Opinión

Mustios eunucos

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Lunes 22 de noviembre de 2021

Me llevó a su casa un joven amigo que había pasado por mis clases y preparaba un libro de conversaciones. Sabía bien que yo no tenía nada que aportar, pero podía adoptar la posición del entrevistador y hacer preguntas adecuadas. Yo quería hablar de la necesidad antropológica de la metafísica, pero ni me expliqué bien ni creo que importara demasiado, porque en definitiva sólo me movía la curiosidad. Curiosidad por ver y escuchar de cerca al filósofo. Así que de la mano de Diego me adentré en los dominios del cíclope, que resultó ser un duende amable y sencillo, en absoluto avasallador, que miró con enorme displicencia – del todo justificada – cuanto yo pudiera decir sobre metafísica. La “conversación” no tuvo lugar, pero estuvimos hablando. Y bebiendo. Hablamos de su vida, de su pasado, apenas de su futuro porque enseguida nos recordaba que su futuro era ya casi enteramente póstumo.

Yo leí hace más de treinta años su “Historia General de las Drogas”. Una obra excepcional, a la que sólo habría que objetar el haber eclipsado en buena medida el resto. Durante mis estudios leí algunos textos, siempre eruditos y de una erudición oportuna sin excepción. Nada más lejos del pedante. Recuerdo especialmente un libro de poco volumen, pero que me pareció asombroso “De Physis a Polis”, una aproximación a los presocráticos al estilo de Escohotado. Una obra menor, se me dirá, pero es que tengo debilidad por las obras menores.

Durante décadas dejé de frecuentarlo, estuve durante algún tiempo atrapado por el sistema... quiero decir: felizmente atrapado por lo que pude alcanzar del sistema de Gustavo Bueno. Por otra parte, siempre he sido demasiado picaflor y fui pasando por toda suerte de lecturas. Recalé hace unos años en “Los enemigos del comercio”, monumental y maravillosamente discutible. Entonces como hoy era yo un enemigo declarado de la sustantivación del comercio, de su transfiguración en forma y fondo de la vida humana. Discutirlo me llevaría al menos tanto tiempo como a Escohotado le había costado escribirlo. Ars longa, vita brevis, alguna vez lo veo reposar en la librería.

Las diferencias entre los fundamentos de su comprensión del mundo y de la que yo fui asumiendo, su posición ante la vida y la muerte, Dios y/o la Realidad... podrían haber dado lugar a una hermosa conversación de la que sólo yo tenía muchísimo que aprender, aunque le habría opuesto una resistencia numantina. Pero ya era muy tarde, yo era viejo y Escohotado estaba más allá de la edad. Admiré su soberana libertad y una estructura moral que muchos niegan a los que afirman su comprensión del mundo. Lamento que no hubiera sido antes, mucho antes de que el tiempo nos acosara como acostumbra, aunque creo que él ha sabido burlarlo con una sonrisa.

En suma, pasé una tarde estupenda, lejos de toda consideración de cuestiones metafísicas. Rodeado de jóvenes brillantes. Había recibido el premio Juan de Mariana y se habló de lo necesario para la ceremonia. Acabamos cenando en su restaurante favorito, en Torrelodones. Creo que algunos rastros infalibles me permitieron vencer su recelo inicial. Conocía bien la respuesta a la pregunta iniciática. Mi rechazo al consumo de fármacos deriva únicamente de mi miedo a mí mismo, de mi propio conocimiento. Alguna referencia a Martin Venator y un buen metabolismo me permitieron aproximarme a un magisterio que se apagaba y quise notar, al final de la noche, un verdadero hilo de simpatía.

Su habla limpia, casi excesivamente geométrica, acreditó mi percepción de un frío racionalismo en su trato con las drogas. Nos habló de un diario minucioso en el que durante décadas detalló sus incursiones. No dejaré de leerlo. Yo soy indudablemente menos equilibrado y le tengo un sagrado respeto al rapto. Pero Escohotado hablaba con una transparencia y lucidez fruto de muchos años de trabajo disciplinado. Su recibimiento pasaba por una pregunta fundamental: “¿A qué dedicas tu tiempo, amigo?”. No hay pregunta más verdadera. Le dije la verdad: Leo y bebo.

El filósofo alentaba un rescoldo, casi una pavesa de su vieja vitalidad. Suficiente para rematar a sus enemigos con el título más adecuado: “mustios eunucos”. Escohotado ha sido, al menos en sus textos, un hombre libre, vital y generoso. Su vida, que no conozco, ya importa menos. Quedará un cálido recuerdo en los que le quisieron y un resabio de nada en los que no le quisieron. Yo encontré aquella tarde a un hombre muy consumido, pero todavía vital. Sabedor de que el calor, que se le escapaba, anunciaba el final. Incluso muerto está más vivo que aquellos mustios eunucos de cuyo nombre no quiero acordarme. Que la tierra le sea leve.