En otro escrito sobre Barral y sus amigos, me he referido a una triple relación, necesaria en toda sana sociedad democrática: las élites, la representación política y el pluralismo ideológico; esa triple relación encuentra su vértice en el control del poder, y cuando el control encuentra dificultades para ejercerse, como ahora en muchas democracias representativas, y España es un ejemplo, todo el sistema político-social deja de dar soluciones adecuadas, y ya no aporta satisfacciones a los gobernados, y entonces aparece la incertidumbre ante el futuro y el desapego social ante las instituciones representativas. Nuestra actual situación histórica podría calificarse de decadente.
Recuerdo la relación de amistad con Carlos Barral (1928-1989). En 1982 , Barral fue miembro del grupo parlamentario socialista del Senado, y yo dirigía ese grupo con varios senadores, entre los que se encontraban Ramón Rubial (1906-1999) y José Prat (1905-1994), dos protagonistas -trágicos- de la Guerra Civil; y otros varios compañeros de mi generación como Alberto Aguiriano (1940-2019), Francisco Moreno (1949), Juan González Bedoya (1945), Rafael Estrella (1950), Jaime Barreiro (1951), Antoni Villalonga (1950), Bernardo Bayona (1952-2019) y Soledad Mestre (1948-2012).
Carlos Barral compartió conmigo, a pesar de que era su jefe parlamentario, y que además pertenecía a una generación más joven que la suya, una relación de confianza, una sintonía moral que se podría calificar de amistad. El Carlos Barral que yo conocí era un personaje alejado del estereotipo de la gauche divine barcelonesa de los años sesenta; una élite sin complejos, cuyos nombres iban de Gabriel Ferraté (1922-1972), un malogrado genio lingüístico, pasando por Juan Marsé (1933-2020), el gran novelista y que no encajaba por su origen obrero en el grupo, hasta Teresa Gimpera (1936), la icónica actriz cinematográfica.
A pesar de las diferencias de edad, estrato social, estilo de vida, orígenes políticos y lo que podríamos llamar -según Goethe- afinidades electivas, las relaciones del escritor y editor famoso, con el reciente dirigente parlamentario, se establecieron con confianza y con una complicidad que a él y a mí nos capturó. Como he relatado en otras semblanzas sobre Barral, las relaciones y sus circunstancias fueron especialmente intensas y difíciles. Entonces no hubo el tono de diversión y sátira de aquella gauche divine a la que perteneció, sino que se daba la alegría y seriedad de los soldados conquistadores. Carlos Barral compartió conmigo veladas en el hotel sobre la sociedad en la que vivíamos, y así conocí a alguno de sus amigos, Jaime Salinas (1909-2012), el editor más imaginativo de su tiempo, y el gran poeta Jaime Gil de Biedma (1923-1990). Pero quien estuvo más próximo a Barral, también a Yvonne Hortet (1932-2015), su esposa y columna familiar, fue Alberto Oliart (1928-2021), ministro de Defensa tras el 23F, su amigo fundamental.
Carlos Barral murió en 1989, a los 61 años de edad, y unos meses más tarde sus cenizas fueron arrojadas al mar, en Calafell, su Mediterráneo más íntimo. Yo estuve allí, y sentí cosas especiales, pues la mar había sido vínculo de nuestras conversaciones; le pedí varias veces que me hablase de nudos de pesca, pues hay un pasaje de sus memorias en las que Barral se refiere a un cubano que no sabía empatar un anzuelo con un sedal. Barral escribe que esos nudos los sabían hacer miles de años atrás los aqueos y el mismo Ulises.
Octavio Paz (1914-1998) fue el más importante testigo de aquella ceremonia del adiós a Carlos Barral. Octavio Paz había sido uno de los asiduos en la casa familiar de Barral en Calafell, y su afecto por Yvonne era muy grande. Era una celebridad internacional y había recibido, entre otras distinciones culturales, los premios Cervantes, el Príncipe de Asturias, y estaba en el ambiente el premio Nobel de Literatura, que recibió unos meses más tarde. Estuvieron otros varios destacados protagonistas de la cultura y de la ciencia de aquellos años. Revisando las fotografías del acto, y un libro que imprimimos para la ceremonia (en el que publiqué un poema que mantuve en el anonimato), recuerdo la gran impresión que me causó Mario Muchnik (1931), el gran editor, físico nuclear y comprometido con el judaísmo y el mantenimiento de la memoria del Holocausto. Estaba con su padre, Jacobo Muchnik (1907-1995), y padre e hijo me dejaron el recuerdo de tipos inteligentísimos y realmente simpáticos.
En aquella jornada, yo era tan sólo un representante de la política española que avanzaba en Europa desde hacía pocos años. Si tuve algún papel, en medio de tantos genios reunidos, fue porque conté cuál podía ser futuro de España en el mundo. Octavio Paz, que a mí me impresionaba mucho, me escuchó con atención; en plena Guerra Civil participó con Antonio Machado (1875-1931) y Pablo Neruda (1904-1973) en el famoso II Congreso Internacional de la Cultura, Valencia (1937), en defensa de la II República. Desde la perspectiva que escribo hoy, creo descubrir que la política de los primeros años de la actual democracia tenía capacidad de justificarse ante la cultura por sus logros, que eran resultado de grandes acuerdos.