El presidente cántabro, Miguel Ángel Revilla, cuando me saluda, no hay vez que no dice a los que le escuchan -y suelen ser congregación-: “Laborda, el que más se oponía a Cantabria como región”.
No sé si el que más, pero cuando formé parte en 1977 de la asamblea de parlamentarios para configurar una posible autonomía de Castilla y León, defendí con argumentos de todo tipo, también históricos, que la entonces provincia de Santander tenía que ser la vertiente marítima-cantábrica de la nueva comunidad regional, que el proyecto de Constitución estaba a punto de hacer posible.
Castilla y León sufrió la amputación de la Montaña: absurdamente, dejó de salir al mar, cuando esa hazaña había llevado a los castellanos a descubrir América. Juan de la Cosa (1450-1510), el primer cartógrafo de América, nacido en Santoña, era el maestre de la nao Santa María en el primer viaje de Colón, y haría otras seis travesías al nuevo mundo. En 1508, el rey Fernando el Católico presidió en Burgos una Junta con los mejores navegantes del reino castellano, para estudiar cómo llegar desde América a Asia, y Juan de la Cosa fue convocado a esa cumbre de descubridores, a la vez que Vicente Yáñez Pinzón, Juan Díaz de Solís y Américo Vespucio, nada menos. Por aquel entonces, el reino de Castilla y León dominaba los océanos.
Cuando el Estado de las Autonomías se estaba configurando, las tradicionales clases dirigentes de Burgos, León y Segovia se enfrascaron en discusiones sobre la capitalidad, o si la fiesta regional debía ser Villalar o San Fernando, así que los santanderinos decidieron rápidamente que querían ser Comunidad de Cantabria, y lograron su Estatuto mucho antes que Castilla y León, que en realidad fue la última Autonomía de España, descontando Ceuta y Melilla. El barco de Castilla y León se quedó varado en seco, y existiría una mínima probabilidad de acuerdo con Cantabria para salir al Cantábrico, que algún día hablaré de ella.
Los límites de los territorios, las fronteras de las regiones o de los Estados, la geografía política, en suma, no es nada natural, sino obra de los seres humanos, muchas veces -como el caso de Cantabria y Castilla y León- más resultado de las circunstancias que de decisiones lógicas. Eric J. Hobsbawn, el gran historiador europeo, escribió una vez que los astronautas ahí arriba no ven fronteras en el globo terráqueo.
Algo parecido sucedió a finales del siglo XV entre la ría del Asón, hoy en Cantabria, y la ría del Nervión, en la comarca que va de Bilbao a las Encartaciones vizcaínas.
Para sentir lo que voy a contar en pocos trazos, hay que viajar por la carretera N-629 (viajar, distinto que hacer turismo): comenzamos en la comarca de las Merindades y Villarcayo, para subir y bajar algunos puertos de montaña, destacadamente -por su belleza- el puerto de Los Tornos (920 m), y paralela al cauce del río Asón, la carretera cruza la más occidental de las villas vizcaínas, Lanestosa, para después en territorio cántabro sigue por famosas poblaciones, Ramales de la Victoria (donde los liberales de Espartero derrotaron al ejército carlista en 1839), la señorial Limpias, y la histórica e industriosa Colindres, a partir de la cual se abre el espacio natural protegido de Argoños, Escalante y Santoña, cuya bahía nos pone en contacto con Laredo y con la mar abierta.
El viajero se encuentra con la villa vizcaína de Lanestosa, que está unos kilómetros al sur de la desembocadura de la ría -desde el momento que llegan las mareas de agua del mar- del Asón. El Asón es un río que brota, como el Nervión, de las montañas, y también con la misma fascinante forma de una cascada. No acaban con esto las semejanzas. El Asón fue navegable como el Nervión unos kilómetros tierra adentro; todavía se pueden observar los antiguos muelles de atraque en Limpias. Pero el Asón no dragó su cauce arenoso, mientras el Nervión hizo un esfuerzo constante para que los buques de cierto porte pudiesen ser remolcados sin temor a embarrancar en las arenas que arrastraban las corrientes de la ría.
El Asón podía amenazar el comercio marítimo de Bilbao. En el Fuero vizcaíno de 1452 -fue el precedente del Fuero de 1526, que duró hasta la guerra carlista y el abrazo de Vergara de Espartero y Maroto (1839)-, Castro Urdiales figura como villa vizcaína, en lugar destacado, después de Guernica, Bermeo o Bilbao. El Fuero de 1452 fue una norma que hicieron los hidalgos y mercaderes vizcaínos, para defenderse de los parientes mayores, unos aristócratas que constituían una abusiva oligarquía, que llevaban más de un siglo aterrorizando a los vizcaínos corrientes. En pocas palabras, a cambio de asegurar la paz en la ría de Bilbao, interés máximo de la Corona, el monarca sometió drásticamente a los parientes mayores. Consecuencia: en el Fuero definitivo de 1526, Castro Urdiales no figurará más como parte de Vizcaya. Si observamos el mapa, las Encartaciones vizcaínas, esa comarca que está en la margen izquierda del Nervión, no sale al mar naturalmente por puertos como Castro Urdiales, Laredo, Santoña o Colindres; los bilbaínos, que en 1511 logran de la reina Juana (hija de Fernando el Católico) un Consulado mercantil, aseguraron que la ría del Nervión fuera el único cauce de relación comercial con Europa. El Fuero, el Estatuto, o el huevo.