Opinión

España: nueva edición, corregida y aumentada

TRIBUNA

Fernando Muñoz | Viernes 26 de noviembre de 2021

Todos sobrellevamos nuestras contradicciones, la vida no tiene nunca una coherencia geométrica. Dicho esto, no deja de ser asombroso cómo se hacen las más dolorosas contorsiones para mantener la más tajante distinción entre el bien y el mal. No es temple, es desvergüenza o falta de pudor en busca de una coherencia impostada.

La apelación constante a Franco y al franquismo es otra forma de avisar silencio o amenazar miedo. Es una amenaza evidente que pretende que dejemos de pensar lo que pensamos o, al menos, de publicarlo. Es una estrategia repugnante que parte de declarar absolutamente tenebroso el período que media entre la guerra civil y la restauración, de manera que baste señalar un claroscuro para que se considere probada la persistencia del franquismo: críptico, sociológico, cultural, atávico... pónganle el adjetivo que les convenga.

La estrategia alcanza plenamente su objetivo si comete uno el error de decir algo del siguiente tenor: “pues si eso es franquismo, entonces yo soy franquista”. Inmediatamente se ocultará la frase condicional y se leerá una confesión: la prueba de que vive ese franquismo encriptado y silencioso. Matizar es fascista.

El vigente fascismo antifascista se parece al viejo fascismo fascista en su núcleo brutal: en la identificación de justicia con victoria. De ahí que haga ya mucho tiempo que forzó la simplificación extrema de un alineamiento binario y sin matices, para llevarnos al choque limpio y la escisión tajante: A o no A, o conmigo o contra mí. Frente a la luz la noche oscura, sin color y sin penumbras.

Forma parte de la misma operación el aviso que nos pide precaución ante las víctimas, porque las víctimas a menudo son culpables. He oído decir que también Hitler es una víctima. Esto, sin embargo, es confundir víctima y vencido. La víctima es inocente. Si uno es culpable no es víctima, aunque haya sido derrotado.

Confundir a las víctimas con los vencidos extiende al cementerio la línea que separa la plena luz de la noche plena. El criterio para señalar las víctimas entre la muchedumbre de los vencidos es el mismo que ya sirve para distinguir en el presente al amigo del enemigo: A o no A. Los suyos derrotados, víctimas las nuestras. Víctimas las que recuerda nuestra memoria, vencidos los suyos, incluso cuando, en algún momento, hubieran sido de los nuestros.

Basta no haber renunciado del todo al propio juicio y conservar la mínima estructura moral para que nos crezca una elemental repugnancia ante el gesto que denuncia un franquismo activo a la vez que eleva a asesinos actuales a la condición de héroes de la liberación y mitos nacionales. Ese franquismo escondido hereda la culpa por la que claman las víctimas, por cuya sangre queda hoy purificada su nación liberada y soberana. Da asco exigir la misma alineación a vivos y muertos: víctimas y vencidos.

El fascismo antifascista es una réplica inversa del fascismo fascista en cuyo espejo tiene clavada la mirada. Los muertos de la victoria son víctimas, los muertos de la derrota sólo fueron vencidos. Queda establecer quién alcanzó la victoria.

Durante años hubo un franquismo vencedor, ahora las leyes que definen la corrección del pensamiento dictaminan que Franco fue vencido. Las víctimas de entonces son ahora fascistas muertos y bien muertos, no como aquellos que la nueva memoria dignifica y eleva al altar del sacrificio: víctimas inocentes cuya muerte apuntaló la victoria que narrará desde hoy la historia. La conclusión – si se aceptan tan terroríficas premisas – sólo puede ser una: o vencemos o nuestras víctimas serán culpables. Pero el fantástico fascismo, el fascismo eterno, nunca es vencido del todo, siempre reaparece como el mal sustantivo que legitima la apoteosis de los nuestros.

Viene un tiempo de reediciones y nuevos comentarios. Las víctimas de entonces perderán su estatuto en nombre de una verdad prostituida, perdón, tan sólo corregida y aumentada. La nueva edición reconocerá otras víctimas y señalará otras derrotas. De purga en purga hasta la versión final. Y mientras, el pensamiento duerme plácidamente en la academia, a la espera de que le den razón de la victoria, supongo.