Opinión

El último abrazo

TRIBUNA

Jesús Romero-Trillo | Sábado 27 de noviembre de 2021

Probablemente el nombre de Helen Prejean no signifique nada para la inmensa mayoría de los lectores. Sin embargo, si preguntamos quién se acuerda de la monja de la película “Pena de muerte”, dirigida por Tim Robbins y protagonizada por Susan Sarandon, seguramente muchos recordarán a la religiosa que acompañó con una gran humanidad al condenado a muerte interpretado por Sean Penn.

Hace exactamente 40 años, en 1981, la Hermana Helen comenzó a acompañar espiritualmente a condenados a muerte en Nueva Orleans. De su experiencia en el corredor de la muerte nació el libro que dio origen a la película, que cosechó una gran acogida por parte del publico y obtuvo el Premio Óscar a la mejor actriz.

El 9 de noviembre de este año la hermana Helen ha publicado un conmovedor artículo en el New York Times en el que narra su experiencia de cómo los condenados a muerte dejan de ser “intocables” y vuelven a sentirse seres humanos cuando alguien les pone la mano en el hombro y reza con ellos minutos antes de la ejecución. Este último gesto de consuelo se prohibió en el Estado de Texas en 2019. Por este motivo hace unas semanas los abogados del reo John Henry Ramírez han logrado detener su ejecución en Texas solicitando a la Corte Suprema el derecho a ser acompañado en los últimos momentos de su vida.

El 30 de noviembre se celebra la “Jornada Internacional Ciudades por la Vida, Ciudades contra la Pena de Muerte”, a la que se han sumado varios miles de ciudades de los cinco continentes. En 2020, según datos de Amnistía Internacional, se contabilizaron 483 ejecuciones en 18 países, aunque según la organización fueron muchas más. Al final del año pasado 144 países habían eliminado la pena capital en su legislación o en la práctica, pero aún quedaban 28.567 personas condenadas a muerte en el mundo.

La Hermana Helen denuncia un hecho que todos comprendemos tras la pandemia. Privar del último abrazo a los condenados a muerte es una crueldad extrema, pues en este caso no sirven los abrazos virtuales.

@jromerotrillo