el interior nuestra economía –uno de sus aspectos fue la industria de la construcción, como base del desarrollo , se mantuvo la apariencia de crecimiento gracias a un endeudamiento creciente, a corto plazo. Fue esto la droga que mantuvo la euforia. Pero un endeudamiento, que por todo lo dicho, se amplió extraordinariamente en ese periodo, no puede ser eterno. Y he aquí que cuando había alcanzado cifras enormes, que habrían, por sí mismas, originado una crisis económica muy seria para España, se produjo otra muy seria crisis financiera internacional. El choque conjunto de nuestra mala coyuntura con el desplome financiero internacional explica lo serio de la realidad actual.

La culminación de lo que ha sido una pésima política económica desde 2004, sería hacer alguna de estas tres cosas. El primer disparate, creer que con incremento del gasto público se resuelve algo. Antes al contrario, como éste genera déficit y eso obliga a acudir a los mercados financieros a crear ahorro por parte del Sector público, éste resta fondos a la actividad empresarial, lo cual, al obligar a pujar por ese resto escaso, sube automáticamente los tipos de interés.

La segunda equivocación radical sería cortar nuestros lazos con el mundo globalizado, al considerar que sólo de él vienen los males para nuestra economía, con lo que ese retorno a la autarquía, o si se quiere, a los tiempos de Cánovas, de Cambó o de Arburúa sería lo adecuado.

La tercera actuación errónea sería creer que debe aumentarse el intervencionismo del Estado y huir del mercado. Tamaño disparate encarecedor, concluiría por hundirnos en la miseria. Hay que denunciar esas tentaciones, porque a poco que se observe, se comprueba que afloran más de una vez en España.

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