Este domingo 21 de noviembre Chile vivió las elecciones más importantes y estrechas desde el regreso a la democracia en 1990. En esa ocasión arribó a La Moneda Patricio Aylwin, del Partido Demócrata Cristiano y líder de la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición exitosa que tuvo cuatro triunfos consecutivos: luego venció otro DC, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, que dio paso al socialista Ricardo Lagos y finalmente a Michelle Bachelet. Esta última regresó al gobierno el 2014 en una fórmula distinta, la Nueva Mayoría, que incluía al Partido Comunista. La centroderecha, por su parte, alcanzó durante dos veces el premio máximo, en ambos casos bajo la figura de Sebastián Piñera, actual Presidente de Chile.
La primera conclusión de esta elección es que las dos coaliciones que han gobernado en los últimos treinta años han dado paso a nuevos referentes políticos. José Antonio Kast obtuvo el 27,91%, con 1.961.122 votos y Gabriel Boric logró 25,83%, con 1.814.809 votos. Ambos deberán enfrentarse en la segunda vuelta presidencial, el próximo 19 de diciembre: quien gane será el próximo gobernante del país. El sistema chileno contempla la segunda vuelta desde la Constitución de 1980, y se ha aplicado en 5 ocasiones: Lagos, luego Bachelet en dos ocasiones y Piñera en otras dos. Esto permite que gobierne quien tenga mayoría, superando la falta de legitimidad democrática que existió antes de 1973: gobernantes como Jorge Alessandri y Salvador Allende llegaron a La Moneda con el 32% y el 36%, respectivamente.
¿Qué representan ambos candidatos triunfadores? Si se lleva a una comparación con la política española, Kast y su Partido Republicano sería análogo a Vox, una fuerza que procura ser una alternativa a la derecha tradicional, que considera ha perdido línea política, trabajo en la calle y preocupación por los problemas fundamentales de la población, como delincuencia, inmigración y narcotráfico. En el caso del Frente Amplio –que participa aliado con el Partido Comunista de Chile– y su líder Gabriel Boric, representa una posición similar a la de Podemos, de Pablo Iglesias. Es decir, fuerzas que emergen a la derecha y a la izquierda de los grupos tradicionales de la democracia chilena y española, respectivamente.
Hay muchos factores que explican este cambio: el desgaste en el ejercicio del poder, las dificultades que existen hoy para gobernar en diversos lugares del mundo, un claro cambio generacional y el surgimiento de competencia que se atrevió a desafiar a las dos fuerzas políticas dominantes. A esto se suman aspectos propios de la campaña, en la cual Kast y Boric lograron consolidar sus candidaturas, mientras las otras fuerzas políticas –de centroderecha y de centroizquierda– estuvieron muy por debajo de las expectativas y de sus resultados históricos: Sebastián Sichel logró 898.510 votos, con el 12,79% (de Chile Podemos Más, centroderecha); Yasna Provoste obtuvo 815.558 sufragios, con el 11,61% (de la antigua Concertación, ahora bajo la denominación Nuevo Pacto Social).
Si las candidaturas triunfadoras hoy son consideradas de izquierda y derecha, o de extrema izquierda y de extrema derecha, la segunda vuelta representa la posibilidad de una nueva elección y, por lo mismo, de ajustar los programas y luchar por la conquista del centro político. Gobernar es muy diferente a iniciar una campaña presidencial y hoy resulta especialmente complejo ejercer funciones ejecutivas. Por lo mismo, tanto Kast como Boric ya han comenzado la tarea por avanzar hacia sectores que en primera vuelta apoyaron a otras candidaturas y de sumar respaldos de partidos que han quedado fuera de competencia. Asimismo, requieren potenciar sus equipos e incorporar temas programáticos que fueron parte de otros programas y que podrían ser valiosos para el país.
Es necesario hacer dos reflexiones adicionales. La primera se refiere a la composición del Congreso Nacional, que en el caso de Chile es bicameral, con un Senado y una Cámara de Diputados que tienen importantes funciones dentro del orden constitucional del país. En el caso de la Cámara Alta (Senado), ha quedado prácticamente en un empate para el próximo periodo, lo que obligará a llegar a acuerdos y no a pasar la máquina de un sector a otro. La Cámara de Diputados presenta una complejidad adicional: ningún grupo político tiene mayoría, lo que augura no solo un gobierno de minoría parlamentaria en el próximo periodo, sino también la necesidad de procurar acuerdos políticos y sociales, como los que vivió Chile a comienzos de la democracia o España en su época de la transición.
Finalmente, no se debe olvidar un aspecto crucial: Chile vive, paralelamente, un proceso constituyente, con una Convención que estudia una nueva carta fundamental. Esto responde tanto a los efectos de la revolución de octubre de 2019 como a las votaciones posteriores, el plebiscito constitucional de entrada y las elecciones de convencionales. Hoy la Convención ha recibido una señal muy potente contra el sentido refundacional que tuvo en su comienzo y que reivindicaron muchos de sus miembros más izquierdistas. Chile es mucho más equilibrado de lo que pareció ser tras el 18 de octubre y hoy las aguas parecen haber vuelto a su cauce. El futuro se ve más equilibrado de lo que muchos pensaron en la hora más eufórica de la revolución.
No podemos olvidar que Chile ha experimentado dos años de crisis continuas: económica y social, política e institucional, y por cierto también sanitaria. Quizá este 21 de noviembre el país ha comenzado a salir de algunas de esas crisis, pero nada augura tiempos fáciles: por el contrario, la incertidumbre está instalada y seguirá siendo parte de la discusión pública, la organización de las instituciones y la proyección del futuro. Como en otros tiempos de la historia, la democracia ha devuelto una nueva oportunidad a Chile, y el 19 de diciembre próximo comenzará a dibujarse el complejo futuro, dentro de un continente lleno de movimientos, transformaciones y crisis.