Opinión

En defensa de Catón

TRIBUNA

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 26 de noviembre de 2021

Hace sólo 2200 años, durante la Tercera Guerra Macedónica, Marco Porcio Catón, pronunció su famoso discurso En defensa de los rodios, en el que se enfrentaba al pretor Juvencio Thalna, que quería declarar la guerra a los rodios por haber firmado éstos un tratado de amistad con Macedonia, aunque posteriormente no hiciesen ninguna acción bélica concreta contra Roma, ni ayudasen materialmente a Macedonia. Se trataba sólo de castigar su voluntad de ser amigos de los enemigos de Roma y su intención no materializada de apoyar a los macedonios. Pero para Catón no se puede castigar la intención no convertida en acción, el deseo no cumplido, la voluntad desnuda. Este es uno de los discursos que deberían conocer todos los gobiernos amigos de la Democracia, los Parlamentos, los Ministerios de Justicia, y, en general, todos los políticos. El republicano Catón es aún una voz poderosa contra estos tiempos en que se juzga a las personas no por sus hechos y obras, sino por su sexo – la mujer es mejor que el hombre -, su raza – toda raza es superior moralmente a la proterva raza blanca -, su ideología – lo políticamente correcto debe prevalecer sobre los principios y valores de la democracia liberal -, su origen regional - regiones sometidas sobre regiones imperiales - o su condición social. Vivimos una época en que ya no somos hijos de nuestras obras ( como la emancipación cervantina establece ), social y políticamente hablando, sino de categorías unilaterales impuestas por ese frenesí tabulador del nuevo Frente Popular.

Pero debemos defender que sólo es punible hacer el mal, no querer el mal. En una Democracia que se precie no se puede sancionar la intención. Es la acción, y no el deseo, la que delinque. No es legal castigar a nadie que quiera cometer un daño, si no ha puesto en práctica su deseo. No se puede considerar justo castigar a alguien acusado de haber querido obrar mal, pero que finalmente no obró mal. Del mismo modo que no es justo premiar a quien quería realizar un bien, pero que no lo realizó, que sólo quedó en una buena intención, no se puede castigar tampoco las malas intenciones, si no llegan a realizarse en actos. Las leyes no permiten hacer lo que ha sido prohibido; sin embargo, no iría contra la justicia querer hacerlo si estuviera permitido. Sólo los hechos deben ser censurados y llevados a juicio, pero los actos de voluntad están desnudos y vacíos, por lo que nunca les deberían ser aplicables ni las leyes ni las penas. No se puede calificar como punible la voluntad de cometer delitos que jamás fueron consumados.

Decía Benjamin Constant que si se permite que el gobierno realice funciones especulativas o preventivas, es decir, que actúe basándose en sospechas, intenciones o posibilidades, antes de que los hechos sucedan, acabará prohibiéndolo todo para evitarse problemas. Sus funciones deben ser exclusivamente “positivas”, es decir, actuando después de que los hechos se hayan producido, para castigar los delitos cometidos o reparar los males causados. Evidentemente, esto supone una protección menor, pero la libertad comporta siempre ciertos riesgos, que es preferible asumir antes que verse privado de ella.

En realidad, el propio discurso de Catón nos sirve también para defender la libertad de pensamiento, que nunca delinque si no se convierte en acto o hecho, y eso en el supuesto de que el pensamiento sea maligno. Por ello mismo, el imperio catequético de lo políticamente correcto no puede castigar el puro pensamiento; a los discrepantes no les puede pasar lo que les ocurrió a los rodios en una Democracia que se precie.

Para el Estado sólo los hechos comportan un significado punible o laudable, y no el interior mental y la mera opinión libérrima de cada ciudadano. Así, los hechos xenófobos, “tangibillimi”, del gobierno catalán contra los castellanohablantes deben interesar al Estado, y no las bárbaras e iletradas opiniones xenófobas, que sin dudan deben preocupar, pero que sólo hay que combatir con la educación y la cultura democráticas. O mejor, con la cultura en general, sin adjetivos. Si el gran Erich Fromm oponía el ser al tener, en la vida política y en la convivencia democrática lo que cuenta es el hacer y el comportamiento de cada uno ( ética ) y no la metafísica del ser o la identidad última de cada ciudadano. Sólo así pueden convivir distintas religiones, distintas ideologías, etnias o razas. Para la Democracia sólo son relevantes los hechos.

Porque, además, las metafísicas de los partidos suelen ser planas, tuertamente unilaterales, y jamás estereoscópicas. Como decía el genial Strindberg en sus Banderas Negras: “Vosotros, los hombres de partido, sois como los gatos tuertos. Algunos sólo ven con el ojo izquierdo, otros con el derecho, y por eso jamás podéis ver estereoscópicamente, sino que siempre veis las cosas planas y desde un solo ángulo”. La Democracia sólo puede considerar los hechos y las obras. Las identidades se le escapan. Cuando los partidos definen el ser político de cada ciudadano por su ideología, sexo o nacionalidad, no hacen otra cosa que trazar líneas en el agua. Schopenhauer diferenciaba con agudeza los hechos y las obras: “La diferencia principal es que los hechos pasan, mientras que las obras permanecen. Hasta el hecho más noble tiene sólo una influencia temporaria; en cambio la obra vive y actúa en las generaciones futuras”. Un hecho histórico es una acción política; una obra, una Constitución, unas reglas de juego.

Toda la polifonía del concepto sinquítico de Democracia apoyará siempre la no culpabilidad de los rodios, y la figura, severa y ardientemente republicana, de Catón.